Lo clásico de los clásicos
Son ya casi 30 años viviendo los Barcelona-Real Madrid ligueros y sus respectivos partidos de vuelta. Más los de Copa y otras zarandajas. Y la realidad es que, al margen de lo que pasa en el césped, los hábitos en la sala de máquinas de los despachos presidenciales han cambiado mucho. Muchísimo.
Me quedo con la época de Nuñez –posiblemente el mejor presidente de la historia del Barcelona- y Ramón Mendoza. Recuerdo mil y una anécdotas de los previos de aquellos partidos ‘del siglo’, donde la cuestión deportiva era casi más de honor que de fútbol.
Esas provocaciones verbales para animar el cotarro solían terminar con la ausencia de los presidentes visitantes en los palcos de honor. Una de las grandes noticias de los previos de aquellos clásicos era saber si Mendoza iba a viajar a Barcelona o Nuñez a Madrid. Era cuestión casi de piel. No se veían asistiendo a campo ajeno aguantando el paseíllo hasta su butaca y las consecuencias de los 90 minutos en primera línea de palco.
Nuñez siempre tuvo a su lado a un carismático Nicolau Casaus, un señor, un caballero del fútbol, que fue admitido, querido y respetado por todas las aficiones, incluida la del Real Madrid. Y a un Joan Gaspart, mucho más forofo y capaz de darse una vuelta, bufanda en mano, por el césped del Bernabéu celebrando un éxito de su equipo. Dos perfiles, dos escuderos que le acompañaron durante gran parte de su mandato y que tenían sus respectivos papeles.

Y, lo que son las cosas, Ramón Mendoza tenía una buenísima relación con Joan Gaspart. Recuerdo que, estando en su despacho del Santiago Bernabéu, en la víspera de un Barcelona- Madrid, sonó el teléfono y, en un tono absolutamente distinto al de las declaraciones de los días previos –Ramón Mendoza sabía algo de catalán- y casi como colegas, charlaron sobre el partido. Esa misma mañana habían tenido un cruce de declaraciones brutal en MARCA, pero se desearon suerte y se citaron en el campo.
Las comidas entre presidentes casi desaparecieron en aquella época. Eran los ejecutivos de los clubes –sus gerentes Manuel Fernández Trigo y Antón Parera- los que mantenían las relaciones de gestión: las entradas que se compartían, cuántas y de qué zonas del campo –también motivo de grandes polémicas-, los Ultras y un largo etcétera, que hacían de estas previas todo un protocolo de sutiles relaciones para que no acabara el invento patas arriba.
Los campos eran verdaderas ollas a presión, aún con vallas y gente de pie en los fondos del Bernabéu. La cuerda no se podía ni debía tensar más de la cuenta. Recuerdo que a la vuelta de un éxito en Barcelona, los Ultras hicieron que botara el presidente –en Barajas- y aún se emite en las televisiones como un hito de los clásicos. Mendoza era más marchoso que Nuñez, absolutamente sobrio y alejado de la parafernalia futbolera.
Fue una época entrañable, peculiar y más de rivalidad y de defensa de unos colores, que de promover el fútbol. Los dos gigantes caminaban en paralelo y los grandes contratos televisivos eran aún incipientes. Ya se vendían por anticipado derechos y las cifras sonaban a astronómicas. Mendoza tenía mucha inquietud por el pay per view, el canal de televisión del Real Madrid y otras cosas que me comentaba como grandes sueños americanos.
Fueron grandes precursores, tanto Mendoza como Nuñez. Distintos. Muy forofos y empresarios. Fueron los primeros en llevar ideas modernas al fútbol. Las estrellas del momento llegaron de su mano a Madrid y Barcelona y las grandes cifras se instalaron en lo que entendieron que debía ser algo más que un partido de fútbol. El show, las palomitas y los niños en las gradas jóvenes.

Lo recuerdo con añoranza. Nunca más, con sus sucesores, las cosas volvieron a ser igual. Ni parecidas. Tampoco peores. Distintas. Se fue consolidando el ‘gran negocio’ del fútbol en el que nos encontramos ahora, donde la rivalidad deportiva no traspasa los despachos –habitualmente los ‘presis’ viajan a todos los palcos- y el cruce de declaraciones no existe. Ahora ya no buscamos que Florentino o Rosell larguen, los objetivos son Mou, Pep, Cristiano, Puyol,… Tampoco se entendería que Sandro Rosell recibiera mal a Florentino Pérez o que Valdano y Butragueño no estuvieran ubicados como merecen.
La pelea, en el campo. Unidos en los despachos y cortesía máxima. Lo único que no ha cambiado es que todos desean meterle la ‘manita’ al rival. Pero con todos los respetos, como decía ‘el otro’.
¡Suerte! y ojalá que no acabemos el lunes como solían terminar los clásicos de antaño: ‘…el árbitro nos ha quitado el partido, no nos ha pitado un penalti y la expulsión ha sido injusta.’ En eso, la vida sí que sigue igual… Y el fútbol no podía ser menos.
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