¿Qué puede hacer España por Europa?
¿Puede Zapatero liderar un nuevo rumbo económico para Europa después de demostrar que no sabe lo que hay que hacer, o no se atreve a hacerlo, para sacar a España de la recesión? La respuesta a esta pregunta es la clave para explicar qué podemos esperar de la asunción parcial por España de la presidencia rotatoria de la UE que nos corresponde desde el pasado viernes 1 de enero.
Parcial porque nos limitaremos a acompañar, con modestia y discrección (Moratinos dixit), y asi lo prescribe el recién inaugurado Tratado de Lisboa, al tándem Van Rompuy y la baronesa británica Ashton, la ministra de Exteriores de la Unión, que son la verdadera cara de Europa y que presidirán las reuniones más importantes de “nuestra” presidencia.
El margen de maniobra de España es estrecho en esta presidencia de transición, pero sí podemos ser eficaces como engrasadores de la plena aplicación del nuevo tratado europeo y en el impulso a una mayor coordinación de las políticas económicas nacionales. La política exterior española, bastante demediada, tiene una oportunidad de definición hasta ahora no precisada por el gobierno socialista. Todo ello ya constituiría un balance razonable. Mucho más dudosos son los réditos electorales domésticos de la presidencia más allá de las foto-oportunidades que pueda ofrecer, sobre todo Obama en Madrid en mayo.
Un repaso al cuaderno de notas del presidente español obliga a ser muy prudente: un 18% de paro que dobla la media europea, o peor cuando se trata del paro juvenil; puesto de cola en la salida de la Gran Recesión, y podio en el déficit presupuestario. En Europa pesas lo que pesan tu economía y tu política exterior.
Hoy por hoy, España arroja en esa báscula un peso entre wélter y mediano. El objetivo que se persigue con la presidencia es vago y meramente declarativo. Lean como lo definen Zapatero y Van Rompuy, el presidente del Consejo Europeo: “un modelo de crecimiento europeo que sea tan fiel a sus actuales señas de identidad como a la necesidad de adaptarse a un entorno y a un futuro irreversiblemente globalizados.” No se puede decir menos con tantas palabras. ¿Quién les escribe estas cosas?
A esto los franceses le llaman langue de bois; es el idioma bruselense, la jerga burocrática que impide cumplir otro de los objetivos trazados por el Gobierno español para su presidencia. Hacer de la Unión una realidad más cercana y útil a todos los ciudadanos europeos. Este año se cumple el décimo aniversario de la fracasada Estrategia de Lisboa que se puso como meta hacer de la economía europea la más competitiva y dinámica. Van Rompuy, el austero y hábil político belga que preside la UE por voluntad de Alemania y Francia, ya ha dicho que “el crecimiento europeo es tan mediocre que lo que está en juego es la supervivencia del estilo de vida europeo.” Está claro que no estamos ante un optimista antropológico. La respuesta prevista es otra nueva estrategia, esta vez para el 2020.
Es lógico que la prensa norteamericana, en sus escasos comentarios sobre la presidencia española, haya puesto el foco en que los esfuerzos de la UE para rescatar la economía serán dirigidos por el país que quizás sea el peor de todos en esta cuestión. Y recordando la crisis fiscal que sacude a Grecia vuelven los anglosajones a emplear el término laggards, los que se quedan atrás, y resucitan el sucio acrónimo PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) para referirse al furgón de cola europeo.
Muy mal lo debe de ver el presidente para haber convocado en La Moncloa a tres viejas glorias de la generación socialista anterior, tan denostada por el baby boom zapateril. El ex-presidente de la Comisión Europea, el francés Jacques Delors, Felipe González, el padre de la socialdemocracia española, al que traga con enorme dificultad, y Pedro Solbes, al que se quitó de en medio porque le advertía del peligro de sus ocurrencias económicas para la sanidad presupuestaria. Los tres, europeístas de convicción cargados de méritos en la construcción de la UE. Les pedirá ideas y recetas para pertrechar la presidencia española. Suena a otra ocurrencia de la factoría de efectos especiales de La Moncloa.
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