Capitanes intrépidos
Acabo de ver al filo de la medianoche, en la pantalla de CNN+ entrevistados por Iñaki Gabilondo, a dos valientes militares que se atrevieron a dar un paso al frente democrático en los compases finales del franquismo.
Lógicamente, fueron condenados en su momento por la dictadura, para ser posteriormente maltratados por la primera transición, e incluso, más tarde, por los gobiernos socialistas de Felipe González. Han tenido que transcurrir años para que un gobierno democrático, con Zapatero al frente, en esto sí ha acertado, y Carmen Chacón en Defensa, haya restituido la honra a unos ciudadanos uniformados que pagaron con la carcel y la pérdida de su carrera su quijotesco empeño.
Abrir una brecha en las fuerzas armadas del 18 de julio del 36. Son los capitanes intrépidos, como los de la novela de Rudyard Kipling, de la Unión Militar Democrática, la UMD. Carmen Chacón entonces era solo una niña, pero para mi la visión de Fernando Reinlein y de José Ignacio Domínguez, hoy ya tenientes coroneles de Tierrra y del Aire, ha significado rebobinar mi vida.
Vuelvo al París de 1974, donde con 29 años trabajaba como redactor para la agencia EFE. Junto a la profesión, vivíamos inmersos en el caldero de la conspiración antifranquista que se enhebraba en la capital francesa. Conocimos a Santiago Carrillo y a otros dirigentes comunistas en el exilio como Manuel Azcárate ; éramos testigos del paso por París de Joaquín Ruiz Giménez, Rafael Arias Salgado, luego ministro de Suárez, o Nicolás Franco Pascual de Pobil, el sobrino de Franco. Todos venían a conectar con el PCE.
En este ambiente, llegó huido de España un joven con barba y pelo largo. Acababan de producirse en Madrid las primeras detenciones de oficiales de la UMD. Era el capitán del Ejército del Aire, José Ignacio Domínguez, El Cuchi para la clandestinidad de aquellos días. Por azar quedó convertido en el portavoz en el exterior de la Unión Militar Democrática. Había que organizar una rueda de prensa para dar a conocer su empeño.
Le ayudamos a prepararla. Le buscamos un traje y corbata para darle empaque a su presencia en el acto. Creo que prestado por Feliciano Fidalgo, entonces corresponsal del diario católico Ya. Le facilitamos el acceso a Le Monde y a otros medios franceses. A la vez intentamos, con muy relativo éxito por la censura española, que las andanzas de Cuchi fueran conocidas en España a través de nuestras crónicas. Jugábamos en los dos bandos, pero lo pedían los tiempos.
Dos años después, me encontré con el capitán Fernando Reinlein, como compañero de redacción en el recién nacido Diario 16 en Madrid. No se muy bien por qué les cuento esta batallita. Es mi pequeña memoria histórica. Pero me ha emocionado ver al Cuchi y a Reinlein relatar humildemente su papel de ciudadanos comprometidos con las libertades. Nunca fueron unos golpistas, se limitaron a ser demócratas.
España ha tardado 35 años en saldar la deuda con estos capitanes intrépidos. LLegar hasta las libertades plenas que disfrutamos no fue tan fácil ni producto de un vergonzoso pacto de olvido y silencio, como muchos que no lo vivieron quieren hoy hacer pensar. Nadie lo sabe mejor que estos capitanes que acaban de recibir la Cruz del Mérito Militar. Honor y larga vida para ellos.
