¿Queremos ser también griegos?
La lectura de la prensa nacional ayer domingo me encogió el ánimo, ya sacudido el día anterior por la visión de una gran película alemana La cinta blanca, intensa y dura, que opta a los Oscar en la categoría de mejor cinta extranjera, centrada en el fundamentalismo religioso, la hipocresía social y la crueldad infantil, que sin embargo les recomiendo.
Hace muchos años que no recuerdo haber presenciado tanta unanimidad en los periódicos, siempre tan previsiblemente encajonados en sus trincheras ideológicas. Sabíamos que el país no iba bien y que el Gobierno perdía pie.
Los sondeos reflejan la caida del PSOE, la falta de credibilidad de Zapatero, que suscita crecientes temores entre los propios socialistas, y el muy descriptible entusiasmo que proyecta el liderazgo de Rajoy.
Los análisis coinciden en denunciar la incomprensible, errática y temerosa estrategia del Gobierno frente a la crisis, su incapacidad de explicar honestamente la situación y de adoptar de una vez medidas firmes, sin dar marcha atrás en cuanto los sindicatos le levantan la ceja.
Recordé una escena de la serie sobre Adolfo Suárez, que vimos la semana pasada en Antena3, cuando llega una noche a las habitaciones privadas de Moncloa y ve a su esposa, Amparo, en un sofá con las portadas de todos los periódicos con grandes titulares destacando el “desastre Suárez.” La situación española hoy es muy distinta y distante de aquellos años iniciales de la transición, pero de nuevo la crisis económica está doblada de crisis política. Puedo imaginarme a la familia Zapatero el domingo en la Moncloa enfrentados a tamaña unanimidad crítica en la lectura de los dominicales.
Es extraordinaria la aceleración de la caída. La lupa de la presidencia europea aplicada a la figura de Zapatero le ha chamuscado en solo 5 semanas. La coincidencia de la presidencia rotatoria recaida en España, en el momento en el que somos el único país de la OCDE todavía en recesión, ha sido la puntilla. Nunca como hasta ahora habíamos percibido la jibarización de nuestra posición internacional, de la marca España, de una manera tan clara.
Ahora nos toca luchar por salir del pelotón de los torpes, los Pigs, en el que nos han colocado los mercados, con evidente desmesura, pero así funcionan estas cosas, y no una conspiración anglosajona que busca que descarrile la moneda única europea. Sí, una especulación financiera contra los países del sur de Europa.
Quién nos hubiera dicho hace sólo seis meses, cuando se anunciaba que habíamos logrado el sorpasso de Italia y casi alcanzábamos a Francia, que el presidente del Gobierno tendría, en una torpe decisión, que sentarse en el foro de Davos junto a Grecia y Letonia, los países más tocados de la UE, para defender que España es un país serio que hará frente a sus compromisos de pago internacionales.
Tras Davos, vino la rectificación de su política económica para no perder la credibilidad internacional. ¿La caída de Saulo del caballo? Los recortes a las pensiones, la ampliación de la edad de jubilación, el fiasco de una comunicación a Bruselas sobre el incremento en diez años de los plazos de cotización inmediatamente desmentida, y otro interruptus: El Consejo de Ministros reconvertía en una mera propuesta la reforma laboral que el Gobierno ya tenía redactada. Méndez y Fernández Toxo habían puesto pies en pared. Un texto ambiguo de buenas intenciones que, sospechosamente, agradaba a la vez a patronal y sindicatos.
El Gobierno sigue sin comprender que estamos ante una emergencia nacional. El ministro de Trabajo cree que tenemos todavía dos o tres meses para aprobar la reforma laboral . No entienden nada.
¿No sería mejor convocar esta misma semana a los empresarios, sindicatos y a los partidos políticos, encerrarse en un parador próximo a Madrid, los hay magníficos, y pactar una serie de reformas fundamentales, también la de la Educación, para evitar el hundimiento de un país, que no se lo merece y que está por encima de la política, o ausencia de ella, que sufre. Si en siete días no se alcanza un acuerdo, el Gobierno hace lo que le corresponde: gobernar. Y decide un ajuste profundo que no va a gustar a casi nadie y va a incomodar a casi todos. ¿O queremos ser también griegos?
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