De Madame Europa a Frau Germania
Josckha Fischer, el campeón alemán del federalismo europeo, tenía razón. Ángela Merkel se ha transformado de Madame Europa a Frau Germania. Quiere una Europa alemana pero la crisis del euro demuestra que Europa no se germaniza.
La canciller de Berlín ha declarado la crisis existencial del euro para convencer a los alemanes, a los que había previamente alistado en una cruzada populista contra los perezosos y despilfarradores griegos, de que Alemania debía sacrificarse por Europa y ser el pagano del rescate cuasi billonario de la moneda única.
Cuando en realidad a quien se rescataría es sobre todo a los bancos alemanes, con compromisos en deuda griega próximos a los 400.000 millones de euros, y por lo tanto las primeras víctimas de una eventual suspensión de pagos de Atenas.
El primer ministro griego, Yorgos Papandreu, advertía el domingo en El País, contra el peligro de los esterotipos: “Nunca han ayudado a Europa. Han creado enemistades. Ya hemos pagado por esas enemistades en el pasado.”
Sólo dos semanas después de botarse en Bruselas, el Gran Rescate ya no inspira confianza y se teme que la cohesión que debiera significar sea finalmente una fachada que los mercados consideren derribable. Hemos asistido estos días a la falta de coordinación con el anuncio de soluciones unilaterales.
Alemania prohibiendo, sin consultar a sus socios, las operaciones bursátiles bajistas. En esta crisis el eje francoalemán, única fuerza capaz de hacer avanzar a Europa cuando actúa al unísono, se ha salido de la vía. París no cree que el euro esté en peligro, lo considera una exageración alemana.
Sarkozy tuvo que jugar muy fuerte para lograr el sí definitivo de Merkel al plan de rescate. Cuentan que incluso llegó a lanzar el órdago de que abandonaría el euro si Berlín no dejaba de arrastrar los pies. A cambio logró que Alemania tragara con que el Banco Central Europeo abandonara su estricta independencia , dogma de fe para Berlín, y que actuara como prestamista de última instancia de los países más débiles de la periferia europea adquiriendo su deuda.
Introduce así una cuña en su objetivo de un mayor control político del BCE que encabeza Francia y que es bien visto por los países del sur de Europa. Merkel, tozuda, insiste en que la cultura de la estabilidad y el rigor fiscal no es negociable.
Este juego de fuerzas centrífugas y pelea de intereses nacionales provoca melancolía y desconcierto en la ciudadanía, agravando peligrosamente el europesimismo. Se extiende la sensación de que los políticos europeos no están a la altura del momento histórico y de que la crisis de la eurozona sólo ha mostrado la punta de su iceberg.
Incluso los europeístas dudan al ver, con palabras de Timothy Garton Ash, como Europa avanza sonámbula hacia el declive, “y los líderes europeos reordenan las tumbonas del Titanic, mientras dan lecciones de navegación oceánica al resto del mundo.”
Prefiero agarrarme a la esperanza expresada por el filósofo alemán Jurgen Habermas. “Con un poco de nervio político, la crisis de la moneda común puede acabar produciendo la conciencia, por encima de las fronteras nacionales, de compartir un destino europeo común.”
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