Por unos minutos pensé que había llegado el fin de la crisis económica y que España había recibido una inyección masiva de dinero fresco de origen desconocido.
Ocho de la tarde del lunes 5 de julio, 37 grados centígrados desplomaban plomo sobre Madrid. Las dos horas anteriores transcurrieron para mí entre el sillón refrigerado de mi dentista, no necesitó anestesiarme, y por lo tanto no podía estar viendo visiones, y el descubrimiento de una librería inédita de una enorme riqueza y variedad.
Estaba absolutamente vacía. La del Boletín Oficial del Estado, no se la pierdan, en la calle Eloy Gonzalo. Sus anaqueles no tienen desperdicio. Contienen todo lo que han publicado las administraciones públicas.
Un cadáver aún caliente en el bordillo de la Castellana, víctima de un accidente de tráfico, me sacudió el ánimo al cruzar la escena unos metros más arriba de la plaza de Gregorio Marañón. Con mal cuerpo llegué a un gran centro comercial del norte de la ciudad. Necesitaba pertrecharme para unas vacaciones inminentes.
Me sorprendió el insólito gentío y el colosal atasco de coches. La enorme nave central de una de las catedrales del consumo estaba abarrotada: colas que no se ven ni en navidades reptaban por los pasillos en una larga espera para pagar.
La gente se llevaba las máquinas de fotos digitales, electrodomésticos , móviles y hasta televisiones , de dos en dos. Acababa de escuchar un boletín informativo en el coche y no habían noticia alguna que justificara la explosión de consumo enfebrecido. Estaba pasando sin que hayamos ganado todavía a Alemania.
Embotado, incrédulo, pregunté estúpidamente a un dependiente el porqué del milagro del tsunami de demanda. “Ah, pero no lo sabe, hoy rebajamos el 18% del nuevo IVA en todo.”
Hice un rápido cálculo, tras ser advertido de que el tiempo de cola superaba los 40 minutos, y me fui sin nada. Con cara de tonto. Inmediatamente después caí en la cuenta que el almacén que estaba siendo desvalijado se anuncia diciendo de sus clientes: “No somos tontos.”
Pensaba escribir de Cataluña y acabo haciéndolo. Pero finalmente me pareció más interesante el rebrote verde al que acababa de asistir. No pretendo propinarles un blog de verano. Había comenzado bien el día, leyendo en El País, un lúcido artículo de José María Ridao en el que se preguntaba si era innecesario, como ahora parece, el Estatut.
El analista se quejaba de que los políticos, de las dos aceras, han arrastrado al país a elucubrar sobre su esencia, no a evaluar en términos pragmáticos el funcionamiento de las normas e instituciones por las que se rige desde 1978.
“La asfixiante tufarada de noventayochismo que se adueñó de la vida política española, con sus inanes letanías de naciones que se rompen y de dignidades colectivas ofendidas, ha provocado lo mismo que provocaron los autores del Desastre tras la pérdida de Cuba y Filipinas: un lamentable derroche de tiempo y de energías en discutir y dar forma a la evanescente idea de nación, en lugar de gestionar los instrumentos del Estado democrático para hacer frente a los ingentes problemas que la realidad económica y social ponía enfrente.”
¿Pero no quedamos en que no somos tontos?