Guardia Marina 63
Durante cuatro días y 541 millas he sido el guardia marina 63, por la edad, a bordo del buque escuela de la Marina española Juan Sebastián de Elcano. No recuerdo placer y felicidad similares incluso rebobinando hasta mi bautizo.
El límite de disfrute lo alcancé a las nueve de la mañana de mi segundo día a bordo, cuando a 80 millas de la costa portuguesa goberné durante 20 minutos el velero de 3.700 toneladas al rumbo 220, sur suroeste. El Elcano no lleva piloto automático y las más de 19.000 millas de este viaje las hace con un tripulante a la rueda del timón que se releva cada media hora.
Propulsado por casi 3.000 metros cuadrados de velamen que aguantan sus cuatro palos, con excepción de las escandalosas y los estays altos que no estaban dados, hacíamos 10 nudos de velocidad con mar tendida de fondo del noroeste. En aquel instante le di la razón a Ben Bradlee, el mítico director del Washington Post en la época del Watergate, que tituló su autobiografía periodística como “Una buena vida“.
El periodismo me estaba permitiendo vivir ese momento único que hace que personas normales, sin especiales méritos, alcancen lugares y experiencias vetadas a muchos mortales. Aferrado a la rueda del timón y muy atento al compás del Elcano sentí también que tenía que contarlo en esta aguja de marear.
El velero más emblemático del mundo, construido en los astilleros Echevarrieta y Larrínaga en Cádiz en 1927, rendía el tránsito final de su viaje de instrucción de los futuros oficiales de la Armada, desde Vigo hasta Cádiz. El número 81.
Los guardiamarinas habían desembarcado en Marín y eso permitía embarcar a un pasaje mixto de civiles y militares: un par de fiscales, una catedrática de parasitología, un historiador nieto del almirante Cervera, que mandaba la flota española diezmada por Estados Unidos frente a Santiago de Cuba, en el Desastre de 1898, ilustres apellidos marinos como Blas de Lezo o Sánchez Barcaiztegui, algún empresario, un comandante de submarino nuclear de la US Navy, jóvenes elegidos por sus buenas notas de institutos de Cádiz, representantes de asociaciones navales, capitanes de yate, y un par de colegas peri0distas. Gracias al Almirante jefe del estado Mayor de la Armada (AJEMA).
La tripulación estaba compuesta por 160 personas, incluidos los 8 músicos de la orquesta que cada tarde ofrece un concierto en el Alcázar.
Todos, mujeres y hombres, compartimos para dormir el sollado de guardiamarinas, y la camareta de los futuros oficiales para las comidas y las clases a b0rdo sobre navegación, maniobra del buque, seguridad,organización del crucero. Tuvimos acceso absoluto a todos los compartimentos del barco y pudimos participar en algunas maniobras.
No subirnos a 40 metros de altura a las vergas con los gavieros para largar y aferrar el juanete, los velachos y el trinquete. Si pude plegar, con 17 personas más, una enorme vela cangreja de 300 metros cuadrados. Emocionante el toque de oración, con una plegaria marinera,todos los días al ocaso.
El actual comandante del Elcano es el capitán de navío Manuel de la Puente Mora-Figueroa. Cinco generaciones ininterrumpidas de marinos le preceden. Su padre y un tio abuelo mandaron también este barco. Él es el comandante número 54. El último día nos enseñó orgulloso su cámara, un museo dela historia de la Armada española y de los 81 viajes del Elcano, presidida por un cuadro, obra de Zuloaga, del marino de Guetaria que fue el primero en circumnavegar la tierra.
A las12 en punto del mediodía, porque en la Marina las 12 son las doce y no menos cinco o y cuarto, el Juan Sebastián de Elcano se acostaba en el puerto de Cádiz. Habíamos alargado la travesía, haciendo un rumbo menos directo, para conseguir esa puntualidad que en España sólo ofrecen la Armada y las señales horarias de Radio Nacional.
Por la popa, 19.600 millas navegadas, 157 días de navegación y un viaje de siete meses cruzando el Atlántico, el Cabo de Hornos, subiendo por el Pacífico para cruzar el canal de Panamá, recalar en Estados Unidos y regresar a Vigo. Con escalas en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y EE UU.
Aguantaron una tormenta de más de 50 nudos de viento y mar arbolada, entre Brasil y Uruguay, cuando competían en regata con los buques escuela de otros países latinoamericanos y norteamericanos para celebrar el bicentenario de nuestras colonias americanas. El buque escuela canadiense, el Concordia, se hundió y sus tripulates fueron rescatados tras pasar 40 horas en las balsas salvavidas. El Elcano rompió foques, velachos y trinquete.
Todo ya olvidado en la mañana blanca y brillante de Cádiz donde solo restaba el recibimiento desbordante de los familiares a 160 hombres y mujeres a los que no habían visto en siete meses.
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