Un buen camino
“Envejecer es intentar hacer lo que crees que ya no vas a tener fuerza para hacer” (Alain Maupas, marino francés) Apunté esta frase un día lluvioso y urbano del pasado invierno. Sea por ello o por la pietatis causae, una de las justificaciones, además de la cultural, profesional, deportiva u otras, que el chequeo previo al peregrino encasilla para lograr la credencial que te permitirá al final, en Santiago, conseguir la Compostela, me encontré el primer día del otoño en Saint Jean Pied de Port.
Los primeros pasos al amanecer por la Rue de Espagne, atravesando la vieja muralla, para cruzar los Pirineos por el llamado Camino Francés, rumbo a Santiago de Compostela.
Vía usada por la artillería del mariscal Soult para invadir España en nombre de Napoleón, en 1807. La fuerte pendiente inicial y el cartel, A Santiago 768 kilómetros, imponen de salida.
La tarde anterior, la misa de Peregrinos, que se celebra todos los días a las ocho en la Colegiata de Roncesvalles, la bendición final de los caminantes y la salve cantada en latín, con la iglesia apagada y un solo foco iluminando una preciosa talla de la Virgen suspendida del crucero sobre el altar mayor, son un buen prólogo.
La intensidad de la presencia respetuosa de los peregrinos procedentes de los cinco continentes, de todas las edades, y condiciones, creyentes o no, bendecidos en sus idiomas por un sacerdote con don de lenguas, te integran en un proyecto común.
Alcanzar el Ultreya de Santiago, revestido de centenares, miles de motivos personales y diferentes para querer hacerlo. Basta con ello, no hay que preguntar más. La buena compañía, fundamental, y la certeza de que sólo haríamos las etapas del camino que pasa por Navarra, como prueba inicial, fueron suficientes para atacar la dura Ruta de Napoleón.
Mis doscientos metros de desnivel hasta alcanzar el collado de Bentartea , divisar a lo lejos Roncesvalles, y penetrar en España, por el escenario de la batalla glosada en la Chanson de Roland. Desde el alto de Lepoeder se araña el cielo en un entorno construido para la felicidad.
Un escenario lavado por un poderoso olor a campo, a bosta de vaca, manchado de todos los verdes imaginables. Rebaños de ovejas, ternerillos minúsculos mamando de sus madres, las extraordinarias vacas rubias pirenaicas, y caballos salvajes.
Esta tierra debía ser la Arcadia soñada por los nacionalistas vascos, limpia de fábricas, con los valles lavados por nieblas muy blancas. Ni un solo cartel político en el país vasco francés. Hasta Zubiri, a las puertas de Pamplona, no ví el primer Gora ETA.
Se trata de seguir siempre la estrella amarilla sobre fondo azul, las flechas amarillas pintadas sobre hayas, robles y piedras, y la estrecha franja rojiblanca que señala continuamente el camino. No hay pérdida posible.
Y reflexionar, dejar volar la imaginación, entrar en contacto con los otros peregrinos, comer al borde de los senderos, disfrutar de la cambiante naturaleza. Un paso tras el anterior. Hasta 37.000 contó el podómetro en una etapa.
Y así cruzar los pueblos pirenaicos, Burguete, Espinal, el alto de Erro, ojo con su bajada rompe rodillas y tobillos, Guerendiain, detenerse en la sobria iglesia de Barandika, entrar en Pamplona por la puerta de Francia tras cruzar el puente de la Magdalena sobre el Arga, subir el Perdón, donde se cruza el Camino del viento con el de las estrellas, y descolgarse por la Navarra media y sus paisajes de cereal.
Hasta alcanzar Puente la Reina y su extraordinario puente medieval. Aquí se entiende por qué Navarra fue bautizada hace 35 años por Cambio16 como Un Japón con boina roja. Hoy, por su prosperidad y excelentes servicios, el mejor símil sería el de Finlandia.
Una simple llamada al 112 te asegura, un sábado por la noche, una cita con la sanidad pública para reparar unos pies maltrechos, el motor del peregrino. Es un buen camino del que solo me restan 660 kilómetros.

