La contrición de Obama
57 minutos de extraordinaria televisión para pinchar, personalmente y en directo, la burbuja del superObama y reconocer, tras 18 meses: “Solo no puedo.”
Sereno, reflexivo, humillado, Barack Obama cerraba en la sala Este de la Casa Blanca el final de la primera etapa de su presidencia, tras el duro castigo personal sufrido en las elecciones legislativas del martes.
Ejercicio de democracia y pragmatismo para anunciar una corrección drástica, ante el avance de los republicanos, empujados por el Tea Party.
Un no partido, un movimiento conservador de protesta ciudadana, que produce el vuelco de lo que solo hace dos años se pensó que era el comienzo de una nueva era de dominio demócrata y progresista en la política de Estados Unidos.
En política, como en todo, el éxito nunca es para siempre.
El presidente confesó que había escuchado la frustración de la ciudadanía, desconcertada y airada por el alto paro y la pérdida de la esperanza de vivir mejor que sus padres, y de que sus hijos lo hagan mejor que ellos.
Esto significa la ruptura del llamado sueño americano, un concepto curiosamente surgido de la esperanza provocada por el New Deal de Roosevelt para salir de depresión de los años 30.
El presidente defendió que hizo lo que debía por el bien del país, lanzando el gigantesco paquete de estímulo económico para salvar a EE UU y, posiblemente, al mundo, de una segunda Gran Depresión.
Pero reconoció también que los ciudadanos no percibieron mejora alguna en su vida diaria. No lo hice por ideología sino porque pensé que era necesario para recuperar la competitividad global de la economía norteamericana.
Inmediatamente tendió una mano a los que le aplastaron electoralmente, porque ningún partido tiene el monopolio de la sabiduría ni puede dictar lo que hay que hacer. “Tengo que hacer un mejor trabajo”, reconoció ya en el desbordamiento de su mea culpa.
Admitió que ha sufrido un proceso de crecimiento en la presidencia , matizando con humor, que sin embargo no les desea a ninguno de sus sucesores en la casa Blanca que tengan que aprender a costa de una madrugada tan dramática como la que vivió el miércoles.
El presidente se declaró dispuesto a negociar sobre todo su programa doméstico y prometió tratar mejor a los empresarios.
Pero fue firme en su convencimiento de que sólo los recortes fiscales que abanderan los republicanos no serán suficientes para recuperar empleos y un crecimiento sólido. Al rato, la Reserva Federal anunciaba una inyección de 600.000 millones de dólares en la economía a través de la compra de deuda pública.
Lo ocurrido, pese a su importancia, no es el epitafio de la presidencia Obama que tiene aún dos años para recuperarse y ser reelegido en 2012. Reagan y Clinton, recordó Obama, sufrieron revolcones como el mío, también en medio de crisis de la economía, y reinventaron sus presidencias.
Ni una palabra de política exterior, pero si una filosofía de que solo reconstruyendo Estados Unidos el país podrá seguir siendo la superpotencia más influyente. Sí una mención a no dejarse superar por Asía.
No podemos admitir que Singapur tenga mejores aeropuertos que los nuestros o que China tenga un red de alta velocidad ferroviaria de la que carecemos. Obama es el primer presidente norteamericano del Pacífico.
La importancia de la región para Washington queda reflejada en el viaje que esta semana emprende el presidente a las cuatro grandes democracias de Asia: India, Indonesia, Corea del Sur y Japón.