Una copa para olvidar, según se mire.
Para olvidar lo mal que jugamos y para olvidar esa liga que tampoco nos favorece. El caso es beber del cáliz copero y alcanzar la redención europea. A él se encomienda Quique al que ya le empieza a picar el asiento, también Cerezo al que nadie puede negar el rostro impenetrable con el afronta las afrentas de este equipo y, sobre todo, esa plantilla de presuntas estrellas que lleva arrastrandose cuatro meses por esos campos de Dios.
Los números son enemigos de la felicidad y del perdón. Llevamos peores números que la temporada en que bajamos a segunda. Las palabras nos devuelven el optimismo; la Copa es el Grial, Quique es Arturo y sus jugadores los caballeros de la pelota cuadrada. Esperemos que a Arturo no le traicione la Ginebra y que el Racing no haya tomado buena nota de la docena larga de conjuntos que han descubierto que poblar el centro del campo es desnudar al Arsénico de Madrid, someterlo a una disciplina que aborrecen y obligarlo a lanzar por los aires los balones y las posibilidades de ganar el partido.
Abel se marcha al Reino Unido, antes Pérfida Albión, para aprender y antes de irse nos deja un recadito: mucho tiene que cambiar el equipo para poder salir del pozo donde le han metido políticas equivocadas, jugadores sospechosos y entrenadores poco comprometidos. Todos conocemos el problema pero nadie da con la solución. Mientras, el mundo sigue girando y Guti quiere ir a la selección. Y pensar que estuvimos a punto de ficharle. Señor, señor.
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