En boca cerrada no entran moscas.
Las palabras de Keita han dolido en el Manzanares. Hablaba el de Mali de un cierto pánico escénico cuando enfrente está el Real Madrid y el que les habla piensa, sinceramente, que algo de razón hay. No sabe el gran jugador del Barça, de la intrahistoria de esos derbis, de años y años de mala suerte, de errores arbitrales ( Ojo, no intencionados) y de un cierto pesimismo que acompaña las visitas el Bernabeu.
Pero, no nos engañemos, lo que más duele es la fe inquebrantable de los blancos, su enorme esfuerzo y esa agonía que no acaba hasta el último segundo del último minuto del descuento. Son muchas las razones que llevan en volandas a sus jugadores y que les permiten ganar muchos puntos cuando el contrario ya está pensando en la ducha. Siempre he admirado ese talante, propiciado desde luego por mejor fortuna que la nuestra pero alentado incluso por los que gustan del futbol más evolucionado y elegante.
El mismo Keita debería preguntar en su propio vestuario si más de uno no teme esos arreones de testosterona en su temible rival. No hay cagómetro que valga, otro invento para vender más ejemplares. Hay preocupación por que saben que si juegan mal casi seguro que pierdan contra un equipo que, aún jugando de pena, se agarra al partido con uñas y dientes y termina por llevarse el bocado más grande.
Para todos aquellos, no sin razón, que piensan que el blanco se me atraganta, creo que esta es una declaración de amor a unos principios en los que sí creo: fe, lucha y esperanza. Ojala los viera con igual claridad en mi Arsénico de Madrid. Pero no es así. Moral frágil, enemigo pequeño.
Mi amigo Emilio me dirá que con buena brocha bien se pinta, y tiene razón pero todos los “guerreros de la brocha” saben que además de mezclar bien la pintura hay que sudar mucho con los techos y las esquinas.
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