La calle del adios.
Se va Raúl, de espaldas, lentamente, las manos en los bolsillos, camino de Alemania dónde, sin duda, acabaron otros muchos como él, cuando el milagro alemán y la mentira española hizo que tuvieramos que dejar el terruño por la strasse. Fundo a negro.
Mucho hemos hablado de Raúl, con envidia, con admiración, con celos y con cariño, sobre todo con cariño. Raúl fué el niño que hizo huérfano futbolísitico Gil y Gil y que el Madrid rescató de las tinieblas. Valdano fué su Merlín y el Bernabeu su Camelot. Un niño sin miedo que convivió con el éxito sin asustarse, sin ceder ni una pizca de ambición. Un zurdo de leyenda, un killer al que sólo faltó el colofón de convertir su éxito en el éxito de todos y llevar a la selección a lo más alto.
Hace algunos años me dijo un madridista de pro que a Raúl no le podían perdonar los puristas del merengue su físico atlético (colchonero), desgarbado. No tenía genes blancos salvo en el carácter y bien que los hizo valer. Nunca se rindió, nunca entregó la cuchara y tarde o temprano volvía a besar el anillo en señal de luto para el rival y de alegría para su afición.
En todo este panegírico me sobra el final, Raúl no tiene que batirse el cobre en la deslucida liga alemana, sí deslucida (Qué caramba). A Raúl lo destierra este Barça diabólico que ha convertido el fútbol en magia. Se va porque no le queda a su equipo de “casi” toda la vida tiempo para celebrar su despedida sin perder, un año más, el carro de los títulos. Florentino devora lo que toca y le “toca” a Raúl ser el aperitivo de esta temporada ( Notarán que no hablo del chico de los tatuajes ( Guti), es que no me merece el más mínimo respeto, lo siento).
Sin contar a los veintitres héroes de Sudáfrica no nos quedan muchos tipos a los que subir a un pedestal y Raúl es uno de ellos. Le veremos besar, de nuevo, el anillo, escarchado por la gélida temperatura germana, pero no podremos saborear su juego. Creo, sinceramente, que no merecía este trato pero sé que es él el que se impone la tarea de campear en otros pagos. Le cuesta bajarse del caballo y llamarle a los molinos, molinos y no gigantes.
Gracias, Raúl, que te vaya bonito.
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