Un taxista en el teatro Campoamor.
Las leyendas urbanas es lo que tienen, que un día te permiten escribir un cuento hecho realidad. Erase que se era un taxista que conducía un Ferrari al que los dueños del cotarro le quitaron el carnet. Había ganado ligas, copas de Europa, pero… no tenía caché… Se llamaba Vicente, cojeaba y la sempiterna corbata le hacía un tobogán por la incipiente barriga cerevecera.
Los reyes del glamour, los de la “excelencia”, los que buscaban un príncipe con zapatos de cristal le condenaron al olvido pero el viernes, en el teatro Campoamor de Oviedo, volvió a recordarnos que el señorío no se compra ni se regala. Vicente del Bosque nos dió una lección más, su gesto para con Aragonés le dió sentido a todo el acto y al premio que recibían. No negaré que se me saltaron las lágrimas, que me sentí orgulloso y que su serenidad, su bonhomía, me parecen un premio tan valioso como esa copa que exhibiremos con orgullo durante cuatro años.
Mientras, las portadas se las lleva un portugués vocinglero y malhumorado convertido en estrella por el poder mediático. Nunca, fijense bien, nunca podrá compararse este fado interesado con un castellano viejo y sabio, como su amigo Luis.
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