Ordenes de equipo.
Hay veces que los ejecutivos deportivos parecen sepulcros blanqueados. Tal fariseismo sólo se puede dar en instituciones que saben de democracia lo que Jesulín del acelerador de partículas.
Y mira que me duele defender al hombre este de la gabardina que se cree el ombligo del mundo, este MOU que parece el Moisés madridista. Pero es que en este caso parece de cachondeo que pretendan meterle mano por una decisión que no demuestra otra cosa que agilidad.
Quería proteger a sus jugadores de las tarjetas y el resultado le permitió hacer una diablura, bien, ¿Qué hay de malo?, no lesionaron a nadie, no cambiaron el signo del encuentro y, en todo caso, sólo habría que preguntarse si el árbitro, sabedor de la situación, no hubiera debido perdonarles esas tarjetas para castigar así, he ahí el contrasentido, su intención.
Vive el fútbol momentos complicados y nos vamos a escandalizar por una maniobra de pillo. Dejenme sacar el baúl de los recuerdos para volver a vivir los últimos momento de un partido de basket, creo que en Rusia, en el que el Madrid empataba la ida de una eliminatoria. Sabedor el gran Pedro Ferrandiz de que su equipo, mermado por las faltas personales, no podría plantar cara de producirse los consabidos cinco minutos de prórroga, mandó a uno de sus jugadores que, de no encestar los soviéticos, lo hiciera él mismo en su propia canasta. Y así fué y los blancos afrontaron el partido de vuelta con tan sólo dos puntos de desventaja y la EBA tuvo que cambiar las reglas.
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