Tercer Derbi.
Qué bonitos aquellos choques en los que saltaba la sorpresa con cierta asiduidad. Solía ganar el que peor llevaba el curso liguero, era una especie de revancha por los malos resultados y les daba, tanto a blancos como a colchoneros un rédito para la temporada.
Desgraciadamente esos tiempos se han marchado y la bipolaridad fubolística se ha hecho tan insultante que cuesta imaginar sorpresas aunque, haberlas haylas. Sé bien que como atlético de corazón debo creer en el milagro pero me dice la razón que en los últimos partidos se ha ido diluyendo el efecto de las victorias europeas y han surgido, una vez más, las miradas de pánico, el miedo al balón y la temblequera cada vez que el esférico ronda la portería rojiblanca.
No ví esas caras y esos miedos en el Almería, el pasado domingo, ví carácter, esfuerzo y rabia. Tiago y sus compañeros hablan hoy de aplicar esa medicina pero lo hacen sin saber donde pusieron el frasco desde que lo destaparon para tumbar al Inter en la Supercopa Europea.
Llegan, los atléticos, sin el Kun ( imprescindible), con dos incorporaciones reciéntes: Juanfran y Elías y con el hueco que dejan Simao y Jurado en cuanto a clase se refiere.
Reciben a la bestia blanca, la mayor rematadora del campeonato, con una defensa que cambia a cada partido y con tan sólo De Gea como valladar inquebrantable, bajo palos, claro, que otra cosa es cuando sale a por uvas. Laterales de quita y pon, centrales en caida libre y un centro del campo que no crea pero tampoco destruye. Reyes pudiera ser la clave pero se diluye pronto en el cuerpo a cuerpo, le dan más que a una estera.
Y arriba el lindo don Diego, eternamente dolido, circunstancialmente providencial con sus goles y con sus ayudas.
Es poco, lo siento. En frente tienen dinamita y, de la rápida, lo peor para nuestros defensas. Y lo que es peor, los blancos tienen Hambre, la mayúscula se explica sola. Comienzan a barruntar que la Copa pudiera ser una forma de salvar la temporada y eso, con la testosterona que ya derrochan habitualmente hace más difícil que se dejn sorprender por una achuchón de energía pura y rojiblanca.
Todo puede ocurrir y ya me gustaría a mí equivocarme. No sería la primera vez, ni muchísimo menos.
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