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¿Desconectar en Semana Santa?

21 marzo, 2013 - 8:51 - Autor:

Estamos cerca de las vacaciones de Semana Santa y es posible que ya estemos pensando en ellas o incluso preparándolas. Para algunos son como un fin de semana largo de unos cuatro días y otros las alargan entorno a una semana. Un dato sobre estas fechas es que son los días del año en que se produce  mayor movimiento de personas. Es probable que con la crisis el número de desplazamientos a destinos vacacionales haya disminuido  pero al ser pocos días los desplazamientos se concentran mucho y por tanto continúan siendo notables.

Vacaciones. Islas Canarias. Foto EuropaPress en lainformacion.com

Es bueno tener unos días para cambiar de la actividad habitual y es desde luego una buena idea aprovecharlos. Pero hay cosas que deberíamos tener claras sobre lo que se puede hacer en unas vacaciones tan breves y lo que no. Veamos algunos puntos que pueden ayudarte a pasarlo mejor:

- Los días son limitados y cualquier desplazamiento te va a llevar algo más de tiempo de lo habitual porque hay mucha gente moviéndose a la vez. Tenlo en cuenta a la hora de planificar.

- Para desconectar de verdad se necesita de una a dos semanas. En menos tiempo el cuerpo no se entera del cambio de ritmo y por tanto la desconexión es parcial.

- Siguiendo con lo dicho en los dos anteriores puntos, al ser un período breve, las actividades a realizar serán limitadas. No te satures más de la cuenta porque si no volverás más cansado de lo que te fuiste.

- Si estás en España, la Semana Santa se produce a inicios de primavera con lo que el tiempo atmosférico es variable. Tenlo en cuenta a la hora de programar actividades y ten opciones para lluvia o frío  pues de lo contrario es fácil que acabes decepcionado.

- Trata de vivir el momento, de disfrutar de esos pocos días que tienes para cambiar el ritmo y no pretendas que todo sea como tu quisieras. Te ahorrarás disgustos si no te peleas con la realidad.

- Piensa que es probable que en estos días tengas muchas más horas de convivencia con tu pareja o tus hijos. Acepta ese hecho y trata de ser tolerante. Es fácil engancharse por tonterías y acabar enfadado todo el día.

Y en último extremo, pensar que las vacaciones más importantes son las vacaciones mentales.  Darse unas vacaciones mentales es en cierto modo darse unas vacaciones de uno mismo, de tus rutinas, de tus hábitos y costumbres, de tus patrones de pensamiento más habituales. Es darte la oportunidad de tener nuevas experiencias y con ello tener nuevos aprendizajes. Es poder ensayar comportamientos diferentes,  nuevas actividades, nuevas actitudes. Y eso lo puedes hacer sin salir de casa, permitiéndote experimentar las cosas de otra manera. Dejando que se amplíen tus opciones y descubriendo lo que ello te aporta. Y no es ni siquiera necesario que sea festivo para hacerlo, puedes irlo probando a pequeños sorbos cada día. Puedes vivir más en el momento y disfrutar de todo lo que cada instante te puede aportar. Así que no esperes más y empieza a darte pequeños momentos de vacaciones ahora mismo. No sabemos qué resultado te dará pero en cualquier caso, será un buen entrenamiento para aprender a desconectar.

¿Cómo te tomas los días de vacaciones?
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Una docena de beneficios de tener una mascota

16 abril, 2014 - 10:45 - Autor:

Mirada

Es algo bastante conocido que tener una mascota aporta múltiples beneficios a las personas con las que convive. Y la mayoría de propietarios de mascotas no necesitarán que se les diga que es beneficioso tenerla. No obstante, me ha parecido interesante recordarlo a los que ya lo experimentan y explicárselo a los que no han tenido ocasión de hacerlo. Porque además es sorprendente el gran número de estudios científicos que se están haciendo al respecto lo que nos confirma que no es sólo una creencia “de la calle”. Así que tanto la experiencia, como la ciencia, van en la misma dirección, lo que no deja de ser interesante. Hablaré de perros y gatos porque han sido los animales estudiados, pero puedo suponer que con otros animales también sucederían parte de estos puntos.

Vamos pues con la lista de beneficios.

1.  Te vuelve más sociable

Tener una fuerte vinculación con una mascota hace que la persona sea más sociable. En un estudio de la Tufts University se ha visto que las personas que habían tenido una fuerte vinculación con sus mascotas en su niñez y adolescencia eran más empáticos y estaban más predispuestos a implicarse en su comunidad y ejercer roles de liderazgo.

2. Te vuelve más empático y compasivo

Los niños que conviven con mascotas y tienen cuidado de ellas tienen tendencia a ser más empáticos y mostrar mayores grados de compasión. Aprenden a cuidar de otros y respetar sus necesidades. Es obvio que aquí se verá también la influencia de los padres y el trato que ellos mismos tengan hacia las mascotas. Es también un modo de enseñar a los niños el respeto hacia los seres vivos y hacia la naturaleza. Que buena falta nos hace.

3. Mejora el sistema respiratorio

La Sociedad Americana de microbiologia ha presentado un estudio de que el polvo que se encuentra en una casa que tiene perro contiene alguna sustancia que parece ser protectora frente a virus respiratorios que pueden provocar asma. Son estudios preliminares con ratones, pero muestran una tendencia contraria a lo que hasta ahora se creía de que los animales podían incrementar el asma.

4. Hace el corazón más adaptable

En este caso el estudio  ha sido publicado en el American Journal of Cardiology y muestra resultados tan curiosos como que los ratios cardíacos se hacen más adaptables en los propietarios de mascotas lo que les hace más resistentes en las situaciones de estrés. Otros estudios apuntan a que tener un gato disminuye en un 40 % las posibilidades de morir de un ataque al corazón.

5. Aumenta la autoestima

Otros estudios han mostrado que tener una mascota aumenta la autoestima y reduce la sensación de soledad. Y además hace a sus dueños menos temerosos y más extrovertidos. Un perro o un gato no te juzgan, están ahí de manera incondicional, no les importa que seas guapo o feo, alto o bajo, delgado o gordo… Sólo necesitan cariño y cuidados para darte el calor de su compañía.

6. Baja la presión arterial

Se ha visto que tener una mascota baja los niveles de la tensión arterial. El hecho de acariciar a un gato o a un perro resulta relajante y las conductas que nos inducen al relax ayudan a rebajar los niveles de la tensión arterial.Sin necesidad de medicamentos.

7. Protege frente a las alergias

Otros estudios han mostrado que los niños que conviven con mascotas son menos propensos a desarrollar alergia. Al convivir con los “pelos” (que tienen sus propios ácaros) y algunas bacterias que pueden tener los animales, el sistema inmune se fortalece y se hace más fuerte ante los alérgenos.

8. Reduce el riesgo de tener depresión

En la línea con lo explicado acerca de la autoestima, tener una mascota ayuda a no padecer depresión. Estar pendiente de otro ser vivo nos descentra de nosotros mismos y hace que no estemos tan atentos a nuestros propios pensamientos. El cuidar a otro es también un aliciente para cuidarnos a nosotros mismos, para no dejarse decaer. Es un motivo para levantarse por las mañanas.

9. Aumenta los niveles de oxitocina

Parte de estos efectos comentados en los puntos anteriores, se producen por la reacción hormonal de nuestro cuerpo al acariciar una mascota. Según un estudio de la Universidad de Missouri-Columbia, cuando acariciamos a un perro o a un gato, aumentan los niveles de oxitocina. Podríamos decir de un modo simplificado que la oxitocina es la hormona del apego, es la que segrega la madre cuando da a luz a su hijo o la que segregan las mujeres tras el orgasmo y favorece en ambos casos el apego hacia otra persona. La oxitocina baja los niveles de estrés.

10. Mejora la vida de los ancianos que viven solos

Las mascotas son muy recomendables para personas mayores que viven solas. Siempre adaptando el tipo y edad de la mascota a las características físicas de la persona. Un perrito puede ayudar a la persona a motivarse para salir de casa a pasearlo, no sentirse sola en la casa, poder cuidar a alguien en una etapa de la vida en que los hijos (si se han tenido) ya son mayores. Un gato adulto también pude ser una fuente de compañía y además da muy poco trabajo.

11. Nos acerca a nuestro biotipo natural

El biotipo innato del hombre no es vivir en una ciudad aislado del medio natural. Para el ser humano es consustancial vivir cerca de la naturaleza. Si vivimos en un piso, tener plantas y seres vivos nos acerca más a ese biotipo que perdimos con el progreso.

12. Dan alegría y vida y nos ayudan a vivir el aquí y ahora

He querido dejar como último punto el hecho de que una mascota da alegría y vida. Tener un ser vivo, con su carácter, sus peculiaridades, sus juegos, nos alegra sin hacer nada, nos recuerda que la vida fluye a cada instante. Y además los animales viven en el presente lo que es un recordatorio constante de que el único lugar en el que podemos disfrutar es en el aquí y ahora.

Como es obvio soy una ferviente defensora de convivir con mascotas. Pero también de ser responsables. Un perro o un gato no son un peluche, son seres vivos con sus necesidades y derechos. Antes de adquirir una mascota infórmate bien de sus necesidades y de los gastos que conlleva. Evalúa tu estilo de vida y mira si realmente encaja y si te vas a poder hacer cargo. Si no lo tienes claro, no lo hagas. Hay que ser muy desalmado (por ser fina) para abandonar a un animal que ha convivido contigo, se ha habituado a ti y te a dado todo su cariño. Y si es posible, adopta. Las protectoras están llenas de animales que esperan un hogar en el que ser de nuevo queridos.

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Una docena de pistas para cambiar de hábitos

9 abril, 2014 - 10:45 - Autor:

Crear un hábito

Cambiar un hábito o introducir uno de nuevo es muchas veces un reto mayor del que podríamos pensar. Los seres humanos somos animales de costumbres, sumamente rutinarios. Cambiar algo de nuestro comportamiento nos supone un esfuerzo bastante grande. Pero si sabes cómo hacerlo, si utilizas pequeños trucos, puedes conseguir hacerlo y con un esfuerzo menor. Así que toma nota de estas ideas y luego no digas que no pudiste hacerlo porque no sabías cómo.

1. Empieza por el menor cambio posible

Si tratas de hacer un gran cambio, todo tu día a día se resiente. Y eso es difícil de sostener, te sientes incómodo, perturbado. Pero si tú consigues hacer un pequeño cambio, algo que casi no se note, incluso insignificante, tu incomodidad  va a ser mínima. Tratar de ir cada día al gimnasio, puede ser muy duro. Pero hacer 15 minutos de ejercicio al día, ni que sea dando un paseo, es bastante sencillo de conseguir.

2. Es más fácil empezar por lo pequeño.

Hacer un gran cambio requiere mucho esfuerzo y un compromiso difícil de sostener. Los pequeños cambios no necesitan de tanta determinación y son más sencillos de sostener en el tiempo. Además, el hecho de poder mantenerlos aleja el riesgo de fracasar y sentirnos desanimados.

3. Desarrolla un anclaje eficaz

Muchos de nuestro hábitos cotidianos están anclados a un “disparador”. Por ejemplo, levantarse por la mañana y encender la máquina del café. O sentarse en el sofá después de comer y dormirse con el documental. Son secuencias de comportamientos que de tantas veces repetidas suceden juntas. Por eso es más eficaz tratar de encajar el nuevo hábito, en la misma secuencia de comportamientos diaria. De ese modo el día que no lo hace lo echas de menos. 

4. Empieza por hábitos sencillos

No empieces por querer cambiar comportamientos demasiado complejos. Lo que queremos conseguir es el hábito de cambiar hábitos. Así que empieza por cosas sencillas y en las que te sientas motivado.

5. Descansa y come bien

Si duermes pocas horas o tienes una alimentación que no te permite estar enérgico, te será muy complicado acometer un cambio por pequeño que sea. Un descanso adecuado sienta las bases para acometer los cambios que queramos realizar.

6. Vigila tu diálogo interno

Cuando empieces con tu nuevo hábito, vigila que te dices a ti mismo. Si estás todo el día repitiendo frases del tipo, no lo conseguiré, esto es muy duro, no soy bueno cambiando hábitos….vas a terminar desanimándote. Intenta no facilitar el hecho de ponerte excusas.

7. Decide cómo vas a luchar contra el boicot interno

La mayoría de nosotros nos conocemos lo suficientemente bien para saber cómo vamos a boicotear nuestra acciones. Antes de empezar el nuevo hábito, examina cuáles van a ser los posibles boicoteos y decide cómo actuarás cuando surjan. Y luego aplícalos.

8. Crea un entorno que facilite el cambio

Si queremos hacer un cambio, lo mejor es que nuestro entorno sea facilitador. Por ejemplo, iniciar una dieta justo antes de las Navidades, no es una buena idea ya que las fiestas empujan a comer de más. Piensa en el entorno que más puede facilitar el cambio y trata de crearlo.

9. Comprométete en público

Hacer un compromiso público, sobre todo con personas que te importen, de que vas a realizar un cambio determinado suele facilitar el mantenimiento de la emoción para hacerlo. También han salido aplicaciones, que permiten anotar los avances en algo (por ejemplo, kilómetros recorridos) y compartirlos con otras personas. Suele fomentar una especie de competitividad sana que te anima a seguir en ello.

10. Reajusta cuando sea necesario

Si bien el cambio se empieza por algo pequeño, conforme avanza el proceso se va produciendo un incremento en la duración o en la intensidad. Puede suceder que haya un punto en que ese incremento produzca que ya no nos sea agradable/ventajoso mantener el hábito. Si eso sucede hay que analizar lo que está sucediendo y ver si conviene volver durante un tiempo a la fase anterior o bien quedarse en ese estadio. Mejor 20 minutos de ejercicio diario (aunque tu objetivo fueran 45) que nada.

11. Busca un premio

Es bueno buscar un premio o serie de premios para reforzar los hitos. Sé que puede parecer un poco pavloviano, pero es que gran parte del  aprendizaje se realiza de esa manera. Si reforzamos aquella conducta que queremos instituir, incrementamos la posibilidad de conseguirlo.

12. Fortalece tu autoconfianza

Esto sería a la vez camino y resultado. Conviene ir sintiéndose más confiado en las propias posibilidades durante el proceso de cambio. Confiar en que somos capaces de hacerlo si sabemos cómo. Y a su vez, conseguirlo refuerza nuestra voluntad y la confianza en nuestras propias capacidades.

Si tienes en cuenta todos estos pasos y no logras cambiar o iniciar un nuevo hábito, no te engañes más: no estás motivado para hacerlo.

¿Predispuesto a cambiar de hábitos?

 

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¿Eres competitivo?

2 abril, 2014 - 10:45 - Autor:

Edward Gal

Si hay algo que se fomenta en el tipo de sociedad en que vivimos es la competitividad. Y para sentirte en esa carrera por ser el primero o el mejor en algo no hace falta que estés en competiciones deportivas o de otro tipo, solo es necesario que desarrolles algún tipo de actividad. Concursos al mejor Blog del año, listas de los mejores en X o los más populares, selecciones de personal, competición por ser el promocionado en el trabajo, etc. Es difícil sustraerse a todo eso.

Y eso sucede a pesar de que ya hace tiempo que hay estudios que muestran como las actividades colaborativas obtienen mejores resultados que las actividades competitivas. Y que la suma de las inteligencias en un grupo provoca una inteligencia superior e imposible de alcanzar por una sola persona. Pero eso choca de lleno con algo que todos tenemos en mayor o menor medida: el ego. Nuestro Ego busca sobresalir, destacar, ser reconocido. Necesitamos ser reconocidos porque necesitamos ser amados y creemos erróneamente que cuando seamos los mejores o los primeros en algo lo conseguiremos. Nadie nos habla de la soledad del vencedor….

Y es que además, hasta aceptando que una dosis de competitividad pudiera ser sana y adecuada, el problema surge cuando hay ansiedad por ganar a toda costa. Cuando ganar o ser el primero en algo se convierte en una obsesión surgen los problemas. Porque no siempre es posible ganar. A veces hay rivales mejores que nosotros. Y si no somos capaces de aceptar eso, además del sufrimiento que nos conlleva, es fácil que se caiga en conductas “poco deportivas”. Todos hemos podido ver equipos de fútbol, que en el momento de estar perdiendo un partido, empiezan a hacer juego sucio para ganarlo a toda costa. Se pierde la idea de ganar cuando eres el mejor y se sustituye por la de ganar de cualquier modo. Y en otros deportes sucede igual. Los casos de dopaje son un claro ejemplo de ello.

Y cito el deporte porque es quizás el lugar en donde podemos observar esto más claramente. Pero lo mismo sucede en otros ámbitos. Personas que no dudan en poner todo tipo de trabas y trabanquetas a sus compañeros para conseguir así ser promocionados. Bloggers que utilizan prácticas poco éticas para conseguir más votos. Y podríamos seguir con múltiples ejemplos que seguro que conocéis.

Y no estoy diciendo con esto que competir en sí mismo sea negativo. Lo que es negativo es creer que la única opción es el triunfo. Competir puede ser un buen modo de mejorar en algo, de comprobar nuestro nivel, de motivarnos. No estoy segura de que las escuelas que igualan a todos los niños los preparen mejor para la vida que aquellas que fomentan una dosis de competitividad sana. Porque está bien entender que hay personas mejores que nosotros en ciertos ámbitos. Que no todos somos iguales en todo. Y que eso no nos hace ni mejores ni peores. Y fomentar el disfrute por la mejora, más que por el triunfo. La mayoría de las veces la persona que destaca de verdad en algo (sin trampas) es la que realmente disfruta haciéndolo.

Porque el verdadero trabajo no tendría que pasar por ser mejores en algo sino por ser más conscientes. Conocernos y comprendernos mejor a nosotros mismos. Conocer nuestro Ego y saber cómo ponerlo en el lugar que le corresponde. Y así mismo, saber cómo aprovechar sus cualidades y capacidades para hacer aquellas cosas que realmente nos hacen felices. Tal vez sea ser los primeros en algo pero también puede ser que sea  pasar los días mecidos por el dulce fluir de la existencia. Sea lo que sea, lo importante es que esté en conexión con nuestro Yo real, con quien verdaderamente somos. Y ahí sí que toca ir mejorando. Para ser cada día más conscientes. Para ser cada día más nosotros mismos. Para estar cada vez menos sujetos a lo que el exterior nos dice que hagamos y más en consonancia con lo que queremos hacer. Ese será un esfuerzo que valdrá la pena.

 ¿Eres una persona competitiva? ¿Fomentas la competitividad en otros? 

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¿Estás comprometido contigo mismo?

26 marzo, 2014 - 10:45 - Autor:

Recorre el camino

Una de las conductas que más observo es la falta de compromiso con el cambio personal. Muchas personas dicen querer cambiar o incluso querer conseguir determinadas metas.  Pero no son tantas las que lo desean de verdad. O mejor dicho, existe un deseo pero no es un verdadero anhelo. Es más bien la ilusión de que de algún modo, casi mágicamente, se producirá ese cambio o se conseguirá esa meta. Con el mínimo esfuerzo. O con un esfuerzo conveniente, es decir, repitiendo aquello que mejor sabemos hacer.

De ahí el enorme éxito de las terapias y cursos de Coaching que te aseguran que tú puedes conseguir aquello que desees. La persona asiste al curso, escucha el método (que no es ni bueno ni malo, es sólo un método que a alguien le sirvió) y sale del curso llena de energía positiva y convencida de que lo va a conseguir. En pocos días, esa fuerza se pierde y a partir de ahí suelen suceder dos cosas: se atribuye el fracaso a cualquier elemento externo o se inicia una peregrinación de curso en curso tratando de dar con una clave que se suele colocar en el exterior. Que es como buscar un “padre sabio” que te diga qué es lo que tienes que hacer y cómo hacerlo.

Otra fuente de éxitos son las terapias y cursos en la onda New Age. Seducidos por “gurús” con supuestas capacidades extraordinarias, las personas van a dejarse querer y que las hagan sentirse especiales. El ego tiene necesidad de sentirse diferente del resto, de tener cualidades que los demás no tienen. Como cuando mamá te decía que eras el más guapo o el más listo y tú te sentías una persona especial. Pero esa sensación de estar con esa mamá que te señala con el dedo y que te atribuye cualidades y capacidades extraordinarias, también es de corta duración. Y se inicia una nueva procesión de terapia en terapia buscando volverse a sentir querido y especial.

Y digo esto sin ánimo de meter todos los cursos y terapias en el mismo saco. Hay profesionales muy válidos y que ofrecen herramientas útiles. Peor también hay mucho humo.

Y esto nos sucede porque desde niños fuimos vistos a través de la proyección de otros, nuestros padres principalmente. No vieron quién éramos de verdad sino quién querían ellos que fuéramos. Y así fuimos construyendo una personalidad para ser queridos y aceptados. Y abandonamos gran parte de nuestro Yo real en ese proceso. Y nos dedicamos a satisfacer las demandas de un Ego cada vez más tirano. Y es un tirano porque ha tomado posesión de nuestra vida y decide por si mismo, sin tener en cuenta a ese otro Yo que se esconde en su interior.

El verdadero trabajo es conseguir que ese Yo real esté al mando. Que descubramos quién somos en realidad, todas esas partes de nosotros que fueron ignoradas y las dejemos salir a la luz y ocupar el espacio que por derecho siempre les ha correspondido. Pero esa no es una tarea fácil. Es un camino lleno de obstáculos. Porque el ego al sentirse desplazado pone todo tipo de trabas y resistencias. Trata por todos los medios de hacerte creer que ya estás bien como estás o que haciendo más de lo que sea lo estarás. O que cuando alcances determinada meta serás feliz. Y que esas ideas de descubrirte a ti mismo no van a ningún lado. O que lo puede hacer pero en uno de los caminos fáciles antes citados.

Por eso se requiere de un enorme y total compromiso. Para resistir el autoengaño que nos empuja a quedarnos como estamos. O a cambiar las cosas para en realidad no cambiar nada. Tenemos que estar dispuestos a mirar dentro de nosotros mismos y aceptar lo que encontremos. Tal vez descubrir que no éramos como creíamos. O incluso que hemos pasado años persiguiendo unas metas que realmente no nos interesan. O que no van con nuestro Yo real. Atrevernos también a soltar cosas que creímos importantes pero que ya no lo son. Atrevernos en definitiva, a cambiar todo lo que haya que cambiar a pesar de la opinión de nuestro ego.

No es tarea fácil. Pero nadie dijo que lo fuera. Pero es el único camino para dejar de buscar a papá y mamá en el mundo y aprender a ser maduros y a valernos por nosotros mismos. Y ser por fin quién siempre quisimos ser.

¿Estás comprometido contigo mismo?

Pd. Si lo estás y quieres ayuda para hacer el camino, contáctame.

 

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Aprender a vaciarse

19 marzo, 2014 - 10:45 - Autor:

Vacia-te

Vivimos en la era de la infoxicación. Cada día recibimos muchos más inputs de los que nuestro cerebro puede procesar. Todo ocurre a velocidad de vértigo. Las noticias se suceden sin darnos tiempo a digerirlas. Cuando aún estamos procesando el último huracán es sustituido por una guerra en la otra parte del mundo. De todo lo cuál no sabremos más que unos pocos datos. La realidad no se detiene.

Ya no sabemos esperar en el metro o en una consulta médica mirando a los demás u hojeando una revista. Nos pasamos el rato consultando el móvil, llenándonos de más datos, contestando mensajes, tomando fotos y más fotos. Sin dejar que nuestra mente descanse ni un sólo instante.

Vemos películas en que las imágenes discurren sin descanso. Si miras ahora una película de hace 20 o 30 años puede llegar a parecerte lenta. Pero no es que esas películas antiguas sean lentas sino que muchas de las actuales son muy rápidas, como si de un videoclip o videojuego se tratara.

Hay personas que ya no leen novelas por el placer de leer sino por batir su propio récord de libros leídos en un año. ¿Hay alguna marca a batir en cuanto a lectura más allá del placer de la lectura? Pero bueno, por lo menos leen. Porque muchas personas son actualmente incapaces de concentrarse en un libro, ya que lo encuentra poco estimulante comparado con el ir y venir de las “pantallas”.

También existe el grupo de los “cursillistas” que encadenan un curso o máster tras otro,  sin apenas parar a digerir lo aprendido. Y sobre todo, sin aplicarlo. Porque es imposible aposentar los nuevos conocimientos si no los llevas a la práctica, si no haces uso de ellos. Al final tienes la cabeza repleta de conocimientos que no sabes cómo usar.

Te sucede lo que explica este cuento zen:

Cuentan que un estudioso, fue de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presentó a éste, contándole  todos los títulos y aprendizajes que había obtenido en años de sacrificados y largos estudios.

Después de tan sesuda presentación, le explicó que había venido a verlo para que le enseñara los secretos del conocimiento Zen.

Por toda respuesta el maestro se limitó a invitarlo a sentarse y a ofrecerle una taza de té.

Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vertió té en la taza del guerrero, y continuó vertiendo té aún después de que la taza estuviera llena.

Consternado, el estudioso le advirtió al maestro que la taza ya estba llena, y que el té se escurría por la mesa.

El maestro le respondió con tranquilidad “Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?

Ante la expresión incrédula del estudioso el maestro enfatizó: “A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada. Así que despréndase de sus creencias y de sus ideas preconcebidas. Deje la mente vacía”

El estudioso entendió, se inclinó ante el maestro y desde ese momento fue su mejor discípulo.

Así como sucede en el cuento hemos de aprender a vaciar nuestra mente. Cuando la mente está vacía puede aprender nuevas cosas y desde esa vacuidad es más fácil centrarse. Una mente atiborrada de ideas y conocimientos se colapsa y aunque parezca un contrasentido, lo único que puede hacer es repetir patrones. Para ser creativos se necesitan experiencias reales, vividas, oídas, tocadas, olidas y degustadas. Es en ese estar en el mundo en dónde podemos sorprendernos, interesarnos, sentir la necesidad de introducir cambios. Si sólo vives dentro de tu cabeza, acumulando información, no necesitas cambiar nada.

Es dejar que nuestro cerebro haga lo que mejor sabe hacer que es clasificar toda esa información, eliminar lo accesorio y procesar lo importante. Pero no desde lo racional, sino desde procesos inconscientes en los que confiamos que nuestra intuición es tan válida como nuestra razón e incluso más.

Por eso, para hacer cambios, para pensar creativamente, para variar nuestros hábitos, hemos de atrevernos a soltar. Hay que tener el valor de vaciar la mente, de soltar ideas preconcebidas, creencias, prejuicios, juicios y todo aquello que nos aleje del momento presente. Y finalmente hay que soltar el Yo. El paso más difícil pero también el más gratificante. Porque una vez lo has soltado todo, cuando ya no hay nada a lo que aferrarse, de repente en ese vacío te encuentras a ti mismo. Y descubres que todo lo que querías ser ya lo eres, lo que querías tener ya lo tienes y que la vida se vive a cada instante, desde cada centímetro de tu cuerpo. Y entonces, sólo entonces, pones a la mente en el lugar que le corresponde. A tu servicio.

¿Has vaciado tu mente alguna vez? 

 

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¿Eres multitarea? Lee esto

12 marzo, 2014 - 10:45 - Autor:

Multitarea

Si hay algo que caracteriza  la época que estamos viviendo es la gran presencia de estímulos que encontramos a diario en nuestra vida. Eso provoca que en muchas ocasiones hagamos más de una cosa a la vez. Si eso sucede de vez en cuando, no tiene porqué ser un problema. Pero si ocurre de manera frecuente es posible que seas un “multitarea”. La multitarea es una palabra que proviene de la tecnología y que indica que un sistema operativo permite que varios procesos sean ejecutados al mismo tiempo. Eso es posible en muchos de nuestros dispositivos tecnológicos pero falta saber si lo es también en nuestro cerebro.

Y parece ser que no lo es. Para empezar hemos de pensar que cuando realizamos una actividad nuestro cerebro está funcionando en su totalidad, pero nosotros sólo somos conscientes de lo que sucede en nuestro córtex o parte racional. Los numerosos procesos que suceden de manera inconsciente o automática no son accesibles a nuestra conciencia, pero no por eso dejan de estar presentes. Dicho en otras palabars, para realizar una actividad disponemos de una cantidad limitada de capacidad de procesamiento.

Y si hablamos de la atención, esa limitación es aún mayor. Nuestra capacidad de prestar atención debidamente es, por decirlo con cariño, muy escasa. Uno de los investigadores sobre este tema, David Mayer, afirma que la multitarea humana es una ilusión. Nuestro cerebro sólo puede prestar atención a más de una tarea si éstas están automatizadas o parcialmente automatizadas y no son del mismo orden; por ejemplo, hacer la comida y escuchar la radio. En los demás casos, lo que hacemos es saltar de una tarea a otra, de manera rápida y secuencial. Esta secuencialidad nos puede hacer creer que estamos haciendo todas esas tareas a la vez pero en realidad no es cierto.

Cuando estamos en la multitarea el cerebro tiene que hacer un esfuerzo por cambiar el foco de atención y entonces lo que hace es focalizarse más débilmente. Eso provoca más errores en lo que estamos haciendo y perder más tiempo por los continuos cambios de actividad. Cada vez que cambiamos, el cerebro tiene que desconectar de una cosa y conectar con otra. Es verdad que con un cierto nivel de entrenamiento algo se mejora en la multitarea, pero creo que el esfuerzo y la práctica que hay que realizar para obtener una pequeña mejora en ejecución no tienen demasiado sentido.

Es difícil sustraerse a la multitarea en un mundo que nos empuja a ello a cada rato y con un cerebro absolutamente ávido de estímulos. Pero hacerlo es una pérdida de tiempo y energía. Por ello quizás lo más útil sea seleccionar momentos para estar centrado y en foco y otros para dejarnos llevar por la glotonería del multiprocesamiento. Podemos escoger tareas de poca relevancia (ej.ver la TV y escribir en las Redes Sociales) para estar en multitarea y aprender a centrarnos en otras que si que requieren de nuestra atención, como por ejemplo, temas de nuestro trabajo.

Lee este cuento:

Un discípulo fue a visitar a su maestro y solicitó que le impartiera alguna enseñanza importante para su desarrollo. El maestro contestó irónicamente

-Atención.

-¿Y qué más? -preguntó el discípulo.

-Atención, atención -repitió el maestro.

El discípulo insistió.

-Pero ¿qué más?

-Atención, atención, atención -dijo el maestro. -Pero ¿qué es la atención?

El maestro contestó:

-Atención es atención.

Porque además estar en multitarea tiene más consecuencias. Si estamos constantemente en varias cosas a la vez provocamos una saturación mental que nos impide pensar con claridad. Nuestro cerebro necesita ratos de descanso para generar nuevas ideas, conexiones y ser creativo. Si estamos todo el tiempo haciendo cosas, nos cargamos de tensión y no nos permitimos conectar con nosotros mismos. De hecho, algunas personas utilizan precisamente ese no parar ni un momento para evitar conectar consigo mismos. No caigas en esa trampa. Aprende a relajarte, descansar y centrarte. Cultiva tu atención como en el cuento. 

 ¿Eres multitarea? 

 

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¿Acumulas en exceso?

5 marzo, 2014 - 10:45 - Autor:

Zen

De vez en cuando aparece en la prensa la noticia de un piso en el que al morir la persona, normalmente de cierta edad, se han encontrado cantidades ingentes de objetos y basura acumulados. Popularmente se le ha bautizado a esa conducta como Síndrome de Diógenes. Es curioso el nombre pues precisamente el filósofo Diógenes preconizaba todo lo contrario, desprenderse de todo lo superfluo hasta quedarse sólo con lo mínimo imprescindible, que según se cuenta en su caso era un manto, un zurrón y un báculo.

Aunque a veces llamemos medio en broma Síndrome de Diógenes a la tendencia de muchas personas a acumular objetos materiales, la denominación correcta es acumuladores compulsivos. Muchos sufrimos de esa tendencia, en mayor o menor medida. Guardamos muchas cosas “por si” las necesitamos para alguna ocasión: ropa que no nos ponemos, un zapato de tacón que nos aprieta pero puede servir para una fiesta (absurdo si nos aprieta….), tornillos viejos, recortes de diarios y revistas, adornos que nos regalaron alguna vez (aunque no nos gusten demasiado), entradas de una ocasión especial, etc…

A esto se suma que muchas personas, presionadas por una sociedad de consumo que nos anima a comprar a todas horas, no sólo guardan lo viejo sino que además van incorporando nuevas piezas al repertorio, por lo que al final, la casa empieza a convertirse en un almacén de objetos.   Y curiosamente, cuantas más cosas hay más difícil resulta tirar, pues el trabajo de hacer una selección de todo ello se vuelve muy laborioso y pesado.

Esa tendencia a acumular parece tener un origen instintivo, como estudiaron los neurólogos Jhon Blundell y Jac Herberg. Descubrieron que esa inclinación proviene de las zonas más antiguas del cerebro, posiblemente porque evolutivamente era necesario poder guardar alimentos que garantizasen la supervivencia en tiempos de escasez. El problema es que algunas partes de nuestro cerebro han evolucionado más lentamente que la sociedad y hoy en día no suelen darse esas situaciones tan extremas para las que ese mecanismo cerebral fue diseñado.

Si a eso le sumamos determinados rasgos de carácter, ya tenemos el cuadro completo. Las personas con tendencia a acumular, suelen ser muy sentimentales con respecto a los objetos, les asignan un valor emocional al margen de su valor material. Es como si los objetos fueran una extensión de sí mismos. Tirar algo es como tirar una parte de sí mismos.

Lo malo de acumular es que además de crear desorden, da un enorme trabajo de mantenimiento. Tienes que limpiar más y ordenar las cosas, si no quieres acabar sepultado por todas ellas. Y suele suceder que cuando realmente necesitas algo o no te acuerdas de que lo tienes o no lo encuentras. Ese desorden y acumulación es también reflejo de nuestro estado interno. No es que estemos desordenados por dentro, pero estamos de algún modo demasiado llenos: de ideas, de creencias, de supuestos, de prejuicios…

Vaciar lo externo, es de manera simbólica vaciar lo interno. Es dejar de aferrarse a cosas que tuvieron sentido en su día pero que ya no lo tienen. Es confiar que si en el futuro necesitamos algo lo podremos obtener sin necesidad de guardarlo todo. Es abrirnos a nuevos pensamientos, nuevas oportunidades, nuevas opciones. Es ir más ligero por la vida para volar más alto.

Si eres un acumulador compulsivo o estás cerca de serlo, empieza a soltar. Y si no sabes cómo hacerlo, recuerda que puedo ayudarte.

¿Tienes tendencia a acumular? 

¿Cómo dejar de perder los nervios?

26 febrero, 2014 - 10:45 - Autor:

asumirelerror

Una de las situaciones que más arrepentimientos suele causar es el haber perdido los nervios en una situación en que hubiera sido mejor no hacerlo. Una vez dicho algo, no es posible “recoger lo dicho”, no hay vuelta atrás. Y si ese perder los nervios ha llevado a una conducta agresiva, la situación se complica aún más.

Reaccionar con rabia o ira es algo más normal de lo que parece, pues es una respuesta inscrita en nuestro repertorio natural de conductas. El problema, como decía Aristóteles es “enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto“. No vamos a pretender tanta perfección en nuestras reacciones de enfado, pero si conseguir no crear un problema mayor del que tratamos de solucionar.

Hemos de pensar que la ira es una manifestación de dolor. Alguien nos ha herido de algún modo y reaccionamos con enfado. Cuando eso sucede, nuestro cerebro límbico toma el control. El cerebro límbico actúa guiándose por el instinto, por las conductas básicas de lucha o huida, diseñadas para la supervivencia. Podemos imaginar por tanto que estas conductas no serán demasiado racionales ni mesuradas. Sería más una reacción que una decisión. Como decía Siddharta Gautama, “aferrarse a la ira es como agarrar un trozo de carbón candente con la intención de arrojarlo contra alguien. Al final eres tú quién se quema

También es importante pensar que no conviene el extremo contrario, callarse y quedarse con ese resentimiento o incluso odio. El odio afecta nuestra salud, envenena nuestro corazón, nos impide ser felices. Hay que encontrar el momento y la disposición mental para hablar las cosas y no guardarlas. Hay que poder dialogar con quienes nos han herido y buscar una solución reparadora para nosotros. Y ser conscientes de que a veces, por la razón que sea, esto no es posible. Puede ser que guardes rencor hacia una persona que ya murió. En ese caso lo mejor es la terapia del perdón. Hemos de darnos cuenta que en ese caso, son nuestros pensamientos los que mantienen vivo ese odio o resentimiento pues la persona ya no puede hacerlo. Y que el único modo de eliminar eso es perdonar al otro y olvidar las afrentas. No tanto por el otro como por nuestra propia salud mental.

Pero, ¿qué podemos hacer para evitar esas explosiones emocionales?. Veamos unos pasos a seguir:

- Lo primero que debemos hacer es observarnos para llegar a conocer cuáles son nuestros síntomas de agitación. Puede ser que lo notes en una aceleración del corazón, acaloramiento, nervios en el estómago, temblor del labio, apretar las mandíbulas, etc… Cuando aprendas a reconocer estas señales te será más fácil saber que vas a caer en un estado de estallido emocional.

- Busca mecanismos de escape.  Cuando notes las señales puedes tratar de salir de la situación para ganar tiempo. El tiempo es uno de los factores más efectivos para evitar la explosión-reacción. Puedes tener preparada una relajación (que habrás ensayado previamente) para estos casos.

- El tiempo de respuesta es la clave. Hayas o no podido salir de la situación, date tiempo para responder. Si consigues el famoso “contar hasta diez” das tiempo al sistema límbico para que envíe información al cortex y así poder dar una respuesta racional, más elaborada. Es más fácil que te veas capaz de analizar las consecuencias de tu posible respuesta.

- Por último, analiza porqué eso te ha molestado tanto. Es posible que exista una afrenta real pero también lo es que sea sólo una interpretación tuya a los hechos. Recuerda que nuestras creencias son tan fuertes porque nosotros las tomamos como la única verdad, pero en la mayoría de las ocasiones son sólo interpretaciones del mundo que nos rodea, nada más.

Con estas propuestas no estoy diciendo que en ocasiones no convenga explotar y hacerlo con todas las ganas. Pero no como reacción sino como decisión. Porque lo que seguro que no sirve para nada es andar todo el día colérico. Si hay que cambiar algo hay que estar muy tranquilo para poder pensar con claridad el modo mejor de hacerlo. Y los que dicen que si no es en caliente no son capaces de hacerlo, es porque en realidad no están convencidos. Porque cuando estás convencido de que estás luchando contra una injusticia, no necesitas el odio para hacerlo. Aunque haya determinados momentos en que sentirte enfadado te ayuda a conectar con tu fuerza interior para cambiar algo.

Como todo en la vida, en la moderación está la virtud.

¿Sueles perder los nervios con facilidad? ¿O eres de los que te lo callas todo?

 

¿De qué depende tu autoestima?

19 febrero, 2014 - 10:45 - Autor:

Paz interior

La autoestima es uno de esos conceptos que si bien son bastante fáciles de definir, son luego bastante complicados de concretar. Porque de hecho estamos midiendo un intangible, una sensación interna que tenemos hacia nosotros mismos y que aunque tiene algunas manifestaciones externas, estas no son siempre claras. La autoestima, tal como la define la Wikipedia, sería:

La autoestima es un conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. En resumen, es la percepción evaluativa de nosotros mismos.

Ya os he hablando en otras ocasiones de que habría dos “Yo” en nosotros mismos. Un Yo ideal que equivaldría a lo que entendemos por personalidad y que carga con todo lo que las personas influyentes de nuestro entorno han proyectado sobre nosotros y un Yo real que sería algo más esencial, menos influido por el entorno, como un estado interno que no necesita de la influencia externa para saberse valioso. Que se ama por el hecho de existir.

Sé que no son conceptos fáciles pues no estamos acostumbrados a pensar en ellos de esa manera. Y porque además no es sencillo distinguir cuando estamos en un Yo y cuando en el otro. La mayoría de las veces estamos en el Yo ideal, haciendo lo que los demás esperan o esperaron en algún momento de nosotros. Y que se grabó a a fuego en nuestro interior. Porque incluso cuando nos rebelamos, estamos actuando movidos por eso que nos grabaron, con la única diferencia que en lugar de a favor, vamos en contra. Pero eso no es ser libre.

La verdadera libertad sólo puede venir del Yo real, de esa parte esencial de nosotros mismos con la que tan complicado resulta conectar. Pues para hacerlo hay que quitar todas las capas de lo que no eres. Has de dejar de querer mejorarte a ti mismo, pues eso sigue siendo parte de quien no eres. Has de conectar con lo que eres realmente, aunque eso te sorprenda, te golpee, te cambie las expectativas e incluso te cambie la vida. Desprenderte de quién te creías que eras es un proceso duro. Has trabajado mucho para construir ese falso Yo y no resulta fácil soltarlo. Porqué además, jamas puedes soltarlo del todo, lo máximo que puedes aspirar es a conocerlo y desde ahí, poderlo relativizar. Como no son conceptos fáciles de explicar, os relataré un cuento que tal vez ayude a ilustrar el estado interior del que estoy hablando:

Un viajero había llegado a las afueras de una aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto, llegó corriendo un joven que, entusiasmado, le gritó: “¡Dame la piedra preciosa!” El viajero lo miró desconcertado y le preguntó: “Lo siento, pero no sé de qué me hablas”. Más calmado, el aldeano se sentó a su vera. “Ayer por la noche una voz me habló en sueños”, le confesó. “Y me aseguró que si al anochecer venía a las afueras de la aldea, encontraría a un viajero que me daría una piedra preciosa que me haría rico para siempre”. El viajero rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra del tamaño de un puño. “Probablemente se refería a ésta. Me pareció bonita y por eso la cogí. Tómala, ahora es tuya”, dijo, mientras se la entregaba al joven. ¡Era un diamante! El aldeano, eufórico, lo cogió y regresó a su casa dando saltos de alegría. Mientras el viajero dormía plácidamente bajo el cielo estrellado, el joven no podía pegar ojo. El miedo a que le robaran su tesoro le había quitado el sueño y pasó toda la noche en vela. Al amanecer, fue de nuevo corriendo en busca de aquel viajero. Nada más verlo, le devolvió el diamante. Y muy seriamente, le suplicó: “Por favor, enséñame a conseguir la riqueza que te permite desprenderte de este diamante con tanta facilidad”.

El cuento tiene varias lecturas posibles, una más obvia sería el desapego de las riquezas materiales. Pero hay otra más simbólica, en la que el diamante representaría al Yo Ideal o ego. Sería todo aquello que como el diamante, parece tener mucho valor pero que no aporta apenas nada a nuestro bienestar interior. Y así, tal como hace el viajero, nuestra tarea sería desprendernos de lo falso y encontrar así esa paz interior, ese contacto profundo con quién de verdad somos, que nos permite amarnos de verdad y dejar de perseguir falsos ideales. Y en ese lugar interior, la autoestima es sólida y no tiene que trabajarse. No hay que hacer nada pues ya todo está bien y en el lugar donde debe de estar.

Y recordad, si no estáis ahí, podemos trabajarlo. :)

¿Cómo es tu autoestima? ¿Reconoces a tu Yo ideal?

 

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Pequeños grandes hábitos

12 febrero, 2014 - 10:41 - Autor:

Pequeños habitos
Aunque casi todos hemos oído alguna vez  el proverbio chino que dice que un camino de mil pasos empieza con un solo paso es frecuente que no nos decidamos a hacer cambios en según que ámbitos de nuestra vida porque nos parecen muy lejanos, difíciles o inalcanzables. Hacer un cambio nos obliga a salir de nuestra zona de confort.  Y por muy de moda que esté decir que hay que salir de la zona de confort, lo normal es resistirse a ello.

Pero en realidad podemos hacer grandes cambios en nuestra vida sin salir (o por lo menos en apariencia) de la zona de confort. Bueno, de hecho vas a salir pero apenas vas a notarlo. Porque para conseguir grandes resultados no es necesario hacer grandes acciones sino pequeñas repetidas a lo largo del tiempo. Si se insiste en un comportamiento positivo el tiempo suficiente esto puede llegar a suponer el punto de inflexión que marca la diferencia. Aunque en un principio fuera algo tan simple como meditar cinco minutos al día, cambiar los lácteos del postre por fruta o caminar diez minutos al día.

Este sistema de mejora continuada, un poco más sofisticado, es lo que en Japón se conoce como Kaizen. Su creador Masaki Imai afirma que todo lo que no suma resta. La idea del método es que millones de pequeños detalles mejorados, acumulados en el tiempo, suponen un gran cambio. A eso le suman evitar la acumulación, pero eso será tema de otro post. En lo que nos fijaremos es en el hecho de ir dando pequeños pasos en la dirección marcada.

Veamos algunos ejemplos:

- Te sobran algunos kilos y quieres ponerte a dieta. Es posible que seas disciplinado y voluntarioso y consigas cumplir la dieta a rajatabla. Y pierdas así el peso deseado. Pero ¿consigues mantenerlo? Si la respuesta es no, es porque no has cambiado realmente de hábitos. Sólo has hecho un gran esfuerzo concentrado en el tiempo para luego volver a lo anterior. Es mucho más efectivo tardar un año en perder esos kilos pero hacerlo con cambios de hábitos que te veas capaz de mantener en el tiempo.

- Te has apuntado a un gimnasio. Vas durante un mes tres días a la semana. Pasas las agujetas pertinentes, las estrecheces horarias y empiezas a sentirte ligeramente en forma. A la cuarta semana tienes mucho trabajo y no vas. A la siguiente semana sólo puedes ir un día. A la siguiente te da mucha pereza ir y volver a pasar las agujetas, ir corriendo y justo de tiempo y no vas. Si te ves reflejado, estamos en el mismo caso que el anterior. Has tratado de meter un nuevo hábito con calzador y no “entra”. Es mucho mejor que te marques un horario realista y empieces con una actividad más ligera, como un paseo diario de 20 minutos, pero que puedas sostener en el tiempo. Luego ya incorporarás el gimnasio si ves que te cuadran los horarios.

- Haces un intensivo de inglés durante el verano. Cuando pasa el verano tratas de mantenerlo pero nunca encuentras los momentos de hacerlo. Parte de lo aprendido lo pierdes por falta de práctica. Es mucho más efectivo dedicar cada día 15-20 minutos a hacer una actividad en inglés. E ir incrementándolo si te sientes motivado para ello.

Como puedes observar, la idea es siempre la misma. Hacer un pequeño cambio, que apenas se nota y que es fácil de cumplir. Y ver si somos capaces de convertirlo en un hábito fuerte y más extenso con el tiempo. Es cierto que algunas veces empezar a lo grande resulta retador y motivador, pero exige un gran esfuerzo mantener ese ritmo. Si tu motivación no es muy fuerte, seguramente no lo conseguirás. En cambio, introducir un pequeño cambio es sencillo. Y con el tiempo puede consolidarse como un hábito. Y la ilusión se mantiene cuando ves que no sólo lo continúas sino que eres capaz de incrementarlos gradualmente hasta el nivel deseado: hacer ejercicio, llevar una dieta sana o aprender inglés.

Para saber si este sistema te puede funcionar, sólo tienes que mirar hacia atrás y ver cómo has conseguido los cambios en tu vida. Y cuando no los has conseguido, porque ha sido. O mejor aún, probar y experimentarlo por ti mismo. Y si no consigues hacer cambios ni con este método, ni con otros, consúltame pues hay algo que necesita ser evaluado, valorado y tratado. Y recuerda que sólo cambiando ciertos hábitos,  podemos lograr  algunos objetivos en la vida, satisfacción, plenitud, éxito personal y demás. Y además, como dijo Edith Wharton, acerca de envejecer:

Otro generador de vejez es el hábito: el mortífero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora día tras día, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardía. El hábito es necesario; es el hábito de tener hábitos, de convertir una vereda en camino trillado, lo que una debe combatir incesantemente si quiere continuar viva.

 ¿Cómo cambias tú de hábitos?

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Mertxe Pasamontes, psicóloga

Licenciada en Psicología (Universidad de Barcelona) con reconocimiento de la especialidad clínica y acreditación Europea de Experta en psicoterapia (EuroPsy). Licenciada en Humanidades (UOC).
Mertxe Pasamontes
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Con los años he completado la formación académica con un Posgrado en Trastornos mentales (Universidad de León) y la no académica siguiendo el proceso completo que me capacita como Trainer – Master en PNL y Máster en PNL y Coaching (Institut Gestalt). He realizado también un máster en Hipnosis Eriksoniana y uno de Coaching Generativo con Robert Dilts y Stephen Gilligan. Máster en Análisis Transaccional (IAT) y un curso completo de Técnico en Recursos Humanos (COPC). Formada en el método Eagala de psicoterapia y coaching asistido por caballos. Así como 11.000 horas de psicoterapeuta y coach y como Formadora y Conferenciante motivacional.

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