Alegría, tristeza, aburrimiento… El tiempo puede ser subjetivo
“Nuestra percepción del tiempo cambia según la situación emocional y con quién interactuamos”. Así introduce la revista Mente y Cerebro su interesante artículo centrado en cómo nuestras emociones marcan el sentido del tiempo. De este modo, explican los autores, la celeridad con la que pasan los segundos aumenta durante una comida festiva o en un momento de ternura con un hijo o un ser querido. En dichas ocasiones transcurre tan rápido que nos gustaría retenerlo, convertir esos instantes en eternos. En cambio, en situaciones desagradables, como una discusión con un amigo o cuando sufrimos, el tiempo parece dilatarse, incluso paralizarse. Pero ¿Por qué? ¿Cómo funciona nuestro reloj interno?
Durante años, los psicólogos relegaron el estudio de las emociones a un segundo plano. Para ellos, las emociones, foco de los males del cuerpo y del espíritu, se hallaban disociadas del pensamiento racional. En la actualidad, por el contrario, se sabe que los factores emocionales son indisociables de la cognición. Los razonamientos, la toma de decisiones o la forma de enfrentase al mundo dependen de las emociones, las cuales resultan un modo eficaz de adaptarse al medio. Además, los estudios sobre la percepción del tiempo muestran que el ritmo del reloj interno varía según el estado emocional: dependiendo de si se acelera o ralentiza nos indica si debemos darnos prisa o, por el contrario, tomárnoslo con calma.
Con el fin de investigar la relación entre emoción y percepción temporal, los científicos se han centrado, sobre todo, en el miedo. Diversos experimentos han servido de herramienta. Y cualquiera que sea el procedimiento experimental utilizado, los resultados confirman que el ser humano sobrestima el tiempo que pasa cuando siente miedo o se encuentra estresado.
El miedo acelera el cronómetro interno
Gracias a un curioso mecanismo neuronal, que funciona como un reloj interno, los humanos podemos estimar el tiempo de forma precisa. Pero existen ciertas fluctuaciones de la percepción temporal que dependen de la cantidad de dopamina (neurotransmisor que impulsa la actividad neuronal) presente en el cerebro. Así, bajo los efectos de una concentración elevada de dopamina, el reloj se acelera, el tiempo transcurre más rápido, y la duración de un acontecimiento se juzga más larga.
Esta aceleración automática del cronómetro interno por efecto del miedo resulta de la adaptación del organismo al medio físico y social. Ante un peligro, el sentido común obliga a reaccionar con la mayor rapidez posible. Las emociones fuertes nos preparan para la acción. Frente a un peligro potencial (un animal peligroso, o un rostro hostil por ejemplo), el reloj interno se acelera y el tiempo subjetivo (el que procesa el organismo) resulta inferior al tiempo real.
Además de las propias emociones, también el estado emocional de quienes nos rodean afecta nuestra percepción del tiempo. En presencia de un rostro triste o alegre, nuestro reloj interno también correo más deprisa, puesto que nos preparamos para manifestar empatía hacia la persona en cuestión: apoyarlo si se siente triste o acogerlo si desprende alegría.
En la percepción del tiempo también influye la atención que le concedemos al mismo: cuanto menos pendientes estamos de él, más corto nos parecerá. Por ejemplo, se juzga más corto el tiempo que miramos a un rostro avergonzado que a uno neutro. Al parecer, el observador se pregunta por qué la otra persona experimenta vergüenza; también se plantea cuestiones sobre sí mismo en relación a esta emoción, de manera que desvía su atención de procesar el tiempo que pasa.
En definitiva, las emociones no deterioran el mecanismo de nuestro reloj, sino que esa adecuación entre el tiempo y lo que sentimos proporciona un medio de asegurar nuestra supervivencia.
La vida es una suerte de acuerdos y adaptaciones entre nuestro tiempo, el tiempo de los demás, y el tiempo que marcan las agujas del reloj.
1 Comentario
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interesantísimo!
Comentario Publicado por: alix | 8 septiembre 2012 - 22:51