Tener hijos sin sexo
“No es descabellado pensar que pronto el sexo no será necesario para la reproducción”, aseguraba recientemente la autora Aarathi Prasad ante la publicación de su polémico libro. Basada en pruebas animales de éxito, según afirma, Prasad augura que en el futuro nuestros óvulos podrán convertirse en embriones sin esperma; que a partir de células madre de la médula ósea se obtendrán gametos; y que las gestaciones humanas podrán darse en úteros artificiales.
Son predicciones, pero lo cierto es que hoy, con las técnicas de fecundación asistida (FIV), que se han distanciado tanto de su fin original (paliar la esterilidad), es posible la obtención de niños a la carta. Múltiples técnicas que permiten diseñar al hijo perfecto, pero no exentas de riesgos, ni de dudas. A los principales problemas técnicos -el tratamiento para la estimulación ovárica, la manipulación de gametos y el cultivo de los embriones, su conservación en frío, el número de embriones a transferir, y su correcta implantación en el útero-, que siguen sin encontrar la solución definitiva, se suman nuevos interrogantes éticos, psicológicos y sociales. Sobre todo, relativos a la donación anónima de gametos.
Se conocen los efectos negativos en la salud y la inestabilidad emocional de la pareja cuando intervienen los gametos de un donante, o cuando una mujer sola elige para su hijo el modelo de familia monoparental a que estas técnicas dan acceso. Nadie ignora los graves problemas psicológicos para los huérfanos biológicos. La negación del conocimiento de uno de los padres genéticos puede tener consecuencias psicológicas para los hijos, que pueden sentirse privados de la información que necesitan para desarrollar un amplio sentido de su identidad, dada la importancia de la genética.
Sin embargo, muy pocos padres hablan a sus hijos acerca de su concepción por donante. Las razones son el deseo de proteger a los niños de la angustia de no poder obtener ninguna información sobre su padre biológico y, por otro lado, por querer protegerse del rechazo potencial del niño, o del estigma social asociado con la infertilidad masculina. No obstante, el secreto parece ser perjudicial para ellos, tanto física como psicosocialmente, y tener un impacto negativo en la dinámica interna de la familia.
Según los estudios realizados, también las madres solas están preocupadas por el anonimato de los donantes de la concepción. Un total del 77,4% de las encuestadas (publicaba Human Reproduction en 2010), pensaban que sus hijos necesitarían conocerlo para su desarrollo psicosocial, en particular durante la adolescencia. Tienen miedo a que aparezcan trastornos genéticos y no tener seguridad de acceso a la información genética cuando sea necesario y también porque temen la posibilidad de matrimonio entre hermanos.
A diferencia de la mujer soltera inseminada, que asume la responsabilidad de criar a los niños por sí misma, las lesbianas desean compartir la experiencia de la maternidad, en vez de que su pareja sea un mero espectador, por lo que se ha iniciado la maternidad compartida en que una aporta el óvulo que será fecundado por esperma de un varón y la otra aporta su seno para gestar al hijo en cuyo inicio ambas han participado. Obviamente esto sólo es posible desde el punto de vista legal en los países que, como en España desde el 2005, los derechos de las parejas homosexuales, incluidos los reproductivos, se igualaron con los de parejas heterosexuales (Ley 13/2005).
La posibilidad de recurrir a la maternidad por sustitución surgió en el marco de la reproducción asistida para mujeres que padecían una patología uterina. Prestar el útero se vio inicialmente como un regalo altruista. Más tarde se comenzó a admitir y justificar que debería llevar asociada una prestación económica.
En una tercera etapa, este servicio gestacional ha pasado a ser una nueva forma de esclavitud femenina. Durante el embarazo se crea una comunidad de vida tan profunda, e íntima, que se genera un vínculo de apego afectivo y emocional de gran fuerza que la lleva a sentirse la madre. La madre uterina está condenada a vivir esos meses de su vida desde una perspectiva meramente funcional, con indiferencia y con la meta de abandonarle, y no como un acontecimiento que le concierne de pleno. De hecho, más de un 10% de las madres uterinas necesitan terapia para superar la obligación adquirida de entregarlo cuando nazca. Por otra parte, como señalan los expertos del Comité Nacional de Ética de Francia en 2010, nadie puede prever las consecuencias de un proceso como este en la psique del hijo, que conocerá en su día que fue objeto de un contrato.
Mientras tanto no desciende la mortalidad embrionaria y neonatal en los engendrados por FIV, y crecen alarmantemente los defectos de salud de los que llegan a nacer, a corto y largo plazo. Parte de los defectos generados por las técnicas, que fuerzan a fecundarse espermatozoides y óvulos que pueden ser defectuosos, se heredan. Además, se heredan defectos adquiridos por la imprescindible manipulación de los óvulos, el cultivo in vitro, o la congelación-descongelación. De forma que el uso masivo de esta tecnología ha creado un grave problema intergeneracional.
La cifra de embarazos por ciclo de estimulación ovárica sigue siendo alrededor de un 25-30%. El rendimiento es muy dependiente de la edad de la mujer. El factor retraso de la edad del primer hijo y los disruptores hormonales del ambiente, que afectan a los espermatozoides, ha hecho crecer rápidamente la infertilidad a causa del estado de los gametos.
Aumentan los países que la usan, el número de Centros que las llevan a cabo, y el número de ciclos y pacientes que acuden. Se han mejorado algunos aspectos secundarios de los protocolos. Sin embargo, el porcentaje de niños nacidos sanos y sin problemas a medio y largo plazo, no ha aumentado proporcionalmente.
Y esta realidad es la que hace imposible que el sexo pueda pasar a la historia…
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