Se me acumulan las frases, las palabras, tengo tantas cosas que contar que no sé por dónde empezar. Voy a arrancar por una confesión: Llevo casi 18 años en esto y es mi primera final en un campo de fútbol, siempre he sido “la quedada” especial, he tenido que hacer el trabajo “sucio” en la redacción, escribiendo especiales de 32 páginas, como con la Séptima del Real Madrid, o presentado especiales, o programas del Mundial, o de la Eurocopa y no es una queja porque lo he disfrutado, pero lo que viví en Mestalla es coronar la cima, es lo máximo. Más que presentar un telediario, más que entrevistar a los deportistas más laureados. La final de Mestalla, la final de la Copa del Rey, el clásico entre el Barcelona y el Real Madrid, ha sido un regalo.
Llegamos a las 09.00 de la mañana, en el AVE, estaba prácticamente vacío porque era muy pronto, pero una despedida de soltero nos alegró el viaje. El chico es policía y se casa con una compañera, sus amigos le hicieron viajar así.

Bueno, ya teníamos una foto curiosa. Mi compañero, Nacho, y yo decidimos ir al hotel donde había que recoger las acreditaciones de prensa. Era el hotel Palace, donde por cierto el servicio es muy amable, era demasiado pronto. Los pases de prensa se daban a partir de las 10.30, así que nos quedamos a desayunar. “Nos van a clavar, pero ¿dónde vamos con las maletas? Además, puede que nos encontremos a Del Bosque”, mis deseos fueron órdenes. Nada más entrar, el seleccionador nacional salía rumbo a Castellón para recibir un premio. “¿Qué tal maja? Cuanto tiempo sin verte. No sabía que estabas en lainformación.com intentaré ir un día de estos, cuando se pase todo este follón”. Bien. Empezábamos bien.
Lo que no imaginaba es como iba a continuar. De repente, veo un resplandor al fondo de la cafetería, en la recepción… “¡Es la Copa! No me lo creo!”, me froto los ojos y me voy corriendo con el Iphone, que nos ha acompañado, durante la larguísima jornada. Brilla. Es preciosa. Es la pasajera trasera del coche oficial que la trasladará a Mestalla. Es la gran protagonista.

La miman dos señores, que orgullosos no paran de sonreír. Me pongo a disparar la cámara como loca. Me emociona. Es el primer trofeo oficial de la temporada. Esa noche iba a ser levantada por el Barça o el Real Madrid, luego acabaría atropellada y por los suelos, y no puedo resistirlo. Me lanzo. Total no tengo nada que perder. Uno de los señores se monta con ella en el coche y yo le pregunto: “¿Se puede tocar?”, hago la cuestión porque la Copa del Mundo solo se podía tocar con guantes, “sí, claro”. Pues, a por todas: “¿Me puede hacer una foto con el móvil dentro del coche?”, le digo con la mejor de mis sonrisas. “Sí, espera que me bajo y te subes al coche”.

Una privilegiada, eso es lo que soy. Y no es afán de protagonismo, es que realmente quería contar lo que se siente. Y es ¡la leche! Empezaba a saborear el partido. Regresé a nuestro “cuartel” general, a la cafetería, donde Nacho trabajaba con el portátil mientras vigilaba de reojo las maletas. Y por allí, empezaron a desfilar un montón de ex futbolistas, ex entrenadores y ex árbitros. Fernando Hierro, Javier Clemente, Víctor Muñoz, Iván Helguera, Medina Cantalejo, Díaz Vega, Puentes Leira, Juan Carlos Pedraza, Hristo Stoichkov… Era la fiesta del fútbol. “Para nosotros es como si fuera el día de Nochevieja”, nos comentaba Díaz Vega.
Otra vueltecita por la recepción y aparece ante mí otro de los protagonistas, Undiano Mallenco con su equipo. Muy simpático, muy deprisa. Les recibe Sánchez Arminio, al que se le ve saludable, vamos que no pasa hambre. El árbitro también pasa por la planta de la RFEF. 
Nosotros lo hicimos un poco más tarde. Nacho subió primero y aprovechó para sacar la foto del póster. Sexta planta. Allí estaban los responsables de prensa. Paloma Antoraz, ex compañera de EFE, la jefa, corriendo de un lado para otro y mi querida Susana Barquero con una sonrisa, como siempre. “Esto es una locura, nos han pedido acreditaciones hasta de una televisión de Panamá”.
Están desbordados, como nosotros, con tanto personaje circulando por el hall. Aunque todo se detiene porque aparece el gran Alfredo Di Stéfano. Lo reconozco, es una de mis debilidades. El presidente de honor del Real Madrid, el mito, el ídolo, a sus 84 años, no para de hacerse fotos con aficionados de los dos equipos. Hasta unos chicos de Dubai se acercan temerosos para pedirle un autógrafo. Di Stéfano está cansado y empieza a hartarse de tanto acoso, él es así. Por eso, le dice a Juan Carlos Pedraza y a Jorge Carretero que no tiene ganas de ir a la comida de directivos y que se queda a comer en el hotel y que nos invita a una paella.

Compartimos un almuerzo delicioso y no solo por la comida, sino por la conversación. Pedraza y Di Stéfano mano a mano. Otro lujo, de un día perfecto. En la mesa de al lado, Nagore, la mujer de Xavi Alonso, y Sara Carbonero. La periodista no ha cambiado. Sigue igual de maja. Hablamos un poco. No había venido a trabajar, por primera vez, podría disfrutar de una final. Alfredo se fue a descansar y Nacho y yo a las fans zone de los dos equipos.
Allí había un fiestón. En la del Real Madrid mucha camiseta de Raúl, mucha bandera de España y muchas ganas de cantar. Me sorprendió la cantidad de elásticas de antiguos jugadores.

Un aficionado llevaba su camiseta de los 90, de Juanito. Otros de Figo, de Redondo, de Guti, de Zidane… Todos con “orgullo vikingo”. Buen ambiente, “sin conflictos”, nos cuenta la policía.

En la zona azulgrana, más de lo mismo. Casi todos los seguidores con camisetas, muchas con Iniesta y Messi, y algunos también con el nombre de leyendas. Guardiola, Stoichkov, Etoó, Riquelme… A pocas horas del partido había una cola larguísima para comprar una camiseta. El club montó una tienda y fue un éxito. Ambiente espectacular. En los servicios médicos nos comentan que solo habían atendido alguna lipotimia y un par de esguinces, nada importante.
Y llegamos a Mestalla. Esperamos a los autocares. Solo podemos ver el del Real Madrid porque el del Barça entra por otra puerta y es difícil cruzar los cordones de seguridad. El corazón empieza a acelerarse, en twitter he leído un informe de unos cardiólogos, y no me extraña que los días de partidazo haya que tener más cuidado. Estoy emocionada. Las aficiones están separadas, pero sus voces se funden en una. Ya se disputa el partido. Llega el bus madridista. Aplausos, gritos… Marcelo baja
y abraza a los que no juegan, a los que hacen el trabajo “sucio”, el menos lucido, pero también importante. Me parece un gran detalle.
Después empiezan a desfilar un montón de personalidades. El jefe de seguridad de RFEF, Eduardo, ha estudiado todo con detalle. Para ellos también es un día muy especial. De momento, está saliendo redondo…
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