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Llegada a Oslo

31 julio 2009 - 10:00 - Autor:

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La llegada a Oslo no fue como la esperaba. Bueno, quizá sí. Se puede decir que no fue como la deseaba, porque uno sabe que en Noruega el tiempo no tiene por qué acompañar, aunque sean mediados de julio. Y es que fue atravesar la frontera de Suecia con Noruega por carretera (con aduana incluída), y comenzar a llover. Y a llover bien. Chuzos de punta, que se dice por mi tierra.

La entrada al país fue por autopista, y conviene acordarse porque anda que luego no se echa de menos. Eso sí, poco o nada se veía. Agua y más agua y el parabrisas moviéndose acompasado.

La llegada a la ciudad, de lo más sorprendente. Era algo así como el apocalípsis. Algo así como sentirse replicante en Blade Runner: todo gris, bajo la fortísima lluvia, con un fiordo a un lado pero con un montón de edificios horrendos, aún más grises, grandes barcos y plataformas extrañísimas, una serie de curvas que te hace creer que vas directo a un agujero negro… Nunca había visto una entrada más rara e injusta para una ciudad.

Y digo injusta porque si bien la capital noruega no es un portento de belleza, tampoco es luego tan fea como la pintan. Sí, comparado a lo que uno ve por allí cerca, es cierto que no sale ganando. Pero, oye, que luego la ciudad merece un paseo.

Y eso hicimos. Tras dejar pasar la tarde del diluvio, el día siguiente no es que apareciera soleado, pero la ciudad se dejaba visitar.

Por un lado está la zona “histórica”, con el Palacio Real, la Universidad, el Teatro, y las calles comerciales, con la gente paseando por allí. No es que haya muchísimo ambiente, pero no está mal. Y el Palacio, no es ostentoso o llamativo, pero ahí está, con sus jardincicos. El caso es que como el día no era muy bueno, decidimos hacer la visita rápida, perdiéndonos, seguramente, muchos lugares de interés y la visita a algún museo. Pero ya habrá tiempo en otro viaje…

Luego está la zona del puerto, bastante chula. Tampoco es “la repanocha”, pero tiene su encanto. Al menos tiene algo así parecido a un “paseo marítimo” que invitar a pasear, desde el edificio del Nobel de la Paz hacia el final del muelle, donde hay algún que otro restaurante, terrazas, bares cool en la cubierta de los barcos…

La costa oeste de Suecia

29 julio 2009 - 12:00 - Autor:

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Cuando estaba planificando este viaje, como podrás imaginar, las combinaciones eran múltiples y, todas ellas, igual de atractivas. La idea original, que dista bastante de la definitiva, proponía conocer Suecia bastante a fondo (la parte centro-sur) y llegar a Estocolmo, una ciudad de la que he oído maravillas y que aún no tengo la suerte de conocer.

Sin embargo, el largo trayecto que había desde Copenhague hasta allí para después ir a Oslo (vamos, los kilómetros de carretera y manta), hizo que al final se cambiara la idea en pos de poder descubrir la inmensidad natural de los fiordos noruegos.

Eliminando Estocolmo de la ruta, el paso por Suecia iba a ser prácticamente casual, con algún que otro punto obligado de paso.

De hecho, pese a que Malmo se encuentra a unos pasos de Copenhague (sólo hay que pasar el puente de Oresund, bastante caro, por cierto), también lo descartamos por provocar unas cuantas horas de coche de más, y decidimos llegar a Suecia a través de Helsinborg, unos cuantos kilómetros más al norte.

El objetivo a alcanzar era Oslo, la capital noruega, y para ello había que recorrerse, en línea recta, la costa oeste de Suecia, a través de una autopista que casi te pone en el vecino país (y digo casi porque al final hay un buen tramo en el que uno ya se va acoplando a lo que serán las carreteras noruegas por una de un solo cariil).

Lo primero que a uno le sorprende de Suecia son dos cosas (y nada que decir de las suecas): sí, es un país híperboscoso; está lleno de árboles. Y por esa carretera, al principio, no se ven. Están a la derecha de la vista en dirección norte, como escondidos, como si fuera la orilla del Nilo, pero al revés. Desde el oeste, la vista sería algo así: mar, tierra bastante amarillenta, no árida pero casi, carretera, tierra amarillenta de cultivo y bosques al fondo. Luego, más al norte, los bosques ya sí que te van atrapando.

En cuanto a lo que vi durante esa jornada dividida en dos mitades de día (hicimos escala en Goteborg para dormir), me quedo básicamente con tres cosas imprescindibles y no te cuento alguna que otra parada perdida.

Las tres imprescindibles: el castillo de Tjolöholm (con unas vistas espectaculares, perdido en mitad de un boque), Goteborg (una ciudad con bastante movimiento) y las pinturas rupestres de Tanum. Y en ese orden ascendente geográficamente hablando.

El castillo fue una grata sorpresa. Habíamos hecho un par de paradas previas de rigor en alguna que otra pequeña ciudad costera y habían resultado decepcionantes: muy poca gente, todo muy apagado y con muy poco que ver para el turista (creo que éramos los únicos, de hecho). Y tras un desvío desde la autopista y seguir un par de indicaciones llegamos al castillo. Desde el parking no parecía gran cosa. Pero su grandeza estaba por detrás, en los pedazo de jardines con vistas. El paseo por allí fue revitalizante.

Goteborg, por su parte, me sorprendió un montón. La primera impresión no fue nada halagüeña. La zona del puerto es bonita, aunque a simple vista parece demasiado “industrial”, no turística, salvo la Ópera, que es un edificio bastante chulo. Y, sobre todo, estaba todo muerto. No había nadie por allí y tampoco era muy tarde (las siete y pico).  Pero nos pusimos a caminar calle arriba por la zona comercial, que viene a ser su centro neurálgico. Estaba todo ya cerrado, pero las galerías permanecen abiertas y por ahí camina la gente, para resguardarse del frío, se imagina uno. Después de un rato, llegamos a una placita que nos cambió la cara. No sólo había gente viva por las calles sino que, además, estaban tomando algo en unas terracitas. Giramos a la derecha y llegamos a la calle donde, por lo visto, se “partía el bacalao” por allí. Había un montón de terrazas, de restaurantes y de gente paseando o tomando algo, aderezado todo por el brillo de las luces ya encendidas en ese eterno atardecer sobre los canales. Vamos, que bien merece la pena un buen paseo por allí.

Lo de Tanum ya es de otro nivel. Resulta que en la década de los 90, hace “casi ná”, se hallaron en toda esa zona un buen puñado de restos arqueológicos y paleontológicos de primer orden. Esta zona del oeste de lo que hoy es Suecia había estado poblada desde hace ya unos cuantos miles de años, y se habían encontrado buenos restos. Entre ellos, las pinturas de Tanum.

El sitio es bárbaro. Pasear por un precioso bosque y ver, en el suelo, pinturas de color rojo con un estilo visual sorprendente (son como las de Altamira, pero “en cool”), es una sensación nada común. Además, esta gente se lo curra una barbaridad en cuanto a la preparación de los sitios, y hay un museo muy chulo justo al lado. No puedes perdértelo.

La isla de Selandia

24 julio 2009 - 12:00 - Autor:

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Dinamarca es un país con unas cuantas peculiaridades geográficas dignas de mención. Tanto es así, que la mayor parte de su territorio (y con diferencia) se encuentra en otro continente (Groenlandia aún a día de hoy está bajo soberanía danesa).

Pero a efectos europeos, digamos que Dinamarca está compuesta por la península de Jutlandia (que espero visitar a la vuelta), y un buen puñado de islas, de las cuales la más grande e importante es Selandia, en la que se encuentra la capital del país: Copenhague.

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Copenhague es, obviamente, el punto más interesante de la isla. Pero no el único. Entre unas cosas y otras, finalmente pasé casi dos días en la ciudad. Y me ha gustado bastante, aunque con matices.

Si bien se trata de una ciudad muy bonita, limpia, ordenada y llena de lugares interesantes, visitarla por primera vez en domingo me descubrió una ciudad “apagada”: calles vacías y poco movimiento. El lunes la cosa fue ya bien diferente, pero me dejó ese regustillo.

Al igual que suele acaecer en la mayor parte de las ciudades del norte de Europa, a partir de las seis y pico de la tarde, además, hay poco que hacer por las calles. La gente se recoge en casa y apenas hay gente paseando o tomando algo. Al menos, yo no los vi.

Pero todo eso no quita que pasear por sus calles es un placer para los sentidos. Recorrer la calle peatonal más grande de Europa, ver la Sirenita, descubrir el palacio Roseborg o acercarse al Tivoli son de esas cosas que no se pueden dejar de hacer.

Aprovechando que las distancias en la isla son cortas, hice también varias excursiones. Una de ellas, la visita a Roskilde. Es verdad que hay una catedral enorme muy chula, pero lo que más me fascinó por allí fue el atardecer en la zona del puerto. Espectacular.

Para terminar mi primera parte del viaje por Dinamarca, y teniendo Suecia como camino de paso hacia Noruega, mi verdadero destino, no decidí pasar el puente de Oresund (el más grande de Europa) que cruza hasta la vecina Malmo, sino que subí hasta el norte.

Primero, el palacio de Hillerod. Magnífico. La primera impresión no ha de dejarte con ganas de irte. Entra, pasea y dale un rodeo. Cuando veas los jardines y el lago sabrás de lo que hablo. Qué lugar. Es uno de los palacios de verano de la realeza, y no me extraña. Nada que envidiar a otros palacios tan recordados como el de Versalles. Al menos, en sus jardines.

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Y, después, para terminar y de paso a mi segundo ferry, el que me iba a llevar a tierras suecas, a Helsinborg, la fortaleza de Helsingor, una rápida visita hacia el típico castillo militar desde el que se divisa la otra orlla, hoy bajo otra bandera.

Con lo que estoy disfrutando al máximo es con la fotografía. Ya he gastado la primera tarjeta de 8 GB… Y creo que están quedando chulas. Ya te iré enseñando más.

Entrando a Dinamarca desde el sur

23 julio 2009 - 13:00 - Autor:

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Mi primera toma de contacto con Dinamarca fue desde el agua. En Ferry desde la alemana isla de Fehmarn, como comentaba previamente. Este trayecto en barco, coche incluído, sale por unos 75 euros (dos personas en un coche) y dura algo parecido a 45 minutos. Puede parecer caro, pero si piensas en la cantidad de kilómetros que ahorra sin necesidad de subir hacia Jutlandia, merece totalmente la pena.

La primera impresión que me llevé de Dinamarca fue similar a la de los Países Bajos. Imagino que la planicie tiene la culpa. Y las largas extensiones con el mar al fondo, a tu misma altura. En coche, dirección Copenhague, se pasan varias islas unidas con grandes puentes.

Pero antes de llegar a la capital, me esperaba una gran sorpresa. Había oído maravillas de los acantilados de la isla de Mon, y no podía dejar pasar la oportunidad de conocerlos. Así que, para allá que fui. Apenas hay que desviarse. La isla de Mon se encuentra ya muy cerca de Selandia, la isla más grande de Dinamarca y la isla que acoge a su capital, Copenhague.

Cuando uno va en el coche, a un máximo de 110 por las autopistas, por cierto, de isla en isla, parece imposible que puedan existir esos acantilados de las fotos. De hecho, llegas a pensar que te equivocarías de sitio porque lo único que se ven son llanuras y agua de mar a tu mismo nivel.

Sin embargo, cuando te vas acercando, esos caminos que parecían diseñados a propósito por fabricantes de bicicletas van empinándose y serpenteando conforme el paisaje que te rodea va cambiando hacia un tono más verdoso y según la vegetación se va engordando hacia frondosos árboles que te llevan en volandas hacia el destino.

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Llegar a los acantilados de Mon es espectacular porque el último tramo de carretera ya te hace imaginar que vas a hacer algo grande. Minutos más tarde, te sorprendes de la cantidad de coches que hay aparcados y de que el sitio sea tan turístico. No parecía así en las fotos, sin casi gente…

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Al rato lo entiendes: empiezas a bajar escaleras en un enorme desfiladero esquivando vegetación y sin nada en el horizonte salvo gente que baja contigo. También tendrán que subir. Bajas los 501 escalones empinadísimos y te quedas sin habla. Paredes de arena blanca que contrastan con un agua color turquesa que no te esperas ver en Escandinavia y que, además, sorprende por su moderada temperatura. Uff. Qué sitio. Ideal para hacer un picnic. Menos mal que fuimos previsores. De la subida de después, mejor no hablamos…

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De ruta por Escandinavia

22 julio 2009 - 0:02 - Autor:

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Si hay una cosa que me apasiona del formato “blog” es la posibilidad de contar historias en tiempo real. O casi. Con muy pocos medios, es posible transmitir la inmediatez de un viaje. La siguiente serie de post en este blog va a ser un poco diferente. ” On the road”.

Ahora mismo escribo estas líneas desde la habitación de un hotel en Suecia. Estoy realizando un fantástico viaje por Escandinavia en coche. Quince días para recorrer una tierra que daría para hacerlo en años. Según la fortuna con la que me vaya encontrando (vamos, lo caras que sean las wifi en los hoteles, te podré ir contando por aquí). Hasta ahora no estoy teniendo mucha suerte… Pero hoy sí.

Mi viaje comenzó en el norte de Alemania. En Lübeck. Allí llegué en un vuelo de bajo coste desde Alicante… Muchas veces para viajar barato hay que moverse, pensar pros y contras y lanzarse a la aventura. Mi objetivo es recorrerme Dinamarca, tocar Suecia y descubrir la maravillosa zona de los fiordos noruegos (el sur). Para optimizar costes (y porque me va la marcha), mi primera parada fue el norte de Alemania, donde también concluirá la aventura: el vuelo de ida y vuelta sale por poco más de 100 euros y el coche de alquiler para 15 días unos 450, lo que viene a ser más de 200 euros de ahorro con respecto a alquilar en Dinamarca, Suecia o Noruega.

Si además se une mi pasión por Alemania y las buenas opciones de comunicación desde Lübeck, creo que ya se podrá entender el por qué de la elección de la ruta.

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Lübeck, por cierto, me dejó con enormes ganas de recorrerla con calma a la vuelta. Ciudad con aires medievales, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, me atrapó con su atardecer interminable en el que esa “hora azul” tan deseada por los fotógrafos se alargaba hasta multiplicarse por tres estirando los últimos rayos de sol hasta casi las 23 horas.

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Desde allí, tras dormir, por cierto, en un hotel barato y suficiente (otra de las razones), a la mañana siguiente me subí a mi coche de alquiler y éste se subió, en Fehmarn, a un ferry que, en apenas 45 minutos me dejaba ya en Dinamarca, camino al lugar que ilustra la fotografía: los acantilados de Mon.

Memento Park

15 julio 2009 - 18:18 - Autor:

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No sé si será porque el nombre ya evoca a la fantástica película de Christopher Nolan, pero desde que oí ese nombre tenía que conocer ese lugar. Bueno, a quién voy a engañar, influía mucho el rincón de minube que encontré mientras preparaba mi viaje a Budapest. Quería conocer el Memento Park. Por alguna razón, esas monumentales estatuas comunistas siempre me han llamado la atención.

Hungría fue comunista durante una buena parte de su historia reciente. Tras la caída del “Telón de Acero”, entre 1989 y 1990, los húngaros se dedicaron a eliminar todas las reminiscencias soviéticas que había tenido. Comenzando por las imponentes estatuas que poblaban sus ciudades, como Budapest, inundada de ellas. A día de hoy, en su emplazamiento original sólo queda una, la “Estatua de la Libertad”, que preside las vistas al Danubio en lo alto del monte.

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Afortunadamente, en lugar de destruir ese patrimonio, los húngaros han sabido aprovechar su pasado para crear un museo abierto, al aire libre, en el que se han recogido un buen puñado de estatuas de esta época. Se trata de una especie de “parque temático” (así lo llaman ellos) de estatuas enormes de la “amistad soviético-húngara” y de “la liberación”.

El museo se encuentra a poco más de 20 minutos de coche de la capital, pero hay que visitarlo. A mí, personalmente, me pareció fantástico. De esas cosas que impresionan. A día de hoy hay estatuas de Lenin, Marx, Engels, e incluso una dedicada a las Brigadas Internacionales españolas.

La entrada ya llama la atención. Unas botas de Stalin en lo alto de una tribuna. Son los restos de una estatua que se encontraba en el centro de Budapest, en la “Plaza de los Desfiles” y que, durante una revuelta popular en contra del régimen, en 1956, fue derrumbada por el pueblo. Sólo quedaron las botas, y los pies de Stalin se mantuvieron en la plaza hasta la caída del comunismo.

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No sé, me pareció un sitio muy especial. Único. Una razón más para visitar Budapest.


Parque de las Estatuas o Memento Parque

Liverpool y The Beatles

13 julio 2009 - 12:40 - Autor:

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Hay ciudades en el mundo que son asociadas a sus monumentos. Otras, a su historia. O a una determinada fecha. Y luego están las que vienen marcadas por ser la ciudad de nacimiento de alguien.

Liverpool es una de estas últimas. No hay nadie que no piense en The Beatles cuando piensa en Liverpool y no hay nada (ni siquiera el equipo de fútbol y Anfield Road) que lleve más turistas a esta ciudad del norte de Inglaterra que la banda liderada por John Lennon.

Fue allí donde los chavales que revolucionaron el panorama musical comenzaron a hacer sus primeros pinitos y es allí donde todo el aficionado a la buena música puede encontrarse con vivencias irrepetibles. Porque, no hay que engañarse, Liverpool lo ha sabido hacer muy bien y la ciudad casi gira en torno a los autores de himnos tan reconocidos como Help!

El grupo comenzó a tocar en el mítico pub The Cavern, situado en la famosa calle Mathew Street, en pleno centro de la ciudad británica. Hoy, el pub original ya no se encuentra abierto al público, pero justo al lado se ha “reconstruído” para hacer las delicias de los más fanáticos y, cómo no, también del turista ocasional. Porque no hace falta saberse todas las letras del cuarteto local para disfrutar de un pedacito de historia.

Pasear por Mathew Street es muy especial. Es como estar dentro de un LP, de un vinilo. Es pensar en pantalones de pitillo, en gritos de adolescentes, en imágenes en blanco y negro y en peinados a tazón. Es como vivir, unos minutos, dentro de una melodía pegadiza.

Entrar a The Cavern es un placer para los sentidos. Tomarse ahí una pinta de cerveza, rodeado de ese escenario figurado en el que hace no mucho estuvieron John, Paul, Ringo y George, es soñar despierto. Si además estás ahí el día en el que hay un partido de Champions League entre el Liverpool y el Real Madrid, como fue mi caso cuando acudimos a grabar el vídeo del norte de Inglaterra, te puedes imaginar el ambiente festivo que se puede vivir…


The Cavern Club

Y luego está el museo. Al otro lado de la ciudad, seguramente en la zona más bonita, junto al río, se encuentra The Beatles Story. Una recreación asombrosa de la historia de esta mítica banda. Y una visita absolutamente imprescindible. Y da igual si te gustan los Beatles o no. Da igual si “Yesterday” es una melodía que marcó tu vida o si nunca has oído “The long and winding road”. Porque el museo es uno de los más bien montados que jamás he visto. Te meten en su mundo, en su casa, en sus locales de ensayo, en su estudio de grabación, en sus letras… Es un paseo de aproximadamente dos horas recorriendo más de 20 años de música.

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Os dejo con un pequeño vídeo que grabé allí dentro. Parece que estaban ahí, cantando en directo…


The Beatles Story Experience

Una española entre beduínos

8 julio 2009 - 10:58 - Autor:

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Uno de los momentos que recuerdo con mayor emoción de mis viajes fue el encuentro con María. Iba junto con Juan Luis Polo caminando por la inmensidad de Petra, en Jordania, en un recorrido de un par de horas por uno de los muchos caminos que se pueden hacer en ese majestuoso lugar, cuando justo en lo más alto de nuestro paseo, con las asombrosas vistas al Valle de Araba, pasamos por delante de una tienda montada en una jaima y me quedé mirando a la chica que estaba vendiendo. Por alguna razón, pensé: es española. Ella debió pensar lo mismo y se nos quedó mirando. Unos segundos después, preguntó: “Where are you from?”. “De España”, contestamos. Nos miramos, sonreímos, y nos pusimos a hablar.

Medio minuto después ya tenía la cámara encendida y, con el consentimiento de María, comenzamos una entrevista que formó parte del episodio que grabamos de minube.tv y que siempre recordaré como un verdadero regalo.

Las palabras de María son tan motivadoras que no hay nada que se pueda añadir. Sus ojos respiran felicidad y vida. Te dejo con ella.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=hx7zdYuZOWY[/youtube]

El cementerio del vino

6 julio 2009 - 11:30 - Autor:

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El enoturismo es una gran idea. Los bodegueros lo están viendo claro y cada vez es más habitual que las bodegas de los mejores vinos de España tengan unos edificios espectaculares creados por arquitectos de renombre. O que las bodegas más tradicionales abran sus puertas para crear una ruta especial por sus entrañas para que los amantes del vino puedan conocer el proceso completo de sus caldos favoritos al mismo tiempo que se dejan llevar por la historia del lugar. A un precio módico no sólo puedes adentrarte en las bodegas sino que, además, siempre puedes disfrutar de una cata muy especial, rodeado de barricas de roble y años de tradición.

En los últimos tiempos, he tenido la suerte de haber podido realizar un par de rutas de este tipo. Pero de todas las bodegas que he visitado, hay un sitio que recordaré siempre de forma muy especial: el cementerio del vino de Viña Tondonia.

Viña Tondonia es una de las bodegas más conocidas de La Rioja. Por su veteranía (una de las primeras bodegas que abrió sus puertas en la localidad de Haro) y por la calidad de sus vinos.Esta bodega, tradicional donde las haya, guarda en su interior un secreto. Un lugar mágico que, ahora, tiene el acceso muy limitado debido a su propia idiosincrasia.

La polilla del corcho es el gran enemigo de los buenos vinos. Este animalito tiene la mala costumbre de comerse el corcho de las botellas acumuladas en la humedad de las bodegas. Existen productos químicos que luchan contra él y hay formas “modernas” de evitar las plagas. Sin embargo, hay algunas bodegas, las más apegadas a su tradición, que siguen apostando por la forma clásica.

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Las arañas son el mayor enemigo de las polillas del corcho. Y para que las arañas se encuentren cómodas y luchen de igual a igual, necesitan expandirse.

La luz y el ruido son los grandes enemigos de las arañas. Y para que la luz y el ruido no impidan el crecimiento de las arañas, el lugar donde se las requiere ha de estar cerrado, aislado. Ha de ser un sitio lúgubre y tenebroso. Un sitio donde apenas pase nadie, donde no haya ruidos, donde la humedad sea el clima más agradable posible para los arácnidos.

El cementerio del vino es ese sitio. Ese lugar donde se almacenan los mejores vinos de la casa; donde es fácil encontrarse una botella totalmente escondida bajo el polvo y el moho. Una botella que, incluso, puede tener más de 100 años.

Cuando te abren esa puerta, no te puedes creer lo que ves. Es como si estuvieras dentro del camarote de un barco que naufragó hace siglos y que contiene tesoros escondidos. Telas de araña por doquier. Madera que chirría. Botellas escondidas. El hormigueo que recorre tu cuerpo y la seguridad de estar viendo algo único.

Regateando por el Nilo

1 julio 2009 - 13:01 - Autor:

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Si algo pasa cuando uno viaja mucho es que su vida se llena de anécdotas. Y anda que no mola eso de tener batallitas que contar. Cuando uno, además, siempre lleva la cámara de vídeo al hombro (mentira, que la llevo en la mano o colgada del cuello), puede ocurrir que se termine grabando, garantizando que alguien termine creyéndote finalmente cuando la cuentas.

Eso sí, luego hay un montón de tipos de anécdotas diferentes. Las increíbles, las curiosas, las interesantes, las únicas y las que son comunes (que sabes que no las has vivido tú solo) pero que igualmente te llaman la atención y merecen ser contadas.

Esta que voy a compartir ahora pertenece a este último bloque.

Cualquier persona que haya hecho un viaje por Egipto y su consecuente crucero por el Nilo ha vivido con toda probabilidad esta situación. Pero a mi me pareció fascinante y, como quedó grabada, qué mejor forma que contarla mientras terminamos de preparar el episodio de minube.tv que estamos cocinando.

Bajando el Nilo hacia el sur (o subiendo, que por algo fluye de sur a norte), camino de Asuán, hay una esclusa en Esna. Todos los cruceros (cientos de ellos) que transitan el Nilo están obligados a parar y hacer cola para ir pasando de uno en uno, por lo que al final te tiras bastante tiempo ahí, quieto, esperando turno como en la pescadería. Bueno, más divertido sí que es.

Resulta que hay una especie de moda que consiste en que en los cruceros se celebra siempre la “fiesta de la chilaba”. Básicamente, consiste en que todo el mundo (recién casados y jubilados son mayoría) se viste con una chilaba y se acerca al bar del crucero donde hay algún tipo de “sarao”. Lógicamente, en el propio crucero te venden las prendas, al igual que en los puestos de la calle. Pero hay que esperar.

Porque uno de los mejores momentos de un viaje a Egipto es el momento del regateo en el crucero de El Nilo. Estando arriba, en la cubierta del crucero, es fácil darse cuenta de que se está llegando a Esna. Decenas de cruceros se van amontonando en una estampa de lo más curiosa. En ese momento, no puedes evitar mirar al lado de los cruceros. Como si fueran hormigas se observan cientos de pequeñas embarcaciones que no se sabe bien lo que están haciendo. Según te acercas, ellas se acercan a tu crucero también y la sorpresa te atrapa: están vendiendo chilabas, alfombras, pañueños… Y lo están haciendo en equilibrio desde una barca y hacia lo alto de un crucero enorme.

El resto, mejor que lo veas. El vídeo está sin editar porque lo verdaderamente interesante aquí es el audio en contraste con lo que está pasando. Allí estaba yo grabando mientras Juan Luis Polo sacaba fotos para Descubre Egipto.  Y mientras una pareja de recién casados (unos cracks) aprovechaban para llevarse un recuerdo. Allá va.


Esclusa de Esna

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