Entrando a Dinamarca desde el sur

Mi primera toma de contacto con Dinamarca fue desde el agua. En Ferry desde la alemana isla de Fehmarn, como comentaba previamente. Este trayecto en barco, coche incluído, sale por unos 75 euros (dos personas en un coche) y dura algo parecido a 45 minutos. Puede parecer caro, pero si piensas en la cantidad de kilómetros que ahorra sin necesidad de subir hacia Jutlandia, merece totalmente la pena.
La primera impresión que me llevé de Dinamarca fue similar a la de los Países Bajos. Imagino que la planicie tiene la culpa. Y las largas extensiones con el mar al fondo, a tu misma altura. En coche, dirección Copenhague, se pasan varias islas unidas con grandes puentes.
Pero antes de llegar a la capital, me esperaba una gran sorpresa. Había oído maravillas de los acantilados de la isla de Mon, y no podía dejar pasar la oportunidad de conocerlos. Así que, para allá que fui. Apenas hay que desviarse. La isla de Mon se encuentra ya muy cerca de Selandia, la isla más grande de Dinamarca y la isla que acoge a su capital, Copenhague.
Cuando uno va en el coche, a un máximo de 110 por las autopistas, por cierto, de isla en isla, parece imposible que puedan existir esos acantilados de las fotos. De hecho, llegas a pensar que te equivocarías de sitio porque lo único que se ven son llanuras y agua de mar a tu mismo nivel.
Sin embargo, cuando te vas acercando, esos caminos que parecían diseñados a propósito por fabricantes de bicicletas van empinándose y serpenteando conforme el paisaje que te rodea va cambiando hacia un tono más verdoso y según la vegetación se va engordando hacia frondosos árboles que te llevan en volandas hacia el destino.

Llegar a los acantilados de Mon es espectacular porque el último tramo de carretera ya te hace imaginar que vas a hacer algo grande. Minutos más tarde, te sorprendes de la cantidad de coches que hay aparcados y de que el sitio sea tan turístico. No parecía así en las fotos, sin casi gente…

Al rato lo entiendes: empiezas a bajar escaleras en un enorme desfiladero esquivando vegetación y sin nada en el horizonte salvo gente que baja contigo. También tendrán que subir. Bajas los 501 escalones empinadísimos y te quedas sin habla. Paredes de arena blanca que contrastan con un agua color turquesa que no te esperas ver en Escandinavia y que, además, sorprende por su moderada temperatura. Uff. Qué sitio. Ideal para hacer un picnic. Menos mal que fuimos previsores. De la subida de después, mejor no hablamos…

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