La isla de Selandia

Dinamarca es un país con unas cuantas peculiaridades geográficas dignas de mención. Tanto es así, que la mayor parte de su territorio (y con diferencia) se encuentra en otro continente (Groenlandia aún a día de hoy está bajo soberanía danesa).
Pero a efectos europeos, digamos que Dinamarca está compuesta por la península de Jutlandia (que espero visitar a la vuelta), y un buen puñado de islas, de las cuales la más grande e importante es Selandia, en la que se encuentra la capital del país: Copenhague.

Copenhague es, obviamente, el punto más interesante de la isla. Pero no el único. Entre unas cosas y otras, finalmente pasé casi dos días en la ciudad. Y me ha gustado bastante, aunque con matices.
Si bien se trata de una ciudad muy bonita, limpia, ordenada y llena de lugares interesantes, visitarla por primera vez en domingo me descubrió una ciudad “apagada”: calles vacías y poco movimiento. El lunes la cosa fue ya bien diferente, pero me dejó ese regustillo.
Al igual que suele acaecer en la mayor parte de las ciudades del norte de Europa, a partir de las seis y pico de la tarde, además, hay poco que hacer por las calles. La gente se recoge en casa y apenas hay gente paseando o tomando algo. Al menos, yo no los vi.
Pero todo eso no quita que pasear por sus calles es un placer para los sentidos. Recorrer la calle peatonal más grande de Europa, ver la Sirenita, descubrir el palacio Roseborg o acercarse al Tivoli son de esas cosas que no se pueden dejar de hacer.
Aprovechando que las distancias en la isla son cortas, hice también varias excursiones. Una de ellas, la visita a Roskilde. Es verdad que hay una catedral enorme muy chula, pero lo que más me fascinó por allí fue el atardecer en la zona del puerto. Espectacular.
Para terminar mi primera parte del viaje por Dinamarca, y teniendo Suecia como camino de paso hacia Noruega, mi verdadero destino, no decidí pasar el puente de Oresund (el más grande de Europa) que cruza hasta la vecina Malmo, sino que subí hasta el norte.
Primero, el palacio de Hillerod. Magnífico. La primera impresión no ha de dejarte con ganas de irte. Entra, pasea y dale un rodeo. Cuando veas los jardines y el lago sabrás de lo que hablo. Qué lugar. Es uno de los palacios de verano de la realeza, y no me extraña. Nada que envidiar a otros palacios tan recordados como el de Versalles. Al menos, en sus jardines.

Y, después, para terminar y de paso a mi segundo ferry, el que me iba a llevar a tierras suecas, a Helsinborg, la fortaleza de Helsingor, una rápida visita hacia el típico castillo militar desde el que se divisa la otra orlla, hoy bajo otra bandera.
Con lo que estoy disfrutando al máximo es con la fotografía. Ya he gastado la primera tarjeta de 8 GB… Y creo que están quedando chulas. Ya te iré enseñando más.
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