La costa oeste de Suecia

Cuando estaba planificando este viaje, como podrás imaginar, las combinaciones eran múltiples y, todas ellas, igual de atractivas. La idea original, que dista bastante de la definitiva, proponía conocer Suecia bastante a fondo (la parte centro-sur) y llegar a Estocolmo, una ciudad de la que he oído maravillas y que aún no tengo la suerte de conocer.
Sin embargo, el largo trayecto que había desde Copenhague hasta allí para después ir a Oslo (vamos, los kilómetros de carretera y manta), hizo que al final se cambiara la idea en pos de poder descubrir la inmensidad natural de los fiordos noruegos.
Eliminando Estocolmo de la ruta, el paso por Suecia iba a ser prácticamente casual, con algún que otro punto obligado de paso.
De hecho, pese a que Malmo se encuentra a unos pasos de Copenhague (sólo hay que pasar el puente de Oresund, bastante caro, por cierto), también lo descartamos por provocar unas cuantas horas de coche de más, y decidimos llegar a Suecia a través de Helsinborg, unos cuantos kilómetros más al norte.
El objetivo a alcanzar era Oslo, la capital noruega, y para ello había que recorrerse, en línea recta, la costa oeste de Suecia, a través de una autopista que casi te pone en el vecino país (y digo casi porque al final hay un buen tramo en el que uno ya se va acoplando a lo que serán las carreteras noruegas por una de un solo cariil).
Lo primero que a uno le sorprende de Suecia son dos cosas (y nada que decir de las suecas): sí, es un país híperboscoso; está lleno de árboles. Y por esa carretera, al principio, no se ven. Están a la derecha de la vista en dirección norte, como escondidos, como si fuera la orilla del Nilo, pero al revés. Desde el oeste, la vista sería algo así: mar, tierra bastante amarillenta, no árida pero casi, carretera, tierra amarillenta de cultivo y bosques al fondo. Luego, más al norte, los bosques ya sí que te van atrapando.
En cuanto a lo que vi durante esa jornada dividida en dos mitades de día (hicimos escala en Goteborg para dormir), me quedo básicamente con tres cosas imprescindibles y no te cuento alguna que otra parada perdida.
Las tres imprescindibles: el castillo de Tjolöholm (con unas vistas espectaculares, perdido en mitad de un boque), Goteborg (una ciudad con bastante movimiento) y las pinturas rupestres de Tanum. Y en ese orden ascendente geográficamente hablando.
El castillo fue una grata sorpresa. Habíamos hecho un par de paradas previas de rigor en alguna que otra pequeña ciudad costera y habían resultado decepcionantes: muy poca gente, todo muy apagado y con muy poco que ver para el turista (creo que éramos los únicos, de hecho). Y tras un desvío desde la autopista y seguir un par de indicaciones llegamos al castillo. Desde el parking no parecía gran cosa. Pero su grandeza estaba por detrás, en los pedazo de jardines con vistas. El paseo por allí fue revitalizante.
Goteborg, por su parte, me sorprendió un montón. La primera impresión no fue nada halagüeña. La zona del puerto es bonita, aunque a simple vista parece demasiado “industrial”, no turística, salvo la Ópera, que es un edificio bastante chulo. Y, sobre todo, estaba todo muerto. No había nadie por allí y tampoco era muy tarde (las siete y pico). Pero nos pusimos a caminar calle arriba por la zona comercial, que viene a ser su centro neurálgico. Estaba todo ya cerrado, pero las galerías permanecen abiertas y por ahí camina la gente, para resguardarse del frío, se imagina uno. Después de un rato, llegamos a una placita que nos cambió la cara. No sólo había gente viva por las calles sino que, además, estaban tomando algo en unas terracitas. Giramos a la derecha y llegamos a la calle donde, por lo visto, se “partía el bacalao” por allí. Había un montón de terrazas, de restaurantes y de gente paseando o tomando algo, aderezado todo por el brillo de las luces ya encendidas en ese eterno atardecer sobre los canales. Vamos, que bien merece la pena un buen paseo por allí.
Lo de Tanum ya es de otro nivel. Resulta que en la década de los 90, hace “casi ná”, se hallaron en toda esa zona un buen puñado de restos arqueológicos y paleontológicos de primer orden. Esta zona del oeste de lo que hoy es Suecia había estado poblada desde hace ya unos cuantos miles de años, y se habían encontrado buenos restos. Entre ellos, las pinturas de Tanum.
El sitio es bárbaro. Pasear por un precioso bosque y ver, en el suelo, pinturas de color rojo con un estilo visual sorprendente (son como las de Altamira, pero “en cool”), es una sensación nada común. Además, esta gente se lo curra una barbaridad en cuanto a la preparación de los sitios, y hay un museo muy chulo justo al lado. No puedes perdértelo.
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