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Menorca, el Caribe español

28 agosto 2009 - 13:31 - Autor:

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Justo unos días antes de acercarme a Menorca, Jimmy Pons me dijo vía Twitter que “Menorca es el Caribe español”. Él lo sabe bien, que es su tierra. Y yo lo recordaba. Había estado por allí hace ya diez años de paso en un inolvidable viaje en barco por aquellas costas turquesa. Pero no había tenido tiempo de disfrutar de la isla como se merece.

Menorca es el lugar ideal para descansar. Es de esos sitios que, seguramente, no ha sabido aún promocionarse a su verdadero nivel. De esos lugares que no tiene la prensa necesaria para aparecer siempre en primer lugar en la decisión de los destinos vacacionales de sol y playa cuando, a la hora de la verdad, debería de ser justo al revés. Tenemos el paraíso en casa y no lo aprovechamos al máximo. Cuando pensamos en sol, en luz, en arena blanca, en aguas transparentes y turquesas, pensamos en Caribe. En Seychelles y en islas que no sabemos situar en el mapa. Y, sin embargo, tenemos Menorca ahí al lado.

Y es que la isla es un sitio único para perderse. De esos lugares que todo el mundo necesita para desconectar unos días. Pasear por las calles de Mahón o de Ciudadella para concluir una jornada que, antes, te llevó a descubrir una cala casi desierta en un entorno natural y vírgen que aún te sorprende.

Menorca es una isla muy pequeñita. La cruza una carretera, la principal, que une los dos extremos de la isla en menos de una hora y que te permite llegar a todos los lados en un santiamén. Menorca es también una isla para vivir el mar y disfrutar de sus puertos.

Y, cómo no, para relajarse. Hay muchas opciones de alojamiento. Están las grandes cadenas hoteleras. Y luego están los que no dejan de diferenciarse para adpatarse a un viajero con inquietudes diferentes. Esa gente que merece ser destacada y que merece una recomendación de un viajero. Como los chicos de Prima Sud Basic Menorca, en Punta Prima. Los apartamentos se encuentra a unos kilómetros de Mahón y tiene una de las playas más “turísticas” de la isla, además de todas las necesidades básicas del viajero. Y si merecen ser destacados es porque son diferentes. No se limitan a replicar lo que funciona sino que innovan. Para empezar, porque se mueven en blogs, en facebook, en twitter… Y porque dan un servicio diferente, ofreciendo wifi a sus huéspedes, sirviendo el desayuno en el chiringuito de la piscina (que está abierto todo el día y hasta las 12 de la noche para picar, tomar algo o refrescarse…). Y te organizan todo tipo de excursiones, claro.

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Siempre me ha gustado alojarme en apartamentos. Tienen algo que te hace sentirte más como en tu casa. Especialmente, me gusta el hecho de tener tu propia cocina. Soy de los que se cansa de comer siempre en la calle. Y la verdad es que allí se disfruta de lo lindo. Me quedo especialmente con el chiringuito de la piscina y con el servicio. Gente joven, fresca y dinámica. En fin, que es el punto de partida ideal para recorrer esta isla que, por supuesto, no te dejará indiferente. Anímate y viaja a Baleares.


Apartamentos Prima Sud Basic

Berlín está de moda

24 agosto 2009 - 12:28 - Autor:

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Hace ya unos cuantos años, con motivo de un viaje de trabajo y de la celebración del Mundial de fútbol en Alemania, estuve por primera vez en Berlín. Pero fue sólo un día, y apenas pude disfrutar de la ciudad, pese a tener muchas ganas de descubrirla a fondo. En el poco tiempo que estuve por allí, las sensaciones que me llevé fueron muy positivas.

Desde entonces, en los últimos años, no he dejado de escuchar a gente hablar maravillas de Berlín. Poco a poco, y gracias al boca a oreja, la ciudad alemana se ha convertido en una de las ciudades europeas más de moda. Tiene fama de cool, de ciudad de tendencias, de ciudad bohemia, de artistas, de callejera, de llena de vida.

Por todo eso, me apetecía mucho terminar este viaje por el norte de Europa en Berlín y disfrutar de la ciudad de verdad. Y me alegro una barbaridad de haberlo hecho. Fue el final perfecto.

Berlín me ha fascinado. Sin duda, se ha convertido en una de esas pocas ciudades que me piden a gritos volver. Y volver. Porque, además, es una ciudad tan enorme que tampoco es fácil verla en tres días, sobre todo si te vas parando a empaparte de su historia.

Y es que la historia es lo que convierte a Berlín en una ciudad única. Y bucear en ella cuando estás por allí es una obligación moral para todo visitante. Pensándolo, parece increíble que la ciudad haya conseguido salir de forma tan brillante de un quilombo tan enorme como en el que se encontró hasta hace muy pocos años, dividida por un muro absurdo.

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Después de tanto viaje de “naturaleza”, nos apetecía mucho ver algo de movimiento. Vivir de nuevo una ciudad. Y Berlín para eso, y en verano, es el sitio perfecto. Porque Berlín es de esas ciudades que no descansa: de día y de noche. Y eso en el norte de Europa ya sorprende, incluso en la propia Alemania. Tomar una cerveza en una terraza a las 8 de la tarde o cenar a partir de las 10 de la noche no sólo es posible por allí sino que, además, es normal: estaba todo lleno, con mucho ambiente.

Y lo del arte… La ciudad está llena de artistas callejeros: músicos, malabaristas e incluso gente difícil de calificar sacan a pasear su talento y lo regalan en cuanto el sol deja de pegar. Obviamente, te pedirán algo a cambio al final. Berlín también es la capital del graffity. Hay miles y los hay de todos los tipos, formas y colores.

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En cuanto a lugares a visitar, como te puedes imaginar, nos recorrimos todo lo que pudimos: desde la Puerta de Brandemburgo hasta el Reichstag pasando por un crucero en barco, la visita a lugares tan únicos como Tacheles o la AlexandrePlatz.

Y en cuanto a lo gastronómico: el perrito caliente acompañado de una cerveza local no sólo es un clásico; es una obligación.

En fin: un lugar ideal para terminar este viaje de 15 días por Escandinavia.

Vikingos y castillos

21 agosto 2009 - 13:44 - Autor:

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La idea inicial era pasar unos cuantos días más en Dinamarca. Pero cuando uno ya se acostumbra a hacer miles de kilómetros en coche y después de llevar 10 días básicamente en plena naturaleza, mirar un mapa y ver relativamente una ciudad como Berlín te hace replantearte el itinerario y buscar una forma de conseguir cuadrarte el plan para terminar con un par de días de vida de ciudad, que para los que somos amantes del turismo urbano es también una parte de nuestra dieta básica viajera.

Una vez estaba decidido, lo complicado era ver todo lo que queríamos ver en Dinamarca en, básicamente, un día. Así que hicimos cuentas y tiramos millas. Unos 700 kilómetros con un par de paradas de por medio muy interesantes. No sólo queríamos ver alguna zona de Jutlandia, sino que teníamos como punto indispensable llegar hasta Odense, o al menos a la isla Fiona.

Madrugamos mucho y comenzamos a descender desde Frederikshavn, la ciudad portuaria que nos sirvió de ciudad dormitorio y poco más. Nuestra primera parada esaba sólo a escasos minutos de una de las ciudades más importantes de Dinamarca, Aalborg. Teníamos previsto detenernos allí también un rato, pero no se puede hacer todo… Eso sí, la parada prevista sí que la hicimos.

Lindholm Hoje es un lugar muy curioso: un antiguo cementerio vikingo que se encuentra en lo alto de una pequeña colina y que está acompañado por un museo. La historia de los vikingos es simplemente espectacular. Pensar en cómo un pueblo como aquel pudo recorrerse toda Europa y conquistar buena parte de ellos a través de unos barcos y unos conocimientos muy avanzados para su época es más que fascinante. Y Dinamarca fue la cuna de algunos de los más famosos, dejando restos en todo el país.

Este cementerio no es que sea una maravilla visual, pero uno tiene sensaciones muy curiosas cuando está allí, viendo esas tumbas que pertenecieron a una gente que, también fue muy especial. La visita dura apenas unos minutos, pero si pasas por allí (y si te estás recorriendo Jutlandia), creo que es obligada. Si vas con tiempo, en el museo se puede aprender algo de su cultura e historia, que no es poca.

Lo que sí que hicimos es parar un rato en Arhus. A comer. No nos pareció una ciudad muy bonita, pero el centro histórico sí que da para un paseo. Desde su catedral sale la calle más comercial, que termina en la estación principa de la ciudad, y que está rodeada de tiendas, lugares para comer algo, algún que otro puesto callejero…

Como nos quedaba aún la mitad de nuestro camin hasta el hotel (lo habíamos reservado en las cercanías de Hamburgo, ya en Alemania), salimos pitando. Y de tierra continental volvimos por un rato a una isla, la de Fiona, donde se encuentra la importante ciudad de Odense. Esta ciudad sí que merece un paseo más largo, aunque nosotros tampoco le pudimos dedicar mucho tiempo.

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Su centro histórico es bastante bonito, y tiene un palacio que seguramente merece la visita. Además, es la ciudad natal del popular escritor H.C. Andersen, y ha crecido turísticamente alrededor de esta personalidad literaria. Como eran ya más de las cinco de la tarde, las calles estaban ya vacías. Es lo malo de las ciudades del norte de Europa, que por la tarde son casi ciudades fantasma, y para el viajero acostumbrado a apurar los días al máximo, esto puede ser un handicap con el que hay que saber lidiar.

Así que, una vez más, al coche. A unos 20 minutos de esta ciudad se encuentra la atracción más turística de la isla, y una de las más populares de toda Dinamarca: el castillo de Egeskov. Un lugar muy especial. Se trata de uno de los castillos renacentistas mejor conservados de Europa, pero tiene truco y una curiosa idiosincrasia. Era miércoles, de julio, y era por la tarde. Llegamos, y para ser las horas que eran, nos sorprendimos de la cantidad de coches aparcados que había. Llegamos a la taquilla (era de esperar), y alucinamos con los precios: carísimo. Más de 20 euros por persona. Per ya que estábamos, pues entramos. Y vimos qué ocurría: el castillo de Egeskov es lo más parecido a un parque temático que he visto, pero sin serlo. Sí, hay castillo. Y es precioso, rodeado de agua y césped.

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Pero la gente no va a verlo y ya está. Va a pasar el día. Con sus neveritas y sus kit de picnic. Porque si los escandinavos (en general) son profesionales de algo es en los picnics: manteles preciosos, bolsas de mimbre, sillas, mesas… Tremendo. Es un recinto enorme lleno de lugares para tumbarte, de chiringuitos para tomar algo, de museos, de columpios y actividades para los niños…

Y la entrada te vale no sólo para ese día sino, también, para otro día más durante el verano.

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A la salida nos dimos cuenta de la suerte que tuvimos. Normalmente, el castillo cierra por la tarde (así son los daneses). Pero un miércoles al mes hay pase “nocturno”, hasta las 23 horas.

La historia del castillo también tiene su guasa: sí, era un castillo prodigioso en su época que, con el tiempo, había venido a menos. Su dueño, un noble descendiente de nobles, hace ya unas décadas, en vista de que tenía muchos gastos y mucho dinero que gastar en empleados y que el dinero se agotaba, tuvo una idea iluminada. Lo remodeló, lo abrió al público y empezó a cobrar entrada. Desde entonces hasta hoy, sus arcas volvieron a estar llenas y los daneses encontraron un lugar en el que pasar el día en el campo.

Con ganas de quedarnos un rato más allí (sí, estaba hasta arriba, pero el sitio era una pasada), nos subimos de nuevo al coche para decir un hasta luego a Jutlandia y, por ende, a Dinamarca. Nos esperaba ya Alemania (y sus autopistas). Próximo destino: Berlín.

Adiós, Noruega; hola, Jutlandia

19 agosto 2009 - 10:30 - Autor:

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Para completar nuestro “círculo” en este viaje, realizar menos kilómetros dentro de la paliza, y no pisar una misma zona dos veces, nos preparamos el regreso hacia Dinamarca por el lado contrario al que entramos: saliendo por el sur de Noruega, por Kristiansand, y entrando por el noroeste de Dinamarca, justo por el pico de la península de Jutlandia.

Desde la portuaria ciudad de Kristiansand sale un ferry que más bien podría ser un arca de noé. Uno de esos enormes “monstruos” marinos en los que cabe prácticamente una ciudad entera. Se trata de un trayecto largo y no es barato (nosotros pagamos más de 100 euros) pero que te pone, en tres horas y media, en tierras danesas. El crucero, en su interior, tiene de todo: animación para las decenas de niños que hay dentro, restaurantes, tiendas libres de impuestos y hasta wifi por satélite (no es gratis, pero a nosotros nos vino de lujo para planificar el resto del viaje).

En Kristiansand, por cierto, no hay mucho que ver. El sur de Noruega, por aquello de ser el sur, no creas que deja de ser verde y húmedo. Es verdad que desaparecen las grandes montañas y los enormes fiordos, pero el sabor sigue siendo el mismo, aunque con un toquecito más reconocible. Cierto es que no tuvimos mucho tiempo para recorrer la ciudad, pero el par de horas que estuvimos por ahí nos valió para ver que se trata de una “ciudad de vacaciones”, con un puerto deportivo bastante amplio y con el enorme puerto comercial a un lado, con un par de calles comerciales donde la gente aprovechaba los rayos de sol para sentarse a tomar algo en una de las pocas terrazas que hay por allí.

Lo de la entrada a Dinamarca por el el pico de Jutlandia es otro cantar. Seguramente, allí se encuentran dos de las cosas más impactantes que vimos durante este viaje. Dos auténticas maravillas naturales que convierten esta zona en visita obligada para el turista. Y ambas se encuentran muy cerca.

Skagen es un pequeño pueblecito que te llama la atención nada más llegar. En cuanto te introduces en sus calles te da la impresión de que fuera el último pueblo del mundo… No sé explicarlo, pero eso es lo que sentí. Calles anchísimas en una planicie enorme. Casas amarillas y de color pastel y bicicletas por la calle. Pero lo mejor está por venir. A lo lejos, se ve un faro. Hay que ir hacia allí. Cuando llegas al faro, al final ves un parking. Hay que ir hasta allí. Cuando aparcas, no ves más que un chiringuito como de playa en lo alto de un cerro. Y te sorprende (por allí no se estilan). Subes por un caminito, y detrás de una rosa de los vientos esculpida en el suelo, en el horizonte, ves una fabulosa lengua de arena que se asoma al fondo.

Se trata del lugar donde confluyen el Mar Báltico y el Mar del Norte. Un sitio especial y de una belleza inigualable. Una playa de arena blanquísima en Escandinavia donde, eso sí, unos enormes carteles avisan de que está prohibido el baño por culpa de las corrientes que se original al chocar estos gigantes marinos. Estando ahí, uno no puede evitar acercarse hasta el final y dejarse mojar los pies por dos aguas diferentes, una por la derecha y otra por la izquierda. Un paseo que, durante el atardecer, se revela como algo especial; como uno de esos momentos de este viaje que nunca se olvidarán.

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Muy cerca de Skagen, pero ya camino hacia el sur, por la única carretera que hay de bajada, se encuentra un lugar que nunca te esperas ver en un sitio como Dinamarca. De hecho, a mucha gente le parecerá una locura y hasta que no lo ves con tus propios ojos no te lo puedes creer. Me había hablado de ello Sele, un viajero apasionado, y no me podía ir de allí sin verlo. Se trata de la duna de Råbjerg Mile, un verdadero desierto situado sorprendentemente en Escandinavia. Una duna migratoria que cada año avanza unos metros arrastrando todo aquello que se encuentra por el medio y que transporta al viajero a varios miles de kilómetros hacia el sur con sólo dar un paseo por esa ingente masa de fina y blanca arena. Porque, amigos, no se trata de una pequeña duna en la que apenas se puede caminar sino de un verdadero minidesierto. Se trata de un lugar mágico. Un sitio de esos en los que te quedas pensando en las maravillas de la naturaleza. Un sitio de esos que no te explicas cómo se puede haber formado justo ahí.

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Objetivo: el Preikestolen

18 agosto 2009 - 10:17 - Autor:

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Ya habíamos completado una buena parte de nuestro primer viaje a Noruega. Ya tendremos tiempo de volver y conocer la zona norte. Ahora, desde Bergen, tocaba baja hacia el sur. La idea era llegar en varios días hasta Kristiansand, desde donde parte el ferry que nos iba a devolver a Dinamarca por el norte de Jutlandia. Pero a eso ya llegaremos.

Estábamos en Bergen. Y nuestra próxima meta era Stavanger, unos cientos de kilómetros más al sur. Bueno, sinceramente, la ciudad de Stavanger, a priori, no se presentaba más que como una anécdota ya que nuestro objetivo no era otro sino subir al Preikestolen, también conocido como “El púlpito”, una pared vertical que se eleva a casi 700 metros de altura y que permite, tras un trekking cercano a las dos horas, disfrutar de una de las mejores vistas de toda Noruega.

Pero, para eso, teníamos que llegar. Una vez más, el camino fue una mezcla justa de coche más ferry. Coche por carretera (la habitual, aunque en esta zona está un poco más recta y ya no hay tanto límite de velocidad a 60 km/h) y ferry porque no había otra forma de seguir que subiendo tu vehículo en alguno de estos barcos que engullen todo tipo de medios de transporte con personas y que, por cierto, destacan porque generalmente tienen hasta wifi en los trayectos más largos.

El paisaje, una vez más, comenzaba a cambiar según avanzabas hacia el sur. Nunca dejas de ver agua por todos los lados, ni verde tampoco. Pero ahora el agua es diferente, ya no es tan oscura; es más agua de lago. Y el verde, también. Menos frondoso. Y más amarillo. Sorprende encontrarse con el amarillo en Noruega.

Hay una zona, cercana a Hagesund, donde paramos a comer, que recuerda incluso a la vegetación española. También ayuda que por allí se note que haga habitualmente más sol. De hecho, fue nuestro primer día con sol después de más de una semana. Y los paisajes cercanos a la costa eran más “nuestros”. Con vegetación pero con menos frondosidad. Acantilados no tan abruptos…

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La ciudad de Hagesund, además, merece una visita. Al menos si llevas varios días oculto bajo las grises nubes y el sol se aparece para iluminarte. No es que sea una maravilla, pero es un puertecito pesquero y deportivo que tiene para un rato. Se nota que es zona de vacaciones para los noruegos: imagino que porque el sol de allí tiende más a dejarse ver. Y se nota porque hay muchos barcos de recreo atracados y porque hay terrazas en el “paseo marítimo”. Sí, sí. Lo nunca visto en noruega: terracitas al aire libre con gente que las abarrota. Suena raro, pero no es fácil encontrarse eso en ese país. Y en Hagesund, había.

Nuestra siguiente parada ya fue Stavanger. Si antes comentaba que la idea es que sólo fuera para nostros una ciudad de paso, he de reconocer que estábamos equivocados. Se trata de una ciudad muy bonita. Abarrotada de casas de madera blancas, de callejuelas, de calles con colorido y gente sentada en terrazas a la luz de una vela y con un libro acompañando el café, con un puerto mágico en el que ver ponerse el sol y con una amplísima oferta gastronómica para lo que es este país en el que apenas hay sitios para comer algo.

Además, pasó una de esas cosas curiosas que siempre te vienen a la memoria cuando te pones a pensar en una ciudad. Estábamos sentados en el puerto cuando se oyó un fuerte alboroto. Un barco acababa de atracar y de él se bajaron unas cuantas decenas de personas gritando y cantando. “Españoles”, pensamos. Porque por allí nunca se oye ningún ruido. Pues no. Eran noruegos. Y de pura cepa. El truco: venían del fútbol. Ya había comenzado la liga noruega. Eran seguidores del Viking, vestidos todos en azul marino y muchos con cuernos vikingos como extensión de su cabeza, que había arrasado ese fin de semana, y nuestros amigos vikingos venían ya con unas cuantas cervezas encima que, por otro lado, terminaron acompañando con otras tantas en alguna de las terrazas del puerto.

Otra de esas curiosidades que siempre recordaré de este lugar es el hotel en el que nos alojamos. Lo llamaremos hotel porque eso dicen que es aunque, al mismo tiempo, éramos totalmente conscientes de adónde nos estábamos metiendo cuando, el día anterior, lo reservamos por Internet.

Como ya he comentado, el alojamiento en noruega es carísimo. Y Stavanger no era una excepción. Sin embargo, dentro de lo caro, encontramos un hotel a 80 euros habitación doble a través de minube. El truco: era un hotel en un hospital. Y así lo decían los comentarios de la gente. Como viajar, al fin y al cabo, es una aventura, para allá que fuimos. La sensación, de lo más extraña. Se hace muy raro llegar a un sitio en el que los pacientes (de todo tipo) se mezclan con los huéspedes y donde las habitaciones se ve claramente que no mucho tiempo atrás pertenecían al propio hospital que hoy comparte edificio con este curioso alojamiento.

Dejamos ese día acabarse con una sensación rara: tenía un pálpito. Me daba a mí que después de un día con tanto sol, nos iba a caer una buena. Y teníamos un objetivo: hacer una ruta en plena naturaleza para subir a lo alto del Preikestolen y contemplar el paisaje. Necesitábamos sol.

Antes de abrir el ojo, todavía de madrugada, me desperté con el oído. Chop, chop, chop… O estaba lloviendo o la tubería goteaba. Sin ganas, me levanté, me acerqué a la ventana (sin persianas, claro) y pude comprobar que estaba cayendo una buena. Aún quedaban un par de horas para que nos pusiéramos en pie y, pensé: aún puede escampar. Pero no. El pálpito de “el púlpito” era bueno y se presentó un día de perros.

Con la cara larga hicimos el check-out de rigor y salimos dirección Preikestolen. Hay varias formas de ir. Gracias a las recomendaciones recibidas en twitter, nos fuimos por el camino más corto, y en el que el ferry es más barato. Antes de subirnos a él, nos lo planteamos de nuevo: con la que está cayendo, vamos a ir y no se va a ver nada. ¿Pasamos? Pero la fuerza del “ya que estamos aquí” y del “no nos lo vamos a perdonar si no subimos” fue superior. Y llegamos al Preikestolen, seguramente la atracción turística más conocida de Noruega.

Nos pusimos el chubasquero y tiramos para arriba. Ojo, aviso a navegantes: la subida a “El púlpito” no es un paseo turístico. Es una ruta de trekking bastante dura y hay que estar en forma para subir y, sobre todo, hay que tener ganas y ser consciente de lo que es eso. Eran muchos los autobuses de gente de la tercera edad que paraban allí y comenzaban a ascender. Eran muchos los padres con hijos muy pequeños que comenzaban a ascender… Y eran muchos los que al final se arrepentían. No estamos hablando de que sea como escalar o subir al Everest pero, ojo, es una ruta de trekking y, por tanto, hay lugares (la mayoría) en los que el camino es realmente un conjunto de piedras organizadas. Y hay lugares en los que hay verdaderas pendientes muy verticales e, incluso, algún que otro desfiladero al final del todo.

Durante la subida, la lluvia fue alternando con una leve mejora que nos hacía pasar un calor tremendo. Las dos horas previstas de subida, a buen ritmo, pueden dejarse en poco más de hora y cuarto, pero es agotador. Sobre todo, si tienes la misma suerte que nosotros. La lluvia era lo de menos: una densa capa de niebla nos impedía ver, generalmente, más que dos palmos por delante de nosotros. Si bien eso añadía épica a la subida, no nos permitía disfrutar de un paisaje que se antojaba inigualable. Aún así, teníamos esperanza de llegar arriba y que otro gallo cantara.

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Pero no. Arriba fue aún peor. Cuando llegamos, comenzó a diluviar. Casi a mala leche. Y la niebla era aún más espesa. Allí estábamos, al borde de un precipicio que debería asustar porque se supone que impone el vacío pero que nosotros no intuíamos porque apenas podíamos distinguirnos entre nosotros. Lo suyo hubiera sido esperar un rato, pero llovía más y más y decidimos bajar. Durante el descenso, la lluvia amainó y la niebla empezó a disiparse tímidamente permitiéndonos, al menos, ver algo durante la peligrosa bajada (con la lluvia, hay tramos verdaderamente peligrosos para los no acostumbrados a descender por ese tipo de pendientes).

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El Preikestolen no fue lo que esperábamos por culpa del tiempo. Pero siempre nos quedaremos con el hecho de que lo hemos subido y de que la ruta fue verdaderamente entretenida. Habrá que volver.

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Bergen

14 agosto 2009 - 12:53 - Autor:

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Seguramente las casas de colores del Brygge (muelle) de Bergen sean de los elementos más fotografiados de Noruega. Cuando uno se las encuentra, entiende el por qué. Llegar a Bergen es salir corriendo para encontrarse esa imagen que tantas veces ha visto en fotografías. Llegar a Bergen es pensar en el mercado de pescado. Y en el funicular que te sube a lo alto de la colina que ofrece las mejores vistas de la ciudad.

Porque, tampoco nos engañemos, Bergen, con todo eso, ya tiene mucho; pero tiene poco más. Se trata de una ciudad pequeña, de pescadores, que ha adquirido fama mundial por la belleza de su muelle. Y porque por ahí pasan diariamente unos cuantos cruceros que dejan por allí miles de personas y que convierten a esta pequeña ciudad en el centro neurálgico del turismo en Escandinavia.

Llegamos allí por la tarde, cuando debería comenzar a caer el sol en ese recorrido casi interminable que alarga las últimas horas de luz hasta muy tarde en esta época del año. Lástima que el sol no terminaba de iluminar. Al menos, al final nos dio un respiro y pudimos ver el puerto de Bergen con casi todo su esplendor.

Lo malo de llegar por la tarde es que el mercado de pescado está ya dando sus últimos coletazos. Pero aún tuvimos tiempo para esos olores, para ese ajetreo único entre el turista y el pescado fresco. Aún tuvimos tiempo para vivir ese lugar tan especial, ese mercado tan único. Ese mercado en el que podrás pedir lo que quieras en español y siempre te entenderás porque te encontrarás un paisano. Porque decenas de estudiantes españoles se van allí a pasar el verano y trabajar unas horas en el mercado a cambio de un sueldo que en España sería impensable por lo mismo. Y porque, según nos dijeron ellos mismos por allí, cada semana paran 6 cruceros españoles con 2.000 personas cada una que son clientes potenciales: si el trabajador sólo hablara noruego, se perderían muchas transacciones.

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Al otro lado del mercado, justo detrás de los afilados mástiles de los barcos atracados, se observan las casas de colores y de madera de Bergen. Esas casas. Esas casas que si las miras de cerca te das cuenta de que están torcidas a lo torre de Pisa. Esas casas que en cuanto reciben un poquito de luz solar, brillan. Esas casas que son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Te puedes parar delante de ellas y pasar un buen rato por allí sacando fotos como un autómata.

Luego, subimos al funicular. Un tren cremallera que te sube en unos minutos a lo más alto de la zona .Un buen lugar para observar una buena panorámica de la ciudad y el sitio ideal para terminar una jornada de visita. Eso sí, no antes de degustar unos fish and chips y un poquito de salmón de la cena, más helado de rigor. Hay que ver lo que les gustan los helados a los noruegos, por cierto.

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Bajando hacia Bergen

12 agosto 2009 - 9:35 - Autor:

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No recuerdo exactamente desde cuando, pero hace ya tiempo que cuando pensaba en los lugares a los que más me apetecía ir de todo el mundo, siempre ocupaba una de las primeras posiciones la ciudad noruega de Bergen. Creo que la culpa la tiene algún documental que echaron en la tele y las recomendaciones de algunos amigos que lo visitaron en su momento. Tenía en mi cabeza esas casas de colores y ese mercado de pescado tan conocido y quería verlo con mis propios ojos, vivir un poquito esa ciudad.

Y esa meta ya estaba cerca. Nos habíamos levantado a unos 300 kilómetros al norte, encima del fiordo de los sueños. Nos quedaba un buen recorrido por delante para llegar, y nos dispusimos pronto a ello. El camino hacia esta pintoresca ciudad es absolutamente espectacular, pasando por una buena variedad paisajística.

Un poquito más adelante de la ciudad en la que nos alojamos, Leikanger, teníamos la posibilidad de subirnos a un ferry que nos devolvía hacia el lado contrario del fiordo. La verdad es que ese cruce fue fantástico. Las nubes decidieron darnos un poco de tregua y ese lugar iluminado por la luz es una auténtica maravilla. Poco después, llegamos a la villa de Vik, sin duda uno de los pueblos más bonitos que vi durante el viaje. Y no por su construcción o por su belleza como tal, sino por el enclave en el que se encontraba: en la misma orilla del fiordo y en la ladera de una empinadídima cordillera que limita una especie de frontera natural con el sur del país.

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Desde ese fantástico lugar, quedaba un buen rato de subida. Y el paisaje comenzó a cambiar. Lo que era frondosidad y verde empezó a convertirse en páramo y vegetación de alta montaña. Los restos de nieve del invierno que antes sólo veíamos en lo alto, levantando la mirada, nos rodeaba ahora a ambos lados del coche e inmensas placas de hielo perennes nos recordaban dónde nos encontrábamos. Una vez coronada esa montaña que empezamos a ascender en Vik, dimos como un salto en el tiempo y anduvimos un buen rato por unos lugares totalmente diferentes pero igual de bellos.

Según avanzábamos en nuestro recorrido, íbamos dejando a los lados diferentes estaciones de esquí. Y así hasta que llegamos a Voss, una de las ciudades más conocidas de la zona, especialmente por ser punto de encuentro de esquiadores y lugar de partida de muchas excursiones a los fiordos debido a su céntrica situación.

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Antes de llegar a Bergen (de hecho, antes de llegar a Voss) nos esperaba una grata sorpresa. De esas que provocan que este tipo de viajes sin ruta preparada sean mis favoritos. De esas que justifican la idea de moverte a tu aire, con un coche parando allí donde más te guste. Era la hora de comer y buscábamos algún sitio chulo para hacer un picnic rápido. Las carreteras noruegas están llenas de áreas de servicio y miradores con asientos tipo merendero para facilitar eso, pero dio la casualidad de que no encontrábamos ninguno a mano y de que todo el que veíamos no tenía “buenas vistas”, por lo que los fuimos dejando pasar. De repente, llegamos a un sitio que estaba en obras justo al ladito de un precioso fiordo. Y un misterioso cartel que rezaba “Vaka”, y una flecha hacia la izquierda. Se me ocurrió seguirlo. Atravesé una zona de obras y me metí en una carretera en la que sólo cabía un coche sin saber bien hacia dónde íbamos.

Un par de minutos después estaba atravesando un túnel totalmente apagado. La sensación más rara que me ha ocurrido nunca conduciendo. La cabeza me decía que retrocediera pero me apetecía seguir. Y seguí. Cuando al fin vi la luz del día aparecer al fondo de ese túnel interminable y oscuro, una sensación de tranquilidad me vino al cuerpo. Seguí conduciendo un par de kilómetros o tres (con mucho cuidado porque la carretera era muy estrecha y parando en los arcenes cuando nos cruzamos con un par de vehículos) y llegamos a un pueblecito casi inexistente. Una especie de aldea de pescadores que, aparentemente, iba a estar en un lugar ideal. Tenía toda la pinta de dar al fiordo. Aparqué el coche donde vi un hueco y bajamos una pequeña cuesta caminando. Al llegar al final, no nos lo podíamos creer. Teníamos ante nosotros uno de los lugares más bellos que jamás he visto. Y, además, el sol nos lo agradeció con unos pequeños rayitos.

Con esa sensación de grandiosidad emprendimos, tras picar algo con unas vistas de escándalo, camino hacia Bergen con la sensación de haber vivido un lugar especial.

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Hacia el fiordo de los sueños

11 agosto 2009 - 11:26 - Autor:

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Ya sólo el nombre evoca magia. Uno oye lo de “el fiordo de los sueños” y lo primero que piensa es: quiero ir allí. Sobre todo si estás en Noruega. Su nombre real es Sognefjord y, a la hora de la verdad, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentra al norte de Bergen y se va por él de paso por la carretera principal que une Oslo con esta pintoresca ciudad, justo en lo más al norte de ella.

Si ha sido éste el fiordo que se ha hecho más famoso es por su espectacularidad. Está rodeado de grandes paredes verticales que forman unos desfiladeros asombrosos que terminan en la oscura agua azul de este estrecho fiordo que, en algunos puntos, alcanza los 3.000 metros de profundidad. Hay pueblecillos muy bonitos a los dos lados. Si quieres llegar a los que se encuentran en la parte norte se hace algo más complejo por aquello del tiempo. Pero merece la pena hacerlo, aunque luego tengas que retomar camino hacia el sur, como era mi caso.

Como siempre que hago este tipo de viajes, el alojamiento no lo tengo preparado de antemano. Cada día (o como mucho con un par de días de antelación) me encargo de buscar un punto de conexión a Internet para, sabiendo más o menos la dirección de mi ruta, buscar alojamiento por la zona. En Noruega, ojo, el alojamiento es carísimo. Los hoteles son bastante prohibitivos (es difícil encontrar alguno por menos de 100 euros), pero existen otras opciones. Aunque ya las contaré en otro post específico. En este caso, desde Ron, la siguiente noche la habíamos encontrado en un pequeño pueblecito llamado Leikanger, en esa zona norte del fiordo de los sueños. Llegar hasta allí nos llevaría todo el día a base de conducir por carreteras espectaculares y de rodear paisajes indescriptibles.

Además, aprovechamos para visitar una iglesia vikinga de madera en Kaupanger, una de las grandes atracciones turísticas que se pueden encontrar por la zona. La verdad es que sorprenden bastante y, por lo menos, una de ellas hay que conocerla. No quedan muchas y tienen un importante valor histórico.

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Aunque se salía un poco de nuestra ruta (ya que aún no íbamos camino de Bergen), decidimos bajar un poco hacia la zona donde se encuentran Aurland y Flam. Ese es uno de los puntos más turísticos de la zona de los fiordos debido a ser el punto de salida (o llegada) del popular tren de Flaam, un ferrocarril que sube por una preciosa zona rodeada de fiordos pero que, por otro lado, es algo caro. Nosotros no lo tomamos, pero sí que queríamos ver un poquito esa zona. Y la verdad es que merece la pena. Para llegar, antes, tuvimos que pasar (y luego de vuelta otra vez) por uno de los túneles más grandes de toda Europa: 25 kilómetros. Un túnel en el que, por cierto, cada rato se simula pasar por debajo de un glaciar (imagino que para que no resulte tan monótono).

Luego, volvimos hacia el norte. Visitamos el pueblecillo de Sogndal, que dentro no tiene apenas nada pero que desde lejos, desde la propia carretera, ofrece unas vistas inovidables; y llegamos a nuestro destino dormitorio: Leikanger. No es que hubiera nada especial allí, aparte de lo espectacular de la zona, sino que fue donde encontramos alojamiento en una cabañita fantástica de un camping con vistas al fiordo. Y donde disfrutar de el eterno atardecer noruego. La siguiente foto está tomada a las 12 de la madrugada, aproximadamente.

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Camino a los fiordos

10 agosto 2009 - 11:38 - Autor:

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Pese a que Noruega sólo tiene unos 5.000.000 de habitantes, se trata de un país bastante grande en extensión. Sobre todo, muy alargado. Si bien no es un país muy “ancho”, se caracteriza por ser bastante alargado. Y recorrerlo entero en coche puede llevar mucho tiempo. Sobre todo, porque su red de carreteras es algo así como justo lo contrario que la que puede tener Alemania. Y porque, además, es un país muy montañoso.

La zona en la que se encuentran los fiordos es también bastante grande. Desde el sur del país (muy cercano al final de la península de Jutlandia de Dinamarca) hasta cerca del polo norte. Se puede decir que la parte “más popular” va desde la conocida ciudad de Bergen hasta Trondheim. Yo, en este viaje, no he podido recorrerla entera por falta de tiempo, sino que me decanté por recorrer la zona sur.

Desde Oslo, me decidí por hacer una especie de arco que me llevara hacia la zona de Bergen, previo paso por algunos de los rincones más espectaculares del país. Hay que tener en cuenta que moverte por carretera por Noruega lleva su tiempo. Las carreteras son lentas y están plagadas de radares, por lo que la velocidad media de los viajes por allí pocas veces superará los 60 kilómetros por hora. Además, con eso de que te apetece ir parándote en todos los sitios por la belleza de los paisajes, te aseguro que se tarda en llegar a los destinos.

Mi primer destino final era la ciudad de Ron, donde había reservado el alojamiento en una pensión que resultó ser una chulada. En esa zona del país, las poblaciones son lo de menos. Vamos, de hecho, apenas existen. Los noruegos, por lo que he visto, son gente hogareña que rápidamente se repliega a su casa, por lo que a partir de las 17 h de la tarde es más que complicado encontrar a alguien en la calle, por lo que por allí no decidas tus destinos por la localidad sino porque te pillen de paso o porque la zona te interese especialmente por lo que haya que ver por allí. Y eso es lo que hice.
De camino a nuestro alojamiento, pasamos por Fagernes, uno de los sitios con más “marcha” de todos los que vimos por allí. Se trata de un lugar muy pequeñito pero con bastante movimiento debido a que tiene un par de hoteles, un camping, una zona de deportes acuáticos…

Lo mejor, los espectaculares paisajes de la zona. Si bien no se trata aún de la zona más conocida, de la clásica de los fiordos, es una zona preciosa que poco tiene que envidiar al resto. Naturaleza en estado puro. De hecho, disfrutar del paisaje es lo que se hace por allí. Subirte al coche y pararte donde te apetezca. Mirar lo que estás viendo y no salir de tu asombro. Lástima que el tiempo no me acompañara todo lo que me hubiera gustado…
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