Hacia el fiordo de los sueños

Ya sólo el nombre evoca magia. Uno oye lo de “el fiordo de los sueños” y lo primero que piensa es: quiero ir allí. Sobre todo si estás en Noruega. Su nombre real es Sognefjord y, a la hora de la verdad, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se encuentra al norte de Bergen y se va por él de paso por la carretera principal que une Oslo con esta pintoresca ciudad, justo en lo más al norte de ella.
Si ha sido éste el fiordo que se ha hecho más famoso es por su espectacularidad. Está rodeado de grandes paredes verticales que forman unos desfiladeros asombrosos que terminan en la oscura agua azul de este estrecho fiordo que, en algunos puntos, alcanza los 3.000 metros de profundidad. Hay pueblecillos muy bonitos a los dos lados. Si quieres llegar a los que se encuentran en la parte norte se hace algo más complejo por aquello del tiempo. Pero merece la pena hacerlo, aunque luego tengas que retomar camino hacia el sur, como era mi caso.
Como siempre que hago este tipo de viajes, el alojamiento no lo tengo preparado de antemano. Cada día (o como mucho con un par de días de antelación) me encargo de buscar un punto de conexión a Internet para, sabiendo más o menos la dirección de mi ruta, buscar alojamiento por la zona. En Noruega, ojo, el alojamiento es carísimo. Los hoteles son bastante prohibitivos (es difícil encontrar alguno por menos de 100 euros), pero existen otras opciones. Aunque ya las contaré en otro post específico. En este caso, desde Ron, la siguiente noche la habíamos encontrado en un pequeño pueblecito llamado Leikanger, en esa zona norte del fiordo de los sueños. Llegar hasta allí nos llevaría todo el día a base de conducir por carreteras espectaculares y de rodear paisajes indescriptibles.
Además, aprovechamos para visitar una iglesia vikinga de madera en Kaupanger, una de las grandes atracciones turísticas que se pueden encontrar por la zona. La verdad es que sorprenden bastante y, por lo menos, una de ellas hay que conocerla. No quedan muchas y tienen un importante valor histórico.

Aunque se salía un poco de nuestra ruta (ya que aún no íbamos camino de Bergen), decidimos bajar un poco hacia la zona donde se encuentran Aurland y Flam. Ese es uno de los puntos más turísticos de la zona de los fiordos debido a ser el punto de salida (o llegada) del popular tren de Flaam, un ferrocarril que sube por una preciosa zona rodeada de fiordos pero que, por otro lado, es algo caro. Nosotros no lo tomamos, pero sí que queríamos ver un poquito esa zona. Y la verdad es que merece la pena. Para llegar, antes, tuvimos que pasar (y luego de vuelta otra vez) por uno de los túneles más grandes de toda Europa: 25 kilómetros. Un túnel en el que, por cierto, cada rato se simula pasar por debajo de un glaciar (imagino que para que no resulte tan monótono).
Luego, volvimos hacia el norte. Visitamos el pueblecillo de Sogndal, que dentro no tiene apenas nada pero que desde lejos, desde la propia carretera, ofrece unas vistas inovidables; y llegamos a nuestro destino dormitorio: Leikanger. No es que hubiera nada especial allí, aparte de lo espectacular de la zona, sino que fue donde encontramos alojamiento en una cabañita fantástica de un camping con vistas al fiordo. Y donde disfrutar de el eterno atardecer noruego. La siguiente foto está tomada a las 12 de la madrugada, aproximadamente.

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