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Bajando hacia Bergen

12 agosto 2009 - 9:35 - Autor:

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No recuerdo exactamente desde cuando, pero hace ya tiempo que cuando pensaba en los lugares a los que más me apetecía ir de todo el mundo, siempre ocupaba una de las primeras posiciones la ciudad noruega de Bergen. Creo que la culpa la tiene algún documental que echaron en la tele y las recomendaciones de algunos amigos que lo visitaron en su momento. Tenía en mi cabeza esas casas de colores y ese mercado de pescado tan conocido y quería verlo con mis propios ojos, vivir un poquito esa ciudad.

Y esa meta ya estaba cerca. Nos habíamos levantado a unos 300 kilómetros al norte, encima del fiordo de los sueños. Nos quedaba un buen recorrido por delante para llegar, y nos dispusimos pronto a ello. El camino hacia esta pintoresca ciudad es absolutamente espectacular, pasando por una buena variedad paisajística.

Un poquito más adelante de la ciudad en la que nos alojamos, Leikanger, teníamos la posibilidad de subirnos a un ferry que nos devolvía hacia el lado contrario del fiordo. La verdad es que ese cruce fue fantástico. Las nubes decidieron darnos un poco de tregua y ese lugar iluminado por la luz es una auténtica maravilla. Poco después, llegamos a la villa de Vik, sin duda uno de los pueblos más bonitos que vi durante el viaje. Y no por su construcción o por su belleza como tal, sino por el enclave en el que se encontraba: en la misma orilla del fiordo y en la ladera de una empinadídima cordillera que limita una especie de frontera natural con el sur del país.

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Desde ese fantástico lugar, quedaba un buen rato de subida. Y el paisaje comenzó a cambiar. Lo que era frondosidad y verde empezó a convertirse en páramo y vegetación de alta montaña. Los restos de nieve del invierno que antes sólo veíamos en lo alto, levantando la mirada, nos rodeaba ahora a ambos lados del coche e inmensas placas de hielo perennes nos recordaban dónde nos encontrábamos. Una vez coronada esa montaña que empezamos a ascender en Vik, dimos como un salto en el tiempo y anduvimos un buen rato por unos lugares totalmente diferentes pero igual de bellos.

Según avanzábamos en nuestro recorrido, íbamos dejando a los lados diferentes estaciones de esquí. Y así hasta que llegamos a Voss, una de las ciudades más conocidas de la zona, especialmente por ser punto de encuentro de esquiadores y lugar de partida de muchas excursiones a los fiordos debido a su céntrica situación.

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Antes de llegar a Bergen (de hecho, antes de llegar a Voss) nos esperaba una grata sorpresa. De esas que provocan que este tipo de viajes sin ruta preparada sean mis favoritos. De esas que justifican la idea de moverte a tu aire, con un coche parando allí donde más te guste. Era la hora de comer y buscábamos algún sitio chulo para hacer un picnic rápido. Las carreteras noruegas están llenas de áreas de servicio y miradores con asientos tipo merendero para facilitar eso, pero dio la casualidad de que no encontrábamos ninguno a mano y de que todo el que veíamos no tenía “buenas vistas”, por lo que los fuimos dejando pasar. De repente, llegamos a un sitio que estaba en obras justo al ladito de un precioso fiordo. Y un misterioso cartel que rezaba “Vaka”, y una flecha hacia la izquierda. Se me ocurrió seguirlo. Atravesé una zona de obras y me metí en una carretera en la que sólo cabía un coche sin saber bien hacia dónde íbamos.

Un par de minutos después estaba atravesando un túnel totalmente apagado. La sensación más rara que me ha ocurrido nunca conduciendo. La cabeza me decía que retrocediera pero me apetecía seguir. Y seguí. Cuando al fin vi la luz del día aparecer al fondo de ese túnel interminable y oscuro, una sensación de tranquilidad me vino al cuerpo. Seguí conduciendo un par de kilómetros o tres (con mucho cuidado porque la carretera era muy estrecha y parando en los arcenes cuando nos cruzamos con un par de vehículos) y llegamos a un pueblecito casi inexistente. Una especie de aldea de pescadores que, aparentemente, iba a estar en un lugar ideal. Tenía toda la pinta de dar al fiordo. Aparqué el coche donde vi un hueco y bajamos una pequeña cuesta caminando. Al llegar al final, no nos lo podíamos creer. Teníamos ante nosotros uno de los lugares más bellos que jamás he visto. Y, además, el sol nos lo agradeció con unos pequeños rayitos.

Con esa sensación de grandiosidad emprendimos, tras picar algo con unas vistas de escándalo, camino hacia Bergen con la sensación de haber vivido un lugar especial.

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