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Objetivo: el Preikestolen

18 agosto 2009 - 10:17 - Autor:

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Ya habíamos completado una buena parte de nuestro primer viaje a Noruega. Ya tendremos tiempo de volver y conocer la zona norte. Ahora, desde Bergen, tocaba baja hacia el sur. La idea era llegar en varios días hasta Kristiansand, desde donde parte el ferry que nos iba a devolver a Dinamarca por el norte de Jutlandia. Pero a eso ya llegaremos.

Estábamos en Bergen. Y nuestra próxima meta era Stavanger, unos cientos de kilómetros más al sur. Bueno, sinceramente, la ciudad de Stavanger, a priori, no se presentaba más que como una anécdota ya que nuestro objetivo no era otro sino subir al Preikestolen, también conocido como “El púlpito”, una pared vertical que se eleva a casi 700 metros de altura y que permite, tras un trekking cercano a las dos horas, disfrutar de una de las mejores vistas de toda Noruega.

Pero, para eso, teníamos que llegar. Una vez más, el camino fue una mezcla justa de coche más ferry. Coche por carretera (la habitual, aunque en esta zona está un poco más recta y ya no hay tanto límite de velocidad a 60 km/h) y ferry porque no había otra forma de seguir que subiendo tu vehículo en alguno de estos barcos que engullen todo tipo de medios de transporte con personas y que, por cierto, destacan porque generalmente tienen hasta wifi en los trayectos más largos.

El paisaje, una vez más, comenzaba a cambiar según avanzabas hacia el sur. Nunca dejas de ver agua por todos los lados, ni verde tampoco. Pero ahora el agua es diferente, ya no es tan oscura; es más agua de lago. Y el verde, también. Menos frondoso. Y más amarillo. Sorprende encontrarse con el amarillo en Noruega.

Hay una zona, cercana a Hagesund, donde paramos a comer, que recuerda incluso a la vegetación española. También ayuda que por allí se note que haga habitualmente más sol. De hecho, fue nuestro primer día con sol después de más de una semana. Y los paisajes cercanos a la costa eran más “nuestros”. Con vegetación pero con menos frondosidad. Acantilados no tan abruptos…

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La ciudad de Hagesund, además, merece una visita. Al menos si llevas varios días oculto bajo las grises nubes y el sol se aparece para iluminarte. No es que sea una maravilla, pero es un puertecito pesquero y deportivo que tiene para un rato. Se nota que es zona de vacaciones para los noruegos: imagino que porque el sol de allí tiende más a dejarse ver. Y se nota porque hay muchos barcos de recreo atracados y porque hay terrazas en el “paseo marítimo”. Sí, sí. Lo nunca visto en noruega: terracitas al aire libre con gente que las abarrota. Suena raro, pero no es fácil encontrarse eso en ese país. Y en Hagesund, había.

Nuestra siguiente parada ya fue Stavanger. Si antes comentaba que la idea es que sólo fuera para nostros una ciudad de paso, he de reconocer que estábamos equivocados. Se trata de una ciudad muy bonita. Abarrotada de casas de madera blancas, de callejuelas, de calles con colorido y gente sentada en terrazas a la luz de una vela y con un libro acompañando el café, con un puerto mágico en el que ver ponerse el sol y con una amplísima oferta gastronómica para lo que es este país en el que apenas hay sitios para comer algo.

Además, pasó una de esas cosas curiosas que siempre te vienen a la memoria cuando te pones a pensar en una ciudad. Estábamos sentados en el puerto cuando se oyó un fuerte alboroto. Un barco acababa de atracar y de él se bajaron unas cuantas decenas de personas gritando y cantando. “Españoles”, pensamos. Porque por allí nunca se oye ningún ruido. Pues no. Eran noruegos. Y de pura cepa. El truco: venían del fútbol. Ya había comenzado la liga noruega. Eran seguidores del Viking, vestidos todos en azul marino y muchos con cuernos vikingos como extensión de su cabeza, que había arrasado ese fin de semana, y nuestros amigos vikingos venían ya con unas cuantas cervezas encima que, por otro lado, terminaron acompañando con otras tantas en alguna de las terrazas del puerto.

Otra de esas curiosidades que siempre recordaré de este lugar es el hotel en el que nos alojamos. Lo llamaremos hotel porque eso dicen que es aunque, al mismo tiempo, éramos totalmente conscientes de adónde nos estábamos metiendo cuando, el día anterior, lo reservamos por Internet.

Como ya he comentado, el alojamiento en noruega es carísimo. Y Stavanger no era una excepción. Sin embargo, dentro de lo caro, encontramos un hotel a 80 euros habitación doble a través de minube. El truco: era un hotel en un hospital. Y así lo decían los comentarios de la gente. Como viajar, al fin y al cabo, es una aventura, para allá que fuimos. La sensación, de lo más extraña. Se hace muy raro llegar a un sitio en el que los pacientes (de todo tipo) se mezclan con los huéspedes y donde las habitaciones se ve claramente que no mucho tiempo atrás pertenecían al propio hospital que hoy comparte edificio con este curioso alojamiento.

Dejamos ese día acabarse con una sensación rara: tenía un pálpito. Me daba a mí que después de un día con tanto sol, nos iba a caer una buena. Y teníamos un objetivo: hacer una ruta en plena naturaleza para subir a lo alto del Preikestolen y contemplar el paisaje. Necesitábamos sol.

Antes de abrir el ojo, todavía de madrugada, me desperté con el oído. Chop, chop, chop… O estaba lloviendo o la tubería goteaba. Sin ganas, me levanté, me acerqué a la ventana (sin persianas, claro) y pude comprobar que estaba cayendo una buena. Aún quedaban un par de horas para que nos pusiéramos en pie y, pensé: aún puede escampar. Pero no. El pálpito de “el púlpito” era bueno y se presentó un día de perros.

Con la cara larga hicimos el check-out de rigor y salimos dirección Preikestolen. Hay varias formas de ir. Gracias a las recomendaciones recibidas en twitter, nos fuimos por el camino más corto, y en el que el ferry es más barato. Antes de subirnos a él, nos lo planteamos de nuevo: con la que está cayendo, vamos a ir y no se va a ver nada. ¿Pasamos? Pero la fuerza del “ya que estamos aquí” y del “no nos lo vamos a perdonar si no subimos” fue superior. Y llegamos al Preikestolen, seguramente la atracción turística más conocida de Noruega.

Nos pusimos el chubasquero y tiramos para arriba. Ojo, aviso a navegantes: la subida a “El púlpito” no es un paseo turístico. Es una ruta de trekking bastante dura y hay que estar en forma para subir y, sobre todo, hay que tener ganas y ser consciente de lo que es eso. Eran muchos los autobuses de gente de la tercera edad que paraban allí y comenzaban a ascender. Eran muchos los padres con hijos muy pequeños que comenzaban a ascender… Y eran muchos los que al final se arrepentían. No estamos hablando de que sea como escalar o subir al Everest pero, ojo, es una ruta de trekking y, por tanto, hay lugares (la mayoría) en los que el camino es realmente un conjunto de piedras organizadas. Y hay lugares en los que hay verdaderas pendientes muy verticales e, incluso, algún que otro desfiladero al final del todo.

Durante la subida, la lluvia fue alternando con una leve mejora que nos hacía pasar un calor tremendo. Las dos horas previstas de subida, a buen ritmo, pueden dejarse en poco más de hora y cuarto, pero es agotador. Sobre todo, si tienes la misma suerte que nosotros. La lluvia era lo de menos: una densa capa de niebla nos impedía ver, generalmente, más que dos palmos por delante de nosotros. Si bien eso añadía épica a la subida, no nos permitía disfrutar de un paisaje que se antojaba inigualable. Aún así, teníamos esperanza de llegar arriba y que otro gallo cantara.

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Pero no. Arriba fue aún peor. Cuando llegamos, comenzó a diluviar. Casi a mala leche. Y la niebla era aún más espesa. Allí estábamos, al borde de un precipicio que debería asustar porque se supone que impone el vacío pero que nosotros no intuíamos porque apenas podíamos distinguirnos entre nosotros. Lo suyo hubiera sido esperar un rato, pero llovía más y más y decidimos bajar. Durante el descenso, la lluvia amainó y la niebla empezó a disiparse tímidamente permitiéndonos, al menos, ver algo durante la peligrosa bajada (con la lluvia, hay tramos verdaderamente peligrosos para los no acostumbrados a descender por ese tipo de pendientes).

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El Preikestolen no fue lo que esperábamos por culpa del tiempo. Pero siempre nos quedaremos con el hecho de que lo hemos subido y de que la ruta fue verdaderamente entretenida. Habrá que volver.

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