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Las cárceles cubanas son cementerios de hombres vivos

30 Septiembre 2010 - 10:07 - Autor:

Después de sufrir una injusta condena de 24 años de prisión, de estar obligado a pasar 7 años y 4 meses tras las rejas (de éstos, 17 meses en celdas de aislamiento), trasladado por 9 prisiones en 5 provincias de toda la geografía cubana, tiempo y circunstancias más que suficientes para vivir y sufrir toda la crueldad del infierno que son las cárceles de la isla… hoy voy a presentarles uno de los lados más oscuros de estos “cementerios de hombres vivos”; el drama más dantesco y cruel de cuantos me tocaron vivir y si no es el más, por lo menos uno de los que más me impactaron de ese mundo de aberraciones, dolor y sufrimientos.

Las autoagresiones, una práctica recurrente en todas las prisiones cubanas, uno de los desequilibrios psiquiátricos más frecuentes en estos recintos y además peor tratados médicamente, donde los reos ante la falta de perspectivas, el desaliento y el aislamiento social no encuentran otra salida más que dañarse físicamente como forma de obtener dudosos beneficios, como una llamada telefónica, la visita de algún familiar, traslados a prisiones más cerca de sus familiares, progresar a un régimen de menor severidad (colonias presidiarias o campamentos de trabajo agrícola), incluso atención médica real o como forma de obtener psicofármacos. En la totalidad de los casos con los que de alguna forma tuve contacto eran fruto de la creación de estos lugares.

La crueldad y la insensibilidad ante el drama humano es el caldo de cultivo para que un interno llegue a tal degradación moral y pérdida de valores que sea capaz de dar el primer paso. No es solo un impulso, es todo un proceso que por lo general demora años; un círculo vicioso que inicia con el consumo ocasional de psicofármacos, como vía de escape de la realidad que los asfixia, hasta que llega la adicción y la necesidad del consumo diario, en un mundo donde el contrabando de estos productos es el día a día y la causa de violentos y hasta fatales incidentes.

Los oficiales y funcionarios de la prisión son por lo general los que propician estas prácticas, primero por la corrupción reinante y después por la insensibilidad ante un ser humano “enfermo” y que para ellos no pasa de ser más que un simulador, lo que agrava mucho más el dramático cuadro.

Marabú se hizo adicto a autolesionarse

Recuerdo aún con dolor un caso típico en la prisión de máximo rigor “Las Mangas”, en Bayamo, provincia Granma. Se llama Juan Carlos Sosa Leyva, que hace mucho tiempo perdió su nombre. Todos lo conocen como “Marabú” (planta espinosa y resistente a la sequía, que tiene infectada el 60% de las tierras cultivables en Cuba), por lo resistente que es a las palizas y los malos tratos. Solo cuenta con 36 años de edad, pero su rostro parece el de un anciano.

No recuerda otro mundo en su vida, comenzó desde muy niño por las llamadas “escuelas de conducta”, para pasar ya adolescente a los centros de menores y de éstos -por un delito menor de desobediencia y resistencia- a prisión para no salir jamás. Sus condenas se incrementan de año en año por los mismos delitos, pero nadie toma en cuenta que tiene un desequilibrio mental, lo que nos dice que en ninguno de estos centros educan, ni mucho menos reeducan.

En estos lugares Marabú tuvo su primer contacto con las “notas”, consumo de psicofármacos en sobredosis. Hoy para él es imposible la vida sin el consumo diario. Él es una de las típicas creaciones de las cárceles cubanas.

Se jacta de que nunca ha tenido que asistir al dentista: ya no le quedan dientes en la boca, pues los guardias se han encargado de sacárselos a patadas en las innumerables palizas sufridas. Es lógico, sus necesidades se incrementan y las demandas para obtener psicofármacos también. Al no obtenerlos del contrabando por carecer del dinero de la prisión (los cigarros), apeló un día que el mismo no recuerda a la autoagresión. Primero, una leve cortada con una cuchilla de afeitar, en otra ocasión se cosió la boca, hasta que llegó a cortarse los tendones del talón de Aquiles. Llegó el día en que se convierten estos actos en una práctica habitual y para su psicología única salida a su drama personal.

Para Marabú ya nada tiene sentido. Hace mucho tiempo que su familia dejó de visitarlo, perdió todo contacto social. Su mundo se circunscribe a esa pequeña población cerrada que lo rodea, la vida de rejas y candados, la de la supervivencia diaria, la marginalidad, el dolor y las privaciones.

Es habitual encontrar personas como él en cualquiera de las más de 400 prisiones con las que cuenta hoy Cuba, poblada por cientos de miles de cubanos en las condiciones más infrahumanas, que lo mismo se amputan una oreja, que las manos, se inyectan con heces fecales o petróleo en las articulaciones, incluso los ojos para quedarse ciegos… todo con la esperanza de obtener una licencia extrapenal. Pero a algunos la suerte no los acompaña y pierden la vida en el intento.

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[…] único objetivo: anularnos psicológicamente e intentar un lavado de cerebro, sometiéndonos a una forma de vida sombría, sin emoción ni sentimientos. Del equilibrio que […]

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Paneque

Aunque mi nombre completo es José Luis García Paneque, todos mis amigos y compañeros me conocen como Paneque. Soy uno de los primeros presos de conciencia cubanos liberados tras el acuerdo cerrado por la Iglesia de la isla y el Gobierno castrista. Cuando entré en prisión por ejercer la libertad de expresión en la primavera de 2003 pesaba 86 kilos; al salir pesaba 48. Ahora comienzo una nueva vida en Cullera (Valencia) junto a los familiares que me han acompañado en el exilio.
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