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Médico otra vez, aunque solo fuera por 3 horas

20 octubre 2010 - 11:15 - Autor:

Muchas veces la vida da giros insospechados y el que hoy comparto con ustedes es uno de ellos. Cuánto añoré durante mi vida profesional acudir espontáneamente a un evento sin que otros me lo impusieran o en el peor de los casos, que me lo impidieran.

Ya había comentado en entregas anteriores el dolor y la frustración de un profesional privado de sus derechos. En el año 1997 la Clínica Tecnon, de Barcelona, tuvo a bien invitarme a una pasantía de postgrado en cirugía plástica gracias a la gentil mediación de un profesor español de ese Centro. Sin embargo, las autoridades del Ministerio de Salud Pública de Cuba (como si fueran dueños de mi persona) me negaron la posibilidad de acudir.

Superar la aspiración máxima de todo profesional, que redundaría en beneficio del pueblo al cual yo servía no era suficiente. Mi posición contestataria en contra del régimen imperante no era de fiar. Éste también fue el argumento que culminó años después con la expulsión de la Unidad de Quemados del Hospital Provincial de Las Tunas, Institución donde laboré por más de 14 años. La de médico es una profesión que amo profundamente y a la cual he dedicado parte de mi vida y esfuerzos.

El que opta por el arte de la medicina con vocación, hace suyo el juramento de Hipócrates y lo lleva en su corazón el resto de su vida. De esa forma reza un fragmento del juramento que siempre llevo conmigo:

“Y me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo prejuicio o afán de dañar.”

De Barcelona llega nuevamente el llamado, la invitación de una persona con el ánimo de brindarme la oportunidad de sentirme nuevamente Médico después de tantos años de encierro y ostracismo; aunque solo fuera por 3 horas. Sentirme rodeado de tantas eminencias y glorias de la Ortopedia me emocionaba, era el acto de celebración por el 75 aniversario de la Sociedad Española de Ortopedia y Traumatología (SECOT).

El señor David Sempare me hacía el regalo más grande recibido en España. Escuchar nuevamente los términos médicos, el lenguaje propio de la disciplina de boca de sus protagonistas, la satisfacción que da conocer el desarrollo de una especialidad tan importante como cambiante. Esta disciplina, que nos permite prolongar cada vez más nuestra esperanza de vida pese a las inevitables patologías y accidentes propios de la dicha de vivir muchos años.

El anfitrión tuvo a bien presentarme eminentes profesores, empresarios y otros profesionales vinculados a la tecnología, la docencia y las publicaciones médicas. Con dolor comparaba los sacrificios a los que se ven obligados mis colegas en Cuba para ejercer la profesión, incluso a riesgos de contraer enfermedades profesionales por la falta de recursos básicos. Excelentes especialistas en su inmensa mayoría, que ponen todo su esfuerzo para dar lo mejor de sí.

Al desarrollarse el evento en el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid, lugar de historia viva, tuve la ocasión y el privilegio de profanar con mi presencia el aula donde por más de 30 años un sabio impartía sus magistrales clases de Anatomía e Histología. Don Santiago Ramón y Cajal (Premio Nobel de Medicina de 1922) ayudó a la formación de cientos de profesionales de la Medicina.

El clímax y el broche de oro, fueron las palabras y el testimonio personal del presentador y moderador, Don José María García. Conocido periodista deportivo, nos narró como luchó contra un cáncer que le arrebataba la vida y que gracias a la entrega de los médicos y la medicina moderna pudo superar. Emocionado enalteció a los profesionales de la medicina, en ese momento me sentí mucho más orgulloso de haber elegido la profesión más humana.

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Paneque

Aunque mi nombre completo es José Luis García Paneque, todos mis amigos y compañeros me conocen como Paneque. Soy uno de los primeros presos de conciencia cubanos liberados tras el acuerdo cerrado por la Iglesia de la isla y el Gobierno castrista. Cuando entré en prisión por ejercer la libertad de expresión en la primavera de 2003 pesaba 86 kilos; al salir pesaba 48. Ahora comienzo una nueva vida en Cullera (Valencia) junto a los familiares que me han acompañado en el exilio.

 

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