Mi primer mojito (cubano) lo tomé en España
Después de convivir alrededor de tres semanas en las habitaciones del centro de acogida de Cullera (Valencia), fuimos reubicados hace unos días temporalmente en un piso amplio, bonito, tutelado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Esto nos permite tener una vida privada y sobre todo en familia, algo que añoraba después de 7 años y 4 meses de forzada separación.
También trae nuevas obligaciones: limpiar, cocinar, lavar y sobre todo proveerla de todo lo necesario para la vida. Convivir con toda la familia que ha venido conmigo en un solo piso (madre, padre, hermana, la bebita y mi cuñado) puede ser para la sociedad española algo no habitual, pero para nosotros los cubanos es la costumbre impuesta por más de 50 años de carencias, restricciones y prohibiciones.
En Cuba es muy normal que en una vivienda habiten 3 y hasta 4 generaciones. Tener una casa propia para una sola familia es todo un reto y un privilegio que pocos tienen: es difícil repararla por la carencia de materiales, construirla mucho menos por las restricciones burocráticas. El único que edifica es el Estado y hace mucho tiempo que redujo las unidades que fabrica por la ineficiencia y la corrupción imperantes; comprarla es prohibido si no es el Gobierno quien hace de intermediario.
Por lo general formamos nuestras familias en la casa materna o con los suegros, provocando muchas veces conflictos generacionales, hasta familias disfuncionales por rupturas matrimoniales.
Comprar comida en Cuba es un término desconocido. Para el cubano promedio lo que suministra el Gobierno “nos lo dan”, “buscamos”, sobre todo “resolvemos”. En mi país rige hace más de 50 años una “cartilla de racionamiento”, que solo te permite adquirir unos pocos productos por persona al mes, supuestamente subsidiados:
• 2.5 kg de arroz.
• 1.8 kg de azúcar.
• 300 gramos de alubias o guisantes.
• 120 gramos de café.
• 460 gramos de picadillo de soja o mortadela.
• 10 huevos.
• 250 gramos de aceite.
Lógicamente, con estas provisiones no vive una persona todo un mes. El resto lo “luchas” en el mercado agropecuario, el subterráneo. Si no, lo “resuelves” (robas) en algún centro donde se producen, o en un almacén. Da lo mismo.
La abundancia y la variedad, grandes desconocidos
Estábamos claros que en algún momento debíamos asumir el tener que abastecernos y aquí en España también continúa en extremo desconcertante, mucho más para el que viene de una larga temporada tras las rejas. Es la abundancia y la variedad de productos.
Por ejemplo, qué tipo de leche elegir entre más de 10 marcas diferentes. En Cuba no tenemos ese problema, pues solo hay una, muchas veces a granel desde una cantara que viene directamente del campo y además a los 7 años se les suspende a los niños ese racionamiento.
El arroz fue otro gran problema para nosotros cuando acudimos hace unos días por primera vez a un supermercado. El cubano es un gran consumidor de este cereal, pero en Cuba tiene poco que elegir. Es según el que aparezca en el mercado: puede ser criollo o importado, bolito o largo, más o menos partido… pero no importa: el primero que aparezca es el que se compra. Aquí estamos obligados a elegir entre un montón de marcas distintas y así por el estilo con casi todos los productos, algunos con nombres totalmente desconocidos y otros que para nuestros padres estaban en el pasado como el bacalao, la merluza.
Mi primer mojito, aquí
Coincidí con la promoción de dos marcas de ron: Caipiriña de Brasil y Habana Club cubano. ¡Qué ironía! Me tomaba mi primer mojito no en Cuba, sino en la ciudad valenciana de Cullera, a miles de kilómetros de mi tierra. No lo pedí, me lo brindaban unas chicas empleadas de la tienda que además accedieron amablemente a una foto para dejar plasmado el feliz momento.
Más tarde regresaría al piso con un gran dolor de cabeza y con el dolor de que en mi patria todo un pueblo está en un estado de carencia agónica y bajo un régimen que se resiste a darnos la oportunidad de progresar con dignidad.
Comprar carne puede llevarte a la cárcel en Cuba
Incluso comprar carne ha sido todo un descubrimiento. En este punto comparto con ustedes algo que les puede parecer extraño y hasta cómico, pero que es muy triste. El amigo cubano que nos acompañó al Eroski para asesorarnos y ayudarnos compró un trozo de 5 kgs de carne de res y al llegar al piso mi padre de 74 años se alarmó. Preocupado, nos dijo “que podíamos tener problemas con la Policía”. En Cuba es un delito el sacrificio de ganado mayor. Comprar y comer un bistec de carne de res puede costar una condena entre 3 y 8 años de prisión, y para el que la sacrifica una de más de 20 años.
Las frutas merecen otro aparte: frente a los estantes con la cantidad y variedad que existen se me aprieta el corazón. Recordaba que una fruta bomba, una sandía o una piña puede costarle a un trabajador promedio el salario de todo un día, lo que las hace prohibitivas para muchos en la isla.
Después de deambular un rato por el supermercado e ir comprando los productos necesarios llenamos tres carritos. No cabía en mi cabeza lo que estaba viviendo, para una familia en Cuba basta con una jaba de yarey (cesta de junco).



Aunque mi nombre completo es José Luis García Paneque, todos mis amigos y compañeros me conocen como Paneque. Soy uno de los primeros presos de conciencia cubanos liberados tras el acuerdo cerrado por la Iglesia de la isla y el Gobierno castrista. Cuando entré en prisión por ejercer la libertad de expresión en la primavera de 2003 pesaba 86 kilos; al salir pesaba 48. Ahora comienzo una nueva vida en Cullera (Valencia) junto a los familiares que me han acompañado en el exilio.
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