Los mejores restaurantes del mundo y los peores garitos de carretera
Ha sido más una celebración mediática que social o popular: nuestros grandes media son los primeros que se han alborozado por la noticia de la concesión del mejor restaurante del mundo a los hermanos Roca (Celler de Can Roca). Tanto que incluso se ha difuminado el hecho de que España haya logrado colocar otros dos restaurantes (Mugaritz y Arzak) entre el top ten mundial.
Por el contrario, Francia –al igual que Bélgica, no figura en este olimpo gastronómico con ningún representante. Y países como Italia solo disponen de una conocida Ostería. De ahí que cualquier gastrónomo ingenuo o más de un turista que nunca haya pisado territorio español pudiera pensar que esta elevada cualificación de los chefs españoles se extiende al conjunto de la restauración hispana.
Pero como todos sabemos, la realidad camina por otros derroteros. Mientras que en Gran Bretaña hay que pagar una buena cantidad de dinero por comer decentemente, en Italia sucede todo lo contrario; y en Francia es muy difícil que, a partir de 25-30 euros, ofrezcan malos menús en cualquier rincón del país.
En España, sin embargo, siguen produciéndose a diario verdaderos atracos a mano armada en muchos lugares de nuestras costas, con hosteleros desaprensivos que no saben cómo recuperar los márgenes perdidos. Y bajo la etiqueta S/M (según mercado) se puede poner cualquier precio a pescados y mariscos, ofreciendo raciones de más de medio kilo de peso para un comensal. Y si alguien cree que la crisis ha desterrado estas prácticas solo tiene que darse una vuelta por Levante, Murcia, Andalucía e incluso Cataluña.
Ahora bien, donde realmente destacamos en Europa es en nuestros restaurantes de carretera, un enigma muy complicado de resolver. Podemos preguntarnos qué han hecho en todo este tiempo administraciones autonómicas como las de Andalucía, Castilla La Mancha o Extremadura, por citar algunas de las rutas que frecuento a menudo, para que ciudadanos españoles y foráneos tengamos que merecernos esos antros, donde anidan, y por este orden: la suciedad, los encargados mal encarados, la comida bazofia y los precios abusivos para tales condumios.
Otro de los grandes enigmas es saber cómo es posible que el estado de los servicios pueda pasar una inspección de sanidad. O como sus menús y la calidad en la atención al cliente –con esa cara de perdonavidas de encargados y camareros- sean tan deficientes, después de los muchos millones de euros que nos hemos gastado en la creación de tantas escuelas -y hasta titulaciones universitarias- de hostelería.
Nada nos gustaría más que conocer a qué se dedican los probos funcionarios de sanidad y consumo que parecen no inspeccionar estos tugurios. Y en que emplean sus recursos y el tiempo de trabajo los encargados en las consejerías de trabajo para no formar debidamente a hosteleros y empleados del sector en una atención moderna, eficiente, con un servicio del siglo XXI, y a plena satisfacción de cualquier cliente.
Si uno lee a George Borrow, “don Jorgito el inglés”, aquel vendedor de biblias que dejó un retrato impagable de la España del XIX, y se detiene con fruición en la descripción de la calidad de sus ventas y de los alimentos en ellas despachados –sobre todo del río Tajo para abajo- observará, salvando algunas distancias, que en los dos últimos siglos hemos avanzado muy poco en la apreciación de nuestros colegas comunitarios. Pero por aquel entonces no pagábamos con nuestros impuestos a personal alguno de la administración para que velase por los intereses de los consumidores.
José Vicente García Santamaría
Comentarios recientes