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Cuando el low-cost se transforma en una cutrez y un peligro

26 agosto 2012 - 12:46 - Autor: lainformacion.com

A un sociólogo se le podía ocurrir que el low cost ha pasado de ser una excelente idea empresarial a convertirse en sinónimo de cutrez, y que refleja inevitablemente el destino de una sociedad europea condenada a la desigualdad.
Aunque poco patente en España, que cuenta con una sociedad menos estratificada –o menos clasista-que la británica, las diferencias de precio, implícitas en estos servicios, establecen también diferencias de clase, y, por tanto de diferentes comportamientos hacia sus usuarios.
- El hecho de alojarse en un hotel barato, del tipo Travelodge, Premiere Inn o equivalente, no debería significar que los empleados tratasen con escasa educación a los clientes, o que la limpieza del establecimiento dejase mucho que desear.
- Se ha perdido cualquier atisbo de cortesía –eso que nuestros padres llamaban “buena educación”- con los clientes. En muchos hoteles y aerolíneas europeas un trato mínimamente amable se reserva para la categoría de hotel de cuatro estrellas o superior y de vuelo regular.
- Claro está, el comportamiento de muchos usuarios de no poner trabas a las deplorables prácticas de estas compañías ayuda a perpetuar este estado de cosas: hay gente que acepta sin miramientos que por haber comprado un billete barato se puede llegar a pisotear todos sus derechos como consumidor y conducirla como una manada de borregos; o bien, a alojarse en unas instalaciones hoteleras que, a duras penas, deberían haber pasado una inspección sanitaria.
Por ejemplificar: cuando el pasado 15 de agosto, y en vuelo de Ryanair de Manchester a Madrid, el avión sufrió una demora de tan sólo cinco horas, la compañía irlandesa tuvo la deferencia de proporcionar un vale de cuatro euros a cada pasajero para que pudiera solazarse a gusto en el restaurante. Pero, no contenta con este detalle tuvo también la ocurrencia de enviar pocos días más tarde un correo electrónico a todos los pasajeros del avión para pedirles excusas por un retraso, “impropio de ellos”, y aconsejarles –¡para partirse de risa¡- que si tenían un seguro contratado reclamasen a esa compañía –no a la suya- los perjuicios que pudiera haberles causado la llegada del vuelo a Madrid a las tres y media de la madrugada.
Me pregunto cada vez que sufro algunas de estas demoras, o cuando te retienen en el finger (porque les da la gana, aunque le echen la culpa a AENA) más de quince minutos, sin aire acondicionado, y a no menos de 45 grados de temperatura ambiente, cómo debemos actuar ante este tipo de comportamientos.
Lo primero, es que resulta harto complicado ponerse a la altura de una parte del personal de Ryanair y de otras compañías similares. He visto a un policía sueco sorprenderse por la falta de escrúpulos y el grosero comportamiento del personal de la compañía irlandesa, a la caza de unas españolas de mediana edad que habían cometido la osadía de llevar un equipaje de mano “inadecuado”.
Y digo que resulta difícil, porque la protesta cortés y amable no funciona nunca. Y claro está, tratar de ponerse a la altura de algunos de estos empleados -jóvenes pero con el colmillo sobradamente afilado- no sólo es una tarea desagradable sino que hace falta que la vida te haya convertido en un personaje sumamente correoso. Y ya les digo, por experiencia propia, que esa condición no se adquiere generalmente, hasta que uno no ha llegado por lo menos a la cuarentena.
Y por referirnos al pintoresco papel de Michael O´Leary, presidente de la compañía, y uno de los personajes clave de los programas de humor británicos, sólo ahora cuando ha parecido estar en peligro la seguridad de sus aviones y, por consiguiente, la vida de los pasajeros, se ha dignado comparecer ante los medios de comunicación españoles. Eso sí, para decir ante todo que a su compañía no hay quién la regule en España.
No me extraña, por tanto, que algunas de estas compañías de espabilados piensen que los españoles somos “a piece of cake”. Casi nadie reclama, casi nadie les lleva a los tribunales; ninguna autoridad de aviación civil interviene para poner en orden en estas vejatorias e incluso peligrosas prácticas. Y además, les riegan con subvenciones…
Está claro que, como decía Alexander Solzhenitsyn, “de la oveja mansa vive el lobo”.
José Vicente García Santamaría

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