La depresión de la Comunidad Valenciana y el diván del psicoanalista
Hasta no hace mucho tiempo, me desplazaba con cierta frecuencia a Italia. Y de manera invariable, cada vez que tomaba el vetusto tren de Roma a Perugia, siempre había algún viajero que al identificarme como español se me acercaba –con esa espontaneidad tan meridional- para disculparse por el espectáculo que estaba dando la Italia de Berlusconi.
Tengo una sensación parecida cada vez que por motivos de trabajo viajo últimamente a la Comunidad Valenciana. Al contrario que en Italia, nadie te aborda en el Alvia o el AVE, ni en ningún foro público, pero en la “intimitat” de un café, una comida, o en una charla siempre acababan planteándote la misma pregunta: “¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí?”.
Porque gente de diferentes colores políticos son conscientes de que en poco tiempo han pasado de ser la envidia, e, incluso el espejo donde mirarse de buena parte de España, a convertirse en la metáfora más acabada del despilfarro español. Y piensan que la Fórmula 1 o la vela también han tenido acogida en otras comunidades, que su televisión autonómica no es la única que está endeudada, y que la construcción de grandes hitos arquitectónicos se ha repetido en otros lugares de España.
La conmoción por lo que antes era una tierra de promisión, afecta por tanto a una amplia capa de la ciudadanía. Y como las imágenes nunca suelen ser del todo falsas, al decir de los más perspicaces teóricos de la comunicación, no hay más que dar un repaso a los diarios valencianos de un solo día para comprender este estado de ánimo.
Así, podemos encontrar publicados casos tan llamativos como los del promotor inmobiliario, Enrique Ortiz, que se siente atacado en su honor porque una diputada autonómica le ha tachado de corrupto. Enrique Crespo, vicepresidente de la Diputación de Valencia y expresidente de Emarsa, se ve obligado a presentar su dimisión, pero alega no saber nada sobre el funcionamiento de esa empresa pública. El expresidente Camps para superar a Cataluña como tierra de eventos firma horas antes de dimitir una claúsula que ampliaba de forma automática el número de ediciones de la Fórmula 1. Una manifestación de trabajadores de Canal 9 protesta por la contratación externa de tres programas que costaron alrededor de 600.000 euros, cuando se les amenaza con que dos tercios de ellos acabaran en la calle. Hacienda destapa delitos fiscales en la visita del Papa a Valencia. La prensa de Castellón se lamenta porque la provincia pierde turistas extranjeros al no poder disponer de su aeropuerto. Y una manifestación de profesores de secundaria en Vinaroz, intenta llevarles la contraria: “el nostre pressupost está a l´aeroport”.
Por si esto no fuera todo, las secciones de economía anuncian que el año ha comenzado con 540 parados más cada día, y su cifra total supera el medio millón de personas en la Comunidad. E incluso el otrora potente sector azulejero castellonense ha bajado su facturación anual desde los 4.200 millones de hace cinco años a los 2.500 millones actuales, porque tres de cada cuatro azulejos se venden ya fuera de España.
La nota de color la pone, sin embargo, el presidente de la Generalitat, que anuncia la asistencia al congreso del PP en Sevilla con su “código ético”; mientras que la nota relajante y distante, incluso “indie”, lleva el sello de Antonio Luque, alias señor Chinarro, que esa misma noche actúa en Valencia: “yo no tengo la culpa de que muchos no hayan pasado del BUP y sean incapaces de entender las letras de mis canciones”.
Claro que también hay alguna gente que se toma esta situación con una socarronería especial. Hay ya algunas parodias célebres en diferentes televisiones locales sobre el famoso: “te quiero un huevo”. Y otras chanzas sobre la falta de visión de ese valenciano universal que fue Luís García Berlanga al rodar su penúltima película: “Todos a la cárcel”.
Así que comprendo a mis amigos valencianos, muchos de los cuales han hecho estupendas cosas para mejorar la cultura, la universidad, la medicina o la economía de esa Comunidad. Y, lógicamente, me hago cargo de su abatimiento. Pero tal vez sea conveniente hacer de nuevo un diagnóstico correcto de la situación. Y para ello, nada mejor que empezar, como diría Pierre Rey, discípulo de Lacan, porque el paciente afectado comience por reconocer los síntomas neuróticos que le han llevado hasta el diván del psicoanalista. Solo así, será capaz de comenzar su curación.
José Vicente García Santamaría
No hay comentarios
Deja tu comentario
Puede seguir esta conversación suscribiéndose a la fuente de los comentarios de esta entrada.
¡Anímate a ser el primero en dejar un comentario!