Spanair, las víctimas del MD-82 y la seguridad aérea
Ahora que se encuentra de moda el sintagma low-cost-seguridad parece que es el momento idóneo de volver a recordar las amargas experiencias de la catástrofe del MD-82 de Spanair, que dejó el 20 de agosto de 2008 un total de 154 muertos en el accidente sucedido en Barajas.
Al contrario que algunas líneas aéreas norteamericanas, afectadas por el 11-S, Spanair cometió algunos errores muy graves en la gestión de esta crisis: ningún apoyo por parte de unos trabajadores maltratados y sometidos a un ERE; poca empatía con los familiares de las víctimas; deficiente elección de portavoces, y directivos escondidos e incapaces de encarar los hechos.
Sin embargo, y no se sabe si por arrogancia o simple mendacidad, los dirigentes de Spanair no aprendieron nada de las consecuencias de este accidente. Tres años y medio más tarde, el pasado 27 de enero –y después de que la Generalitat aportase generosamente 140 millones de euros para sostener a una línea aérea clave para Cataluña-, la compañía -ya en quiebra- dejó sin vuelos a 22.770 personas, mientras que 4.000 trabajadores quedaron en el más absoluto desamparo. Una sensación terrorífica que coincidió con el cese repentino de su actividad on line y el cierre de sus perfiles en las redes sociales.
El casi anunciado final de la compañía, propiedad de SAS, no representó seguramente ni tan siquiera un pobre consuelo para la asociación de afectados del vuelo JK-5022 de Spanair. Esta asociación, formada mayoritariamente por supervivientes, familiares y amigos de las víctimas apenas gozó de visibilidad hasta este verano. Como ha pasado en otros ámbitos muy cercanos y dolorosos de nuestra historia reciente, a las víctimas apenas se las escuchó, y, más allá de algunas buenas palabras, ni tan siquiera fueron objeto de atención mediática (solamente es preciso recordar la rueda de prensa ofrecida por una de las supervivientes, Beatriz Reyes).
Recuerdo que su Presidenta, Pilar Vera, me envió un e-mail el pasado año exponiéndome algunas de estas preocupaciones, que se resumían en que no podrían vivir en paz hasta que no cumpliesen su deber de conocer toda la verdad de esa tragedia. Y así, de manera encomiable han seguido luchando contra poderosas fuerzas, no solamente para exigir responsabilidades sino también para que “volar sea más seguro para todos los usuarios de avión”.
Si algo bueno ha traído esta enorme crisis económica, pero también de valores, es que ha devuelto a los españoles una parte de la sensibilidad que habían perdido durante tantos años de ensimismamiento colectivo. Y han comenzado a aparecer y transformarse en “visibles”, riadas de ciudadanos que eran sistemáticamente desechados por la preagenda informativa. Algo se está moviendo en España. Así que, de manera un tanto optimista me atreveré a contradecir a Javier Marías, cuando afirmaba que la sociedad española no estaba acostumbrada a pasar facturas porque suponía que nunca le serían pagadas.
José Vicente García Santamaría
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