Peras al Neymar
Valga por olmo. A mí me vale. Es un error capital pensar que las habilidades casi circenses de un chaval de Mogi Das Cruces deben ir acompañadas de similar capacidad intelectual. Eso nunca pasa. En ninguna de las dos direcciones, por cierto.

Que Neymar haga chorradas de tanto en cuando es algo normal. La edad no entiende de regates. Que la frecuencia de sus excentricidades se multiplique, tiene que ver con la atención desmedida que se le presta.
Eso y los fajos de billetes que se amontonan a su puerta cada mañana.
Debe ser difícil no creerse especial. Superior. Casi intocable. Lo pienso y hasta la cresta me parece pequeña.
El problema es meter ese cóctel de hormonas, egos, presunciones y gamberradas juveniles en un vestuario que está aprendiendo el valor de la disciplina.
La idea de Mourinho no tiene nada de novedoso, lo complejo es trasladarla a un campo de fútbol. Se trata de centrarse en el trabajo con dedicación franciscana y buscar de forma enfermiza el equilibrio entre talento y fuerza. Rapidez y destreza.
Mou quiere carteristas. Gente que robe y huya sin hacer apenas ruido. Neymar tiene buenos fundamentos para ello.
Sin embargo, dudo de sus ganas. Es pronóstico prematuro y falible, pero es el que se puede hacer viendo a Neymar.
Una de las claves para que los equipos grandes funcionen es alejar el ruido de sus vestuarios. Nada de estridencias ni distracciones. Como lo que hacen los Marines en las películas pero con un balón por medio.
Ahí es donde Neymar me hace dudar. Pocos años y ese aire despreocupado y burlón tan brasileño que ha convertido a enormes talentos futbolísticos en iconos de discoteca antes de tiempo. Y todo sin varita.
Empiezo a pensar que le pedimos peras al Neymar. Menos cresta, menos bicicleta, menos samba…






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