No es desconocido para nadie que la pasión con la que se vive el Barça en Cataluña es especial. Algo casi fisiológico, digo. El Barça duele y cura con igual intensidad.
Lo veo como algo bueno. Me importa un comino si es producto de la manipulación política de décadas o algo generado espontáneamente para liberar tensiones. Cada uno vive sus aficiones como quiere.
En los últimos años el F.C.Barcelona ha ganado casi todo lo ganable. Ese torrente de felicidad y hermanamiento culé ha traído consigo una cara B que nadie quiere ver en Barcelona.

Mi diagnóstico tiene que ver con la ausencia completa y total de autocrítica en todo lo concerniente al Barça.
Es entendible que lo conseguido atenúe muchas de las discrepancias que se generan en torno a un equipo de fútbol. También cuenta el fervor de ver a tanto canterano en primera línea mundial y a un catalán catalanista al frente de todos.
Si encima el líder espiritual es educado y astuto…
En estas, la prensa lleva años rivalizando para ver quién es más del Barça y quién tiene mejor pedigrí.
Las críticas son sepultadas y los adversarios se confunden con enemigos.
La imposibilidad de vestir una camiseta del Real Madrid en la grada del Camp Nou es un ejemplo de lo que digo. Ayer nos lo enseñó Cuatro pero yo lo había visto antes.
Pasa pero parece que no pasa. Se mira para otro lado. Voluntariamente, me refiero.
Un servidor lleva asistiendo a todos los clásicos en Barcelona de los últimos años. Son visitas laborales, aunque muy bien iría en viaje de placer.
La noche del sábado, si no es por un cámara de Mediapró y mi compañero Migual Angel Olaya de GolTV USA, me hubiera vuelto a Madrid con algún hueso de menos, en el mejor de los casos.
Seguidores exaltados que te arrinconan, amenazan e insultan mientras trabajas e incluso señores de aspecto formal que vacían su cargador verbal. Algo tan desagradable que se hace difícil de entender y por supuesto de olvidar.
Es anécdota, lo sé. O igual no. Si es imposible vender una camiseta del Real Madrid en las afueras del Camp Nou, si es inviable vestir de blanco en la grada y si el periodismo se convierte en profesión de riesgo cuando el visitante es el Real Madrid, entonces igual la anécdota es que no pasen cosas más graves.
La reflexión está en el tejado blaugrana. No todo vale en el fútbol. Los niveles de hostilidad del Camp Nou son impropios de una sociedad pionera en la protesta ante el pensamiento único.
El equipo puede jugar bien o mal. Los jugadores pueden ser de Zimbawe o todos de La Barceloneta. Sin embargo, el camino elegido por muchos para encauzar el sentimiento culé en el Estadio cruza la línea roja muy a menudo.
Claro que, no sé de qué me extraño. El simple hecho de contar esto, vivido en primera persona, desatará la habitual colección de insultos de los abducidos.
El sábado me libré por los pelos. El próximo día alguien caerá. Entonces llegarán con la excusa aquellos que voluntariamente han eliminado la autocrítica de la sociedad catalana. Tiene mal arreglo. Está demasiado a mano el argumento escapista de que sucede en más estadios. Se justifica un robo alegando que se roba en muchos sitios, lo cual es tan cierto como que no hay un sólo campo en Europa en el que los comerciantes no puedan vender bufandas o camisetas del rival.
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