No me gusta
No me gusta que el fútbol sea un negocio sin alma, pero lo es. No me gusta que los directivos sigan gestionando pensando siempre que alguien lo pagará, pero lo hacen.
No me gusta que los entrenadores primen lo racial sobre el talento y se encastillen en discursos tribales que suelen ir contra el sentido común, pero pasa.

No me gusta que los jugadores –teóricamente la parta más sana del invento- exhiban su egoísmo sin disimulo.
Que se comporten como trileros en el césped y que luego ejerzan de iconos de videojuego en sus coches de fábula, pero lo hacen.
No me gusta que los campos estén cada vez más vacíos porque, mientras la gente apenas tiene para llegar a fin de mes, los precios de las entradas rivalicen con los del Metropolitan Opera House, pero sucede.
No me gusta que los árbitros jueguen a ser víctimas cuando su realidad se desarrolla entre coches de alta gama y restaurantes impagables, pero ocurre.
No me gusta que parte de mi profesión airee la bufanda con tal energía que nos arrastre a casi todos, pero –esto definitivamente sí- pasa.
No me gusta la pendiente por que la descendemos, donde el cinismo se apodera de todo y el deporte apenas aparece.
No me gusta cuando Mourinho decide mostrar su peor versión. Ni cuando Guardiola nos engatusa con su verbo cariñoso. Ni siquiera cuando Ronaldo se deja llevar por la ira que tanta gente le muestra, pero todo esto pasa.
Por pasar, resulta que hasta Messi se queja de los árbitros. Eso sí, al estilo Barça. Digo sin decir y me quejo sin quejarme. Primero les meto un meneo y les llamo soberbios y chulos y luego pliego velas.
Hay una cosa que sí me gusta: saber que cartas lleva cada uno. Después de escuchar a Messi, me hago una idea.









Comentarios recientes