Rosell
Hace algo más de una década me llamó gratamente la atención una película de Barry Levinson sobre un guión del genial David Mamet: “La cortina de humo” (Wag the dog).

En ella, el presidente de Estados Unidos no duda en montar una guerra ficticia para desviar la atención sobre su patética situación doméstica.
Pasados los años, hemos comprobado la validez de aquello de que “la realidad supera a la ficción”, pero esa es otra historia.
Viene esto al caso de la excursión del presidente Rosell, que decidió, tras varios renuncios, echarse por fin al monte. Dijo que iba a decir y terminó diciendo.
Hasta ahí no hay lugar para la sorpresa. Nada más esperado que algo anunciado.
Lo que no se esperaba es que Rosell llegara hasta ciertos límites en su discurso. Que entrara a valorar de forma tramposa el triste affaire del dopaje que en su día él mismo dio por zanjado, por ejemplo.
Aquí, es obligado recordar que el Real Madrid jamás dijo que el Barcelona se hubiera dopado. Por tanto, no vale tratar de hacer pasar por cierto que lo no lo es.
Pero por encima de los detalles del discurso presidencial, me llamó la atención que lo planteara como un asunto entre buenos y malos, donde obviamente los buenos van de azul y grana.
Un día después, la pataleta de Rosell tiene otro color. Superada la sorpresa inicial, te das cuenta de la trampa.
El discurso fue estrategia, no sentimiento. Fue intención, no pasión. Una maniobra de distracción de consumo interno que tenía como únicos fines apaciguar las ganas de camorra del sector culé más extremista y, sobre todo, alejar las miradas de ciertos asuntos domésticos que están minando la popularidad de Rosell en el último mes.
De otra forma no se explica que se aproveche una época de entreguerras, un periodo de cicatrización, para discutir lo discutido y debatir lo debatido.
Me atrevo con un consejo: la próxima vez, que le pidan a Mamet que escriba el guión. Esta cortina tiene poco humo.





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