Cada noche, decenas de voluntarios de Solidarios recorren Madrid para ofrecer el calor de un café y de una conversación a cientos de personas sin hogar. Hemos acompañado a Toni, Jesús y Conchi en su ruta nocturna por la zona de Principe Pío.
Son las 8 de la tarde, en la puerta del edificio de Cantarranas, en la Ciudad Universitaria de Madrid, Fátima y Berta, escuchan a Julián, coordinador de voluntariado en Madrid de las rutas de las personas sin hogar. Julián explica una de las claves del trabajo que van a hacer en la calle: escuchar, comprender, no se trata de salvar el mundo, se trata de hacerles sentir personas. De eso sabe mucho Toni, electricista, 54 años, que lleva desde el 2001 haciendo la ruta de Principio Pío cada martes.
Lo que intentamos es que la persona que está en la calle se sienta persona los 10 minutos que vas a estar con ella, de ahí la importancia del asunto. Nadie va a salir de la calle si no se replantea su vida, s ino se pregunta porqué, quién soy, qué hago. Nosotros estamos para que tomen conciencia de su vida y eso se hace dialogando con normalidad.
A las 9, Toni, Concha y Jesús, ya han preparado el café, el cacao y el caldo (la excusa para acercarse a las personas sin techo), lo han metido en los termos y están listos para empezar el recorrido que les llevará desde la Avenida de Valladolid hasta el Viaducto. Les acompaño como un voluntario más, integrado en el grupo, sin ejercer “formalmente” de periodista.

Toni, voluntario de la ruta Sin Hogar de Solidarios
Es la tercera vez que hago este recorrido con voluntarios de Solidarios, en las otras dos me identifiqué como periodista y muchos indigentes se sintieron incómodos, objetos morbosos para la prensa. A Jesús y Concha tampoco les hace mucha gracia, sobre todo porque a veces intentamos que nos cuenten toda su vida, todos los detalles, su proceso de desintegración, en apenas 5 minutos. Y , además, queremos la foto perfecta, queremos robar imágenes, quitarles algo de la dignidad que todavía les queda. No será el caso de este post, os invito a acompañarme como un voluntariado más.
Empezamos la noche en el parking del Centro Polideportivo Municipal de la Bombilla. Allí ejerce de aparcacoches Emilio, unos 50 años, piel curtida, bien vestido y bien entonado ya a estas horas, bromea con Toni, se comporta, a ratos, como un chaval. Un café y empieza la conversación. “¿Cómo estás? ¿Alguna novedad? ¿Cómo va el negocio?… ”. Nos vamos. En el coche, de camino a una nueva parada, Toni conduce y habla.
No se puede hacer asistencialismo. El asistencialismo lo tiene que hacer la Administración, porque un ser humano tiene los derechos de ser atendido. Si fuéramos asistencialistas, perderíamos lo que hemos conseguido, nos verían como “El conseguidor”, no te verían como a un voluntario. El señor del Samur Social tiene poder sobre las decisiones que les afectan, le puede o no conseguir plaza de albergue, por tanto no va a existir una relación de tú a tú.
El trabajo de los voluntarios de Solidarios consiste, sobre todo, en el acompañamiento. Como decía antes, el café es la excusa para dialogar, para acercarse a las personas sin hogar. Se les acompaña y se les orienta e informa sobre los recursos que tienen a su disposición (albergues, comedores…), pero siempre sin caer en la caridad o en la asistencia.
Todos caemos, alguna vez, en esa parte asistencialista, sí he caído, lo que pasa es que el tiempo te va enseñando. Uno empieza y empieza con ¿qué hay que traer? Mantas, bocadillos…, pero uno va aprendiendo. Los nuevos voluntarios no se lo creen hasta que lo van viendo. En un principio cuando conoces a alguien nuevo, te tantea, te pide ropa, dinero… No pasa nada, eso sí, dinero nunca. Ropa, no pasa nada, pero teniendo en cuenta que no eres un ropero, si pierdes eso, cambia la percepción que tienen de ti.
Estamos en el Manzanares, al lado de la clínica Moncloa, debajo del puente que cruza el tren que lleva de Principe Pío a la zona noroeste de Madrid. Pietro, rumano, de unos 50 años, mientras pela un cable de cobre, dice que el lunes se va a Rumania, en autobús, que no hay trabajo y que el cobre, el acero, etc, se paga muy barato. A su lado, un chico croata que no pasará de 20 años refugia su cara debajo de una gorra de béisbol, acepta un café y afirma que no es muy hablador. Simon, búlgaro, se acaba de levantar, lleva tiempo en España, desde su colchón charla con Toni sobre el pelo y cómo el polvo de cemento hace que se le caiga. ¿Qué significa para Toni este voluntariado?
Es mi forma de cambiar el mundo. Además, es el sitio donde cargas las pilas. El voluntariado le aporta más al voluntario. Un porcentaje de las personas que hacen voluntariado viene por temas de carencias personales, emocionales, problemas familiares, etc
Seguimos camino y en Comandante Fortea nos encontramos con Enrique, 65 años, al lado de un local de Falange Española “Me suelo largar para que no me vean al salir”. Enrique cumple con el estereotipo de indigente: melena, barba, ropa muy sucia, mal olor… Nos lleva hasta su compañera María porque, dice, está un poco floja.
Los rasgos de María revelan que, antes, antes de pasar por la calle, era una mujer muy guapa, ojos azules, nariz pequeña respingona, cara redonda. Según cuentan Toni, Conchi y Jesús, a veces, Enrique, tiene la mano muy larga, pero parece que se sobrellevan y se hacen compañía. En la calle, se hacen parejas de “conveniencia” porque la soledad es muy, muy dura.

Toni, Jesús y Conchi, en el Viaducto
En el templete del Parque de la Bombilla, donde en unos días se celebran las fiestas de San Antonio, volvemos a encontrarnos a Emilio (el aparcacoches) y descubrimos a una pareja muy joven, apenas 25 años. Ella, Marisol, nos cuenta cómo hace unas semanas murió, abandonado, en un banco del parque, José Augusto, un compañero toxicómano, que acababa de salir del hospital y que, después de no ser aceptado en un centro municipal de acogida para drogodependientes, murió esa misma noche. Toni se cabrea, no entiende por qué el Samur Social no gestionó con el centro el ingreso. Sobre todo le molesta que nada haya salido a la luz. ¿Es posible la reinserción de las personas que están en la calle? Toni:
Supuestamente la gente puede salir de la calle. Nosotros vemos, en general, a los que no salen. Hay gente que hemos visto esporádicamente que han tocado calle y han desaparecido, había un problema de red social, pero su situación no se había convertido en crónica y han terminado saliendo. Pero cuando llevas 30, 15 o 20 años en la calle, estas personas, en algún momento, se podrán socializar, pero lo que se dice integrar en la sociedad nuevamente…
Son las 23:00 de la noche y estamos en la última parada, en el Viaducto. La noche ha refrescado bastante, en cualquier caso, nada que ver con los meses de noviembre – enero, la “campaña del frío”, esa en la que si cabe, la compañía y un café caliente son todavía más necesarios. Bajo el viaducto, en el lado más próximo a la calle Mayor, duermen varios subsaharianos. Dos de ellos, jóvenes, quieren charlar, tomar un cacao y unas galletas, el fútbol siempre es un buen tema para establecer contacto, comentamos el partido Barca – Manchester y Jesús y Conchi se quedan con sus nombres.
En el otro lado del viaducto, al lado de la terraza de un bar de moda, varios marroquíes están a punto de dormir, Toni bromea y cuenta anécdotas varias; Jesús se interesa por Rachid, un chico de unos 20 años, que está en paro, pero que demuestra interés por salir adelante. Mientras, Conchi me cuenta que hace un par de meses, en una riña callejera mataron a Younes, un chico al que tenía cariño, “Hermana, me llamaba”, dice Conchi. A las 23:55 se apagan las luces que iluminan el Viaducto, nos despedimos de Rachid y los demás, ha terminado la ruta.