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Anatomía de Piruleto

22 enero 2010 - 1:26 - Autor:

“No soy Fernando, soy Piruleto”, es lo primero que me dice Fernando Martínez Alvite en la puerta del Hospital Niños Jesús, en Madrid. Piruleto está esperando, hoy tiene cinco ingresos de chavales y él será el anfitrión, les recibirá y acompañará a su habitación. El objetivo es que el primer contacto del niño y de la familia con el hospital no sea muy traumático. A las 18 llega Jesús, 18 meses, acompañado por su padre y su madre. Piruleto empieza su juego “Bueno, ¿quién ingresa? Tú (señala al padre) pues vámonos a la habitación”. Jesús está asombrado, asoma una sonrisa mientras mira sin parar el manguito que Piruleto tiene en el brazo.

Piruleto en la puerta del Hospital Niño Jesús

Piruleto en la puerta del Hospital Niño Jesús

Fernando lleva 14 años ilusionando a los enfermos del Niño Jesús y del Doce de Octubre. Desde el 2005 lo hace como Piruleto. En ese año fundó la asociación El Circo de Piruleto, que hoy cuenta con 58 voluntarios. Fernando, 39 años,  informático, dedica dos tardes a la semana a su personaje ( y muchas noches a llevar la gestión de la asociación, que no tiene ningún patrocinador/financiador).  Afirma “estar enganchado”.

Yo recibo infinitamente más de lo que doy. Entro en una habitación y veo cómo a un niño le cambia la cara con un simple juego de magia, eso es tremendo. Hay días que no puedes salir por la puerta de lo ancho que vas.

La historia de Fernando es excepcional. Con 13 años estuvo en el Ramón y Cajal tres meses, sufría un tumor cerebral.  La operación o la biopsia, no lo tiene claro, le transformó. Entró siendo un niño muy tímido, que no salía de la habitación, haciendo sopas de letras todo el día y, tras la operación, era otro, iba de habitación en habitación, quería hablar con todo el mundo, saltar, jugar, compartir.

No sé porqué. También, después de la biopsia, me tocaron el nervio óptico y soy estrábico y tengo doble visión. Igual que me tocaron el nervio óptico, me debieron tocar el de la sensibilidad.

Fernando sabe por experiencia que la actitud de los padres cuando un niño ingresa es fundamental. Afirma que la mayoría no paran de sonreír y de mostrarse tranquilos mientras están con su hijo, aunque luego, algunos, al salir, se derrumban.

Yo estuve ingresaso tres meses y siempre vi sonreir a mis padres. Luego me enteré de que mi madre, cada vez que salía de la habitación, se ponía a llorar.

Fernando, al igual que contaba El cocinero de los cuentos, tiene muy claro que, con los familiares, antes escuchar que hablar.

No soy psicólogo, antes alguna vez cometía el error de dar esperanzas, pero tampoco puedes, no puedes decir “No te preocupes, que todo va a salir bien”, porque no lo sabes. Desde hace años no hago pronósticos.

Su primer contacto con la realidad de los hospitales fue con 13 años y su primera experiencia de voluntariado y acompañamiento llegó a los 17. El padre de un amigo conoció en la UCI del Ramón y Cajal a un chaval gallego, Bertín, que tenía un tumor y estaba muy asustado. Le pidió que fuera un día a charlar con él, a contarle su experiencia, a darle aliento. Fernando se encontró a un chaval postrado: al tratar de extirpar el tumor le dejaron prácticamente parapléjico, no podía mover el cuerpo, solo los ojos y apenas respirar, porque tenía una traqueotomía.

Yo no me esparaba eso. Fui un día y no pude dejar de ir (fue a verle dos veces a la semana durante un año). Fue asombroso cómo remontó, consiguió rehabilitarse y el último día, antes de irse, estábamos bailando.

A Bertín se le reprodujo el tumor y falleció poco después. Fernando lleva mucha tralla encima, muchos años de vivencias y experiencias, y se nota. Habla con tranquilidad y demuestra recursos con cada nueva familia que llega al hospital. Acompañamos a Daniel, un niño de 5 años que viene de Segovia con sus padres. Piruleto les cuenta los servicios del hospital (teatro, juegos…)  y antes de entrar al ascensor, se estampa contra la pared, Daniel ríe.

Lo importante de un voluntario es que tenga soltura y recursos, porque en las visitas por habitaciones no sabemos la edad, ni la enfermedad, ni qué te vas a encontrar… Al principio puede impresionar, por eso les digo que consideren la enfermedad como una cualidad del niño. Igual que tiene un lunar, tiene una cicatriz.

Los voluntarios realizan las acogidas. Y es evidente que para cualquier niño es más agradecido encontrarse a un payaso o a una vaca (otro de los personajes de la asociación) que a un señor vestido con una bata blanca (con todo el respeto para los celadores). Mientras charlamos en los pasillos, un padre se acerca a Piruleto y le pide si puede pasar por la habitación de su hija.  Piruleto no deja de asombrarse ante la capacidad de los niños para sobreponerse a su propia enfermedad e, incluso, bromear sobre ella.

Un día iba con un chaval, oncológico. Le llevaba su padre en una silla de ruedas porque le habían amputado la pierna por debajo de la rodilla. Yo iba con el martillo de jueguete y de repente, al ir a darle, me dijo “dame aquí (señalando donde no tenía pierna)” di en la silla y comenzó a reír “No me has dado, no me has hecho daño”.

Es una suerte saber que si, algún día, tengo que llevar a mi hija al Niño Jesús, me estará esperando Piruleto y su Circo.

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Durante más de 100 años la comunidad científica mantuvo un intenso debate sobre el origen y significado del altruismo hasta que en la década de 1.960, el biólogo William D.Hamilton creó una fórmula matemática que relacionaba el altruismo con el grado de parentesco entre el que da y el que recibe. Desde aquí nos proponemos poner a prueba esa ecuación al mismo tiempo que descubrimos a personas e iniciativas que luchan por sacar adelante causas sociales.

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