VIH en un cuento de hadas
Es como un cuento de hadas. Un príncipe en apuros, consumido por las drogas, el VIH, la vida en la calle… es tocado por la varita mágina de un hada madrina. Ella es Gloria Iglesias; él, Antonio Marqués Cardoso. Este es el cuento, real como la vida misma.
Érase una vez un niño que vivía en Castillo Blanco, Portugal. A los cinco años perdió a su madre y a los ocho a su padre. Él, el pequeño Antonio, se quedó a vivir con su tía, pero no era feliz. Ella sólo tenía ojos para su propio hijo y Antonio se sentía ignorado y abandonado. Así que a los trece años decidió irse a la capital, a Lisboa.
Su vida en las calles lisboetas degeneró y acabó convertido en un delincuente. Viajó hasta Madrid para vender unas armas que le habían pasado unos traficantes portugueses. Lo hizo y con lo que consiguió compró droga para venderla en su tierra. Antonio entró en una espiral sin salida.
A los 18 años se enamoró de una chica que estaba enganchada a la heroína, todo lo que conseguía se iba en droga y nunca era suficiente, así que empezó a robar en hoteles, bancos, tiendas…
No tardó mucho en caer en la cárcel y empezar a trapichear entre rejas. Perdió los nervios y la cabeza al enterarse de que la hija que había tenido con su novia había sido entregada a los servicios sociales.
Antonio se convirtió en un interno conflictivo y pasó a Primer Grado, máxima vigilancia, varias prisiones, incomunicado, solo salía una hora al patio. El trago le ayudó a rehabilitarse, tras ocho años salió limpio.
Vivió entre Barcelona y Madrid y la mala vida le volvió a conquistar. También el azar se cruzó en su camino, tuvo relaciones con una chica que le infectó con el VIH. Después llegó la tuberculosis, cuatro meses en el hospital, un año viviendo con las monjas de la caridad, la calle, la adicción, la enfermedad…
Hasta que llegamos al mes de abril del año 2000 y desde el albergue de San Isidro de Madrid llaman a Gloria, que acaba de abrir su piso de acogida.
Me dicen que me envían a Antonio, que le han dado una semana de vida y que no quiere morir allí. Me leen su curriculum, pero no me causó demasiada impresión.
Antonio fue el segundo huésped de Gloria, ya van más de 140.
No podía andar, ni tenerse en pie.
Antonio Marqués Cardoso resucitó en casa de Gloria Iglesias. Él siempre dice que fue un milagro: comenzó a comer, a andar, a recuperarse.
Gloria habla del “milagro” de la medicación. Lo primero que vigila de todos los chicos que llegan a su casa es que, si tienen VIH, como Antonio, tomen su medicación.
Gloria dice que, hoy, quizás no se muera por VIH, pero te puedes morir por las enfermedades asociadas, sobre todo cáncer de higado o hepatitis C. Por el piso de Gloria han pasado unos cuantos hombres en esas condiciones, algunos, muchos, han vuelto a la vida, otros no.
Gloria confió en Antonio.
Creí todo en él y hasta hoy. Hay quién responde a las ayudas. Antonio es un diamante en bruto, un tío impresionante.
A los cinco meses Gloria le retó a sacarse el graduado escolar. Antonio aceptó. Y lo consiguió, con notable. En el carné de conducir solo tuvo un fallo, en cualquier curso que hace, triunfa. Gloria afirma que Antonio tiene madera, sus padres eran médicos y él tiene interés por aprender y por la cultura, pero la vida no le ayudó mucho.
Antonio siempre cuenta cómo Gloria le vino un día y le dijo “Vas a trabajar de guardia de seguridad en un garaje” y él sorprendido “Pero si yo robé coches, ¿cómo voy a trabajar ahí?”. Dicho y hecho.
Antonio sigue en el piso de Gloria y no piensa irse ahora, ha habido tentativas de independizarse, pero cuando la enfermedad vuelve a azotar, Gloria siempre es un refugio.
El cuento que el destino había escrito para Antonio cambió cuando apareció Gloria Iglesias. El final no sabemos si será feliz, pero lo que sí sabemos es que existen las hadas madrinas.
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Proyecto Gloria. http://www.proyectogloria.es
La historia de Gloria fue la primera que recogió este blog. Hoy, este artículo supone el número 300 de La regla de William. Es un pequeño homenaje a Gloria Iglesias y a otras muchas Glorias conocidas y por conocer.





