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Google+ y la cuestión de privacidad

19 julio 2011 - 6:00 - Autor:

Google+, el que parece ser el intento definitivo de Google por entrar en el mundo de las redes sociales, está ya entre nosotros y, aunque se trata de una versión en modo de prueba del servicio, permite intuir una clara apuesta de Google por la gestión de la privacidad como valor diferencial del proyecto.

Tras sus fracasos pasados en el mundo de las redes sociales, la empresa de Mount View no podía permitirse lanzar al mercado un producto que no tuviese algo que lo diferenciase del resto de redes sociales. Y ese valor añadido lo ha encontrado en la privacidad, no entendida ésta como la protección absoluta del usuario, sino como un elemento intuitivo y fácil de configurar, a través de un sencillo sistema de círculos.

Como digo, Google+ no es un proyecto de bondad que no vaya a hacer lo que hacen otras redes sociales con nuestros datos e información, sino que apuesta por un modelo conocido en otros ámbitos como el privacy by design, algo así como privacidad a medida. En efecto, los términos de privacidad de Google+ son tan escuetos como claros, Google podrá recabar y utilizar la información del usuario para una finalidad tan amplia e indefinida como “proporcionar una mejor experiencia al usuario”. Dicho esto, dicho todo.

Pero si por algo destaca el proyecto es precisamente por esa apuesta por la privacidad a medida que supone el sistema de círculos. Dicho sistema permite al usuario ubicar a sus contactos en uno o varios círculos -por ejemplo, círculos de amistades, de conocidos, de colegas de trabajo, etc.- y asignar un nivel de privacidad distinto a cada uno de ellos. La ventaja del modelo se produce a la hora de compartir contenidos, puesto que de manera muy sencilla se da al usuario la opción de decidir qué y con quién comparte sus comentarios, sus enlaces, sus fotografías o sus videos. Ésa es la mejor baza de Google+, los círculos nos permiten ser más selectivos al compartir nuestro mensaje.

De igual manera que en la vida ordinaria compartimos nuestra información en función del interlocutor, los círculos de Google+ crean la infraestructura necesaria para recrear los grupos existentes en el mundo offline. Es cierto que no es la primera vez que esto se hace; Facebook permite distinguir grados de privacidad (todos los usuarios, amigos de amigos, amigos y listas), Twitter permite decidir si todo es público o todo es privado; pero Google+ implica un paso más en la privacidad a medida por lo sencillo que resulta elegir el destinatario de cada mensaje.

Se ha dicho de Google+ que nace con la difícil tarea de desbancar a Facebook de su hegemonía mundial en el mundo de las redes sociales y ésa no es fácil tarea. Para ello Google ha adoptado ese innovador modelo de gestión de privacidad que aporta un diferencial frente a los sistemas conocidos. Sólo nos queda esperar para saber si será o no capaz de ello.

 

¿Y si un empleado mío la lía en Twitter? (Cláusulas de responsabilidad en redes sociales)

5 julio 2011 - 6:00 - Autor:

No sé si conocen la historia de Nacho Vigalondo. Hace unos meses este cineasta, que saltó al estrellato en 2004 por dirigir el hilarante cortometraje “7:35 de la mañana” –nominado al Óscar-, protagonizó una de esas historias de Internet que parecen no tener fin.

A Nacho Vigalondo se le ocurrió un buen día bromear sobre el Holocausto judío en su cuenta personal en Twitter, calificándolo de “montaje”. Obviamente el comentario buscaba el tono jocoso, como él mismo trató de aclarar más tarde, pero las consecuencias eran ya irremediables. Por aquel entonces Vigalondo era la imagen del diario EL PAIS para la difusión de los contenidos de este diario en iPad y, además, era autor del blog “Diario Cinematográfico” publicado en dicho medio.

Para quien no conozca la historia, sepa que, a raiz de ese poco apropiado tweet, el medio decidió retirar la campaña de publicidad protagonizada por Vigalondo y cerrar el blog que venía escribiendo el cineasta. Según afirmó el propio medio, Vigalondo “bromeó en Twitter sobre el Holocausto a título personal, y en un soporte ajeno a EL PAÍS, pero el periódico considera inaceptables e incompatibles con su línea editorial los comentarios vertidos por el realizador”.

Obviamente el de Vigalondo es un caso extremo, pero no el único. Cada vez son más las personas que utilizan las redes sociales como parte de su vida cotidiana. Lo que parece olvidarse muchas veces es que la actividad online de un individuo se vincula en muchas ocasiones con la empresa en la que trabaja, aun sin que éste lo quiera, pudiendo provocar graves daños reputacionales a la empresa cuando se hace un mal uso de, por ejemplo, las redes sociales.

Pero ¿qué ocurre cuando un trabajador, a título personal y en un soporte ajeno al de la empresa, realiza comentarios poco afortunados o mantiene un comportamiento que puede poner en duda la honorabilidad de la empresa? Pues lo cierto es que las redes sociales son, sin más, otro campo de expresión del trabajador que en la medida que se realice al margen de la empresa, no debería afectar a su relación profesional.

Lo que ocurre en la práctica es que el individuo que utiliza una determinada red social de manera vinculada a su actividad profesional, aun sin quererlo, está vinculando su imagen a la marca de la empresa. Se convierte en cierto modo en una extremidad de la empresa en la red. Pensemos, para entenderlo, en un deportista que narra sus victorias en la red o en un profesional de cualquier otro ámbito que informa online sobre el curso de su actividad laboral diaria.

Así las cosas, y precisamente para evitar que la reputación online de la empresa pueda verse afectada por una eventual actitud inapropiada de uno de sus empleados, está empezando a extenderse en los últimos tiempos una práctica importada de países anglosajones, consistente en incorporar en los contratos de trabajo estipulaciones contractuales que determinen la responsabilidad del empleado por el uso inadecuado de las redes sociales.

Estas clausulas regulan y establecen una causa de resolución expresa para el caso de que el trabajador desatienda las pautas marcadas por la empresa en redes sociales, siempre, eso sí, que el trabajador haya vinculado dichas redes sociales a su actividad, es decir, que su perfil y contenido tengan un eminente sesgo profesional.

Esta posibilidad, que puede resultar muy interesante en ocasiones, ha de ser manejada con sentido común y cautela. Esto es, la proporcionalidad y equilibrio en las prestaciones de las partes han de estar siempre presentes en cualquier relación contractual. De idéntico modo, en este caso, la imposición de responsabilidad por el uso de redes sociales con carácter professional puede tener sentido en aquellas caras visibles de una organización, pero no los casos en los que la asociación entre trabajador y marca sea nula.

@AlexTourino

Alejandro Touriño

Alejandro Touriño en ECIJAAlejandro es Licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela; Máster en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Práctica Jurídica por la Escuela de Práctica Jurídica de la Universidad Complutense de Madrid. Ha realizado cursos de postgrado en instituciones de prestigio como la University of Brighton, la WIPO Academy o el Instituto de Empresa, en materias relacionadas con el Derecho Comparado, la Propiedad Intelectual y el Derecho del Entretenimiento.

En la actualidad ejerce su actividad Profesional como Responsable del área de Information Technology de ECIJA, asesorando a clientes nacionales e internacionales, tanto en sede judicial como extrajudicial, en cuestiones relacionadas con Derecho del Entretenimiento y las Nuevas Tecnologías, centrando su actividad en la Propiedad Intelectual, Contratación de Software, Nombres de dominio, regulación jurídica de Internet y Redes Sociales. Alejandro compagina su labor profesional con la docencia en másteres universitarios, y es colaborador asiduo de prensa jurídica especializada.

Alejandro es, asimismo, miembro de la alianza europea de Nuevas Tecnologías ‘World IT Lawyers’, miembro de DENAE (Asociación Española de Derecho del Entretenimiento), y del Comité de Dirección del capítulo español de CSA (Cloud Security Alliance).

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