De la tormenta perfecta a un nuevo contrato social
Que España atraviesa una encrucijada muy delicada es cosa que hoy discuten pocos.
Por supuesto, no me refiero a los impenitentes profetas del maligno, los que, a cada pasado democratizador desde las Cortes de Cádiz, proclaman la desintegración de las esencias y la quiebra de los valores patrios de la monarquía católica. Esa es la parte endémica del problema y sólo debe venir al caso para recordar que el país que quiere ser empieza sencillamente donde acaban ellos. Gracias a Dios.
Pero si hoy nos miramos al espejo desde el más frío positivismo social, es fácil reconocer todos los signos de una situación crítica, de lo que en mi época universitaria se llamaba crisis estructural.
La economía de la selva
El primer presagio ha sido sin duda, la crisis económica. De su forzada inexistencia hemos pasado, en un pestañeo, a la mayor y más persistente caída del PIB, al parón de consumo, al descontrol del déficit y la deuda y a la borrachera de activos tóxicos. Si nos despojáramos de la jerigonza economista, hablaríamos más apropiadamente, de seis millones de parados, de casi dos millones de hogares donde no entra un sueldo, de la vuelta a una educación y una sanidad de mérito, de cientos de miles de expropiados de sus viviendas, de inmigrantes repatriados y de una cohorte de jóvenes adultos, más de la mitad en paro, cuyo referente geográfico está fuera de España… Hablaríamos, en fin, de la más diabólica combinación de empobrecimiento y desigualdad que conocemos desde el túnel de los tiempos. Y de desesperanza.
Colapso institucional
Luego, la que hemos venido en llamar la crisis institucional. Acoto aquí para recordar que estuve presente en la sesión plenaria de 31 de octubre de 1978 en la que el Congreso aprobó el texto final de la vigente Constitución. Aún me susurran en los oídos la voz del Secretario, J. L. Ruiz-Navarro y Gimeno, leyendo el preámbulo, y la atronadora ovación que acogió el resultado final de la votación. Si puedo decirlo así, fue el día más feliz de mi vida civil. Quiero a esa Constitución.
No estoy por ninguna demolición y creo, además, que muchas de las que hoy se caracterizan como limitaciones o insuficiencias, no lo son tanto de la propia Constitución como de nuestra incapacidad para desarrollarla con el mismo sentido común, que no otra cosa era lo que llamamos consenso. Pero hay que reconocer que el sistema de participación y representación hace aguas, la estructura y transparencia de nuestra Administración es anacrónica, el control del Gobierno manifiestamente mejorable, algunos organismos (desde la propia Monarquía al Parlamento, Constitucional, Supremo, Tribunal de Cuentas…) en mínimos de popularidad.
Y, por supuesto, la estructura territorial. El problema no ha estado tanto en el famoso título octavo, que disfrutó del asentimiento de catalanistas y la no beligerancia de vasquistas: logro histórico. El problema es que ni las fuerzas políticas mayoritarias ni las élites culturales han sabido desarrollar pautas que mostraran a todos las ventajas de cohabitar en esa casa común que llamamos España. Hemos asistido, impávidos, a la extensión de un paleonacionalismo que cree que cualquier afirmación identitaria tiene que ir acompañada de una descalificación de lo español, de la acusación de ser esta el compendio de todos los males. Hoy, abiertamente ya en boca sobre todo de CiU -quién lo diría-, España es simplemente el enemigo exterior.
El rapto de la ética
La triada se completa, finalmente, con el fenómeno de la corrupción. Se trata de un repertorio de comportamientos públicos que no sólo pueden ser constitutivos de delito sino que son repugnantes desde categorías éticas y cívicas de la opinión pública, de los ciudadanos.
A veces son menores u ocasionales, pueden terminar en los tribunales y la conciencia civil suele salir entonces fortalecida.
Sin embargo, lo que nos ocurre ahora es algo bien distinto: la frecuencia, la magnitud, las modalidades, las instituciones a las que afecta conforman un diagnóstico grave y un pronóstico peor que reservado.
No haré una prolija relación de lo que todos tenemos en mente pero sí destacaré dos características novedosas. La primera es que el fenómeno ha pasado de fortuito a sistémico, es decir que es algo que está circulando con naturalidad y profusión por las venas del organismo social, no solo el mundo político, aunque esta sea su expresión más despiadada e irritante.
La segunda es que su coincidencia con la crisis económica la hace absolutamente abominable.
La gran oportunidad
La combinación de esas crisis nos sitúa definitivamente en la tormenta perfecta. Digámoslo con todo el laconismo y trascendencia que el asunto reclama: una etapa, una nueva etapa fundacional nos está convocando a los demócratas con la fuerza de la ley de la gravedad. Aunque nos asusten los riegos, no cabe otra opción que aprovechar la oportunidad.
Si fuera así, una extraña recomendación: olvidémonos para esto de la Economía y el Derecho. Centrémonos en la Política. Naturalmente que no puede perderse un minuto en la lucha contra el paro, en sanear las economías domésticas y en combatir la pobreza y la marginación. Pero tampoco es bueno creer que los problemas se arreglan con reformas legales. La mejor ley de partidos no limpiará sus cuentas como una propuesta federalista no solucionará por sí la integración de buena parte de los catalanes.
Hemos de recuperar, a toda prisa, el tiempo perdido en la construcción de acuerdos nacionales, en un auténtico consenso nacional que organice la nueva convivencia en la que podamos habitar y enriquecer ese patrimonio común hoy abatido: Mater dolorosa.
Antonio Kindelán





Comentarios recientes