A buen emprendedor… (Cuando todo falla)
Emprender es el nuevo mantra para aquellos a los que la crisis ha cerrado otras oportunidades. La figura del emprendedor está en todas las recetas económicas y políticas. Hasta la sociología empieza a ocuparse del fenómeno. O a preocuparse.
En el oscuro mundo del tardo franquismo la aspiración no iba más allá de tener un humilde puesto en alguna de las pocas entidades estables: funcionario, bancario ‑no confundir‑ o empleado de Telefónica. A la salida del túnel, la expansión de los ochenta nos ofreció al economista como el primer paradigma moderno. Por entonces se llamaban ejecutivos, tenían varios masters ‑aunque flojearan en Bachillerato‑ y predicaban con fuerza el new management.
Internet y su burbuja nos trajeron en los noventa la primera edición del emprendedor. Lo fueron sin duda B. Gates, M. Dell o S. Job, y se han reeditado luego en los M. Zuckerberg (Facebook), S. Brin y L. Page (Google), J. Bezos (Amazon) y, finalmente, E. Williams (Twitter).
Esos son solo unos pocos modelos. Las sociedades siempre crean sus propios referentes de éxito; hasta aquí nada anormal. Pero, ¿por qué tiene una música extraña la persistente invitación a emprender que buena parte de los responsables políticos nos hacen en los últimos meses?
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