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CiU pierde el encanto de la ambigüedad

26 noviembre, 2012 - 17:55 - Autor:

Y lo paga. Esa es, en mi opinión, la clave esencial de lo que ha pasado en las elecciones en Cataluña. Porque, siendo en general un panorama convulso el que ha afectado a los partidos catalanes en el último año, la despersonalización de CiU me parece la más notable de la novedades.
En efecto, algunos partidos han cambiado incluso de liderazgo. Particularmente el PSC, otro afectado de síndrome de identidad, que es como el viejo propietario al que le siguen girando los recibos de la comunidad, aunque haga ya más un año que fue desahuciado.

Todos los partidos minoritarios allí han sufrido cambios, por lo general de liderazgo, pero que parecen haber pasado desapercibidos y algunos incluso recompensados. El caso del PP, por el contrario, es el ejemplo de la confianza ciega en la inmutabilidad, puro faraonismo político. Por último, el aparente gran vencedor de la noche, ERC: por supuesto, que buena parte de sus ganancias vienen de desafecciones de CiU, también quizá del PSC y, muy probablemente, de un voto joven otrora abstencionista, pero parece evidente también que, por negligencia o impericia, alguien les cedió el centro del ágora y les regaló el público y la ruidosa y pegadiza vuvuzela del derecho a decidir. 

Tanto por el objeto –asuntos de matrimonio–, como por el sujeto –el primer partido de Cataluña–, la propuesta soberanista de A. Mas es el hecho más relevante de la reciente biografía política de la Comunidad. Y nos embarullará a todos por un buen tiempo.
CiU ha sido el partido central de Cataluña, al menos desde su primer Gobierno en 1980. Primer partido en todas y cada una de las diez elecciones autonómicas, con casi un promedio del 38% de los votos y 50-60 diputados en un Parlament de 135. Tres de ellas con mayorías absolutas y otras muchas con mayorías holgadas que le permitían gobiernos tranquilos. Nada se entiende en Cataluña sin CiU.
Esa preeminencia estable no la ha mostrado partido alguno en España y es rara incluso en nuestro entorno político más cercano. Además, su concentración de voto en una única y densa comunidad le ha dado el plus de una significada representación en el Congreso de los Diputados, en la elecciones generales, y por ende en la política nacional. En más de una legislatura y aun teniendo muchos menos votos, entre el 3% y el 5% nacional según el momento, ese hecho le ha proporcionado más diputados que, por ejemplo, al PCE/IU. Pero, sobre todo, esa influencia ha sido meritoriamente construida sobre una estrategia que tenía claro el qué y el cómo. En lo primero, se trataba de ofrecerse, siempre desde un impreciso centrismo, a acuerdos parlamentarios o así para completar las mayorías nacionales, fuera esto imprescindible o no. Lo llamaban ejercicio de responsabilidad. Y emparentaron con PSOE y PP, sin rubor, y, al tiempo que obtenían los réditos pertinentes –también los económicos–, supieron poner en valor su cooperación a la gobernabilidad nacional. Casi llegaron a ser los más patriotas. De España, se entiende.
Y luego convirtieron el tópico seny en el modus operandi. A nada forzaban, siempre el debate y la negociación. Y si había que dar algún paso atrás cuando las pretensiones

eran a todas luces desmedidas, lo ofrecían otra vez como ejercicio de responsabilidad.
(No me expreso así con renuencia o socarronería hacia tales modales. En muchos casos, aunque fueran interesados, naturalmente, resultaron muy beneficiosos para el conjunto de España. Eso está más cerca de la Política con mayúsculas, que muchas actuaciones sectarias de otras formaciones que reclaman el mayor pedigrí españolista).

El discreto encanto de la ambigüedad
Cataluña y España. CiU ha sedimentado, pues, sus buenos resultados en una consistente mayoría social cautivada por la ambigüedad. Porque CiU no es independentista ni lo contrario, ni muy confesional (a pesar del socio menor Unió), ni de derecha autoritaria, menos aún socialdemócrata… Incluso a pesar de recientes indagaciones que bien recuerdan la agitpro soviética, tampoco se sabe el grado de corrupción que la contamina. Salvo las buenas formas, nada en CiU es contundente y definitivo.
Todo eso ha hecho que el voto a CiU fuera siempre un voto fácil, poco comprometido –digámoslo–, hasta confortable. Y en ese punto coincidieron el más añejo botiguer y el más reciente charnego. Los que festejaban lo suyo con los castells y los que importan la feria de abril.
¡Cómo ha cambiado todo! A. Mas pronto se dio cuenta de que el tsunami de la crisis estaba llegando a casa. Que si actuaba como los protomártires, el primero de ellos el PSOE, no duraría un año; desde luego no la legislatura. Y que su final, y el de la propia CiU, podía seguir la estela de Zapatero, Papandreu, Sócrates, el mismo Sarkozy y otros que les seguirán.
Se aplicó en recortes de toda índole. Para empezar había que salvar los muebles: si Cataluña entraba en bancarrota, reconocía insolvencia o pedía quitas, su suerte estaría echada. De modo que fue implacable en las medidas de austeridad y no tuvo que ser animado por nadie para cercenar el estado de bienestar que conoció durante al mayoría de su carrera política. Como, en todo caso, el coste sería grande, la segunda fase era deslocalizar el conflicto. Tiró entonces del mantra de todo nacionalismo: el enemigo exterior. El más débil de ellos, España. La culpable de todos los males. El antídoto lo ofrecía la independencia, el bálsamo de fierabrás. La adobas, luego, con el supuesto agravio de la visita a Madrid y la vistes con el incuestionable derecho a decidir.
Si embargo, A. Mas y su intelligentsia, en la calentura del momento, interpretaron mal las concentraciones masivas del 11S, el flamear de cuatribarradas en el Camp Nou o los gritos de Catalonia is not Spain. El candidato entendió como apoyo lo que no era sino la conocida actitud de esos aficionados en las carreras que animan a la liebre no para que gane sino para que favorezca la carrera de su tapado.

El peor peligro ahora: el tremendismo de unos y otros
Es de este modo como CiU ha roto su tradición, sus esencias seguramente. Es posible también que su larga trayectoria de triunfos. A partir de ahora, estar cerca de CiU ya no es tan cómodo. Para unos, es un voto beligerante, que no descarta caminos de dudosa legalidad o excursiones al borde del abismo, con un discurso del que puede recelar parte de la buena sociedad catalana. Para otros, es la señal para lanzarse por la senda de ese tribalismo postmoderno de los que hacen del derecho a decidir algo donde nada, salvo el “nosotros”, cuenta.
Si los españoles se dejan indignar por las bravuconadas de quienes ni siquiera creyeron en su día en el título VIII de la Constitución (mientras CiU la votaba sin reparos), por los herederos de Torquemada, Ahumada y desgraciadamente tantos otros, por nuestro pensamiento reaccionario de larga tradición, entonces todo estará perdido. A. Mas y CiU, y los que se aprovecharán de ambos, tendrán la faena hecha.
Si, en cambio, España reconoce con solemnidad lo mucho que Cataluña ha aportado a nuestra historia y puede hacerlo a nuestro futuro, y actúa en consecuencia, es decir, construyendo todos los puentes necesarios, quizá hasta CiU considere que el camino de la secesión no solo es perjudicial para España, sino más aún para Cataluña misma.

Dejemos de gritar. Es tiempo de reflexionar y hablar con tono amable. Todos.

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