Los sondeos, a examen
He colgado esta entrada en pleno 20N, horas antes de cerrarse las urnas. No es, pues, sobre resultados electorales. Intencionadamente, porque muchos aspectos del análisis que prometí sobre las encuestas preelectorales deben hacerse “a ciegas”, antes de que los propios datos oficiales fuercen algunos argumentos y, desde luego, para evitar cualquier tentación ‑y acusación‑ de ventajismo.
Se está extendiendo entre algunos colegas una postura “resultadista” a la hora de valorar la calidad de los estudios de intención de voto. Según ella, lo que deberíamos hacer cuando los resultados coinciden básicamente con los pronósticos, es sacar pecho y desplegar los mayores esfuerzos en resaltar la calidad de los institutos. En caso contrario, recurriremos a clásicos como el voto oculto, a la imposibilidad de interpretar el grado de movilización de unos u otros, a movimientos de última hora que no pudieron ser captados… cualquier cosa que sea suficientemente borrosa para retirarnos discretamente de la primera línea de actualidad.
No comparto esa actitud. Con lo que conocemos y deducimos de los estudios publicados con ocasión de estas elecciones ya podemos determinar si se han sujeto a las buenas prácticas de la investigación y a las metodologías apropiadas a los sondeos electorales. Lo podemos y lo debemos hacer antes de publicarse los resultados finales. Anticipo que el balance me resulta algo preocupante. Insisto, antes de conocer el grado de acierto de los sondeos o, mejor dicho, con independencia y a pesar de dicho acierto.

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