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Muerte digna

22 noviembre 2010 - 18:57 - Autor:

Después del último Consejo de Ministros, el Gobierno anunció, entre otras medidas, un proyecto de Ley sobre Cuidados Paliativos y Muerte Digna. La valoración completa deberá esperar hasta el conocimiento del texto, pero ya es posible hacer algunas reflexiones. El portavoz del Ejecutivo ha declarado que no se trata de una ley de eutanasia. Creámoslo, a pesar de la identidad del anunciante. Según el mismo portavoz, la ley pretende dotar de mayor seguridad jurídica a los médicos ante el derecho a morir sin dolor. Para empezar, convendría más bien hablar de un derecho a recibir cuidados paliativos. Pues si hay un derecho a morir sin dolor (suponiendo que algo así pueda ser garantizado jurídicamente, máxime si se incluye el dolor psíquico o moral), también lo habría a vivir sin dolor, y no parece que un Gobierno que ni siquiera garantiza el derecho al trabajo pueda garantizarnos la supresión del dolor.

Pero además, el anuncio de la medida entraña un agravio a los médicos y enfermeros dedicados a los cuidados paliativos, pues parece sugerir que hoy no se aplican esas medidas contra el dolor. Creo que es algo falso e injusto. Los remedios contra el dolor se aplican y deben aplicarse. La legislación actual no impide la adopción de ningún recurso paliativo. Entonces la cuestión reside en determinar qué novedades entrañará la nueva legislación, qué será posible hacer después de ella y que ahora no es lícito hacer. Esperamos que el Gobierno aclare la cuestión. El modelo parece ser la legislación andaluza, pero sobre ella, a pesar de que no entraña la legalización de la eutanasia, planean sombras de duda. Se diría que el Gobierno persigue blindar a los médicos hagan lo que hagan, aun cuando eso que hagan sean sedaciones terminales o eutanasias encubiertas.

Ya podemos imaginarnos la batería argumentativa contra quienes se opongan a la nueva ley: se trata de fundamentalistas a quienes no les importa el sufrimiento humano. Por mi parte, tengo que decir que debemos paliar el dolor con todos los medios que la Medicina proporciona, pero no creo que el sufrimiento sea absurdo o indigno. Eso de la “muerte digna” suena muy parecido a lo de la “buena muerte”, es decir, la eutanasia. Pero algo debe quedar muy claro: una cosa es luchar contra el dolor, y otra muy distinta acabar con él mediante el procedimiento de terminar con la vida del paciente. El precepto “no matar” obliga a todos. Y quizá más aún a quienes tienen como profesión y vocación curar, luchar contra el dolor y salvar vidas.

Lo que parece muy poco escrupuloso es que el Gobierno plantee su proyecto como una iniciativa para garantizar una muerte sin dolor. ¿Es que acaso con la legislación actual existen cuidados paliativos del dolor que no pueden ser aplicados por imperativo legal? En caso afirmativo, ¿cuales son y qué efectos producen?

El límite parece claro: ningún médico ni profesional de la Sanidad, ni, en general, ningún ser humano, puede legítimamente quitar la vida a otro. Me temo que ni aunque el otro lo pida. Postular un derecho a morir entraña postular la existencia de un deber de matar. Y no existe un deber de matar. Una cosa es combatir el dolor y otra hacerlo matando. No resulta muy tranquilizador que se invoque el “caso Leganés”, pues los tribunales sentenciaron que en él existió una mala práctica médica, aunque no se pudiera probar la existencia de delitos de homicidio o asesinato.

Lo peor del anuncio es que presupone que en la actualidad no se utilizan todos los medios posibles para paliar el dolor, y, si no  estoy equivocado, el único que no es posible aplicar actualmente es el consistente en la eliminación de la vida del enfermo terminal. Y confío en que tampoco sea posible después de la aprobación, en su caso, de la nueva ley.

Guerra limpia

20 noviembre 2010 - 6:00 - Autor:

¿Es lícito combatir el terrorismo con sus propias armas? La pregunta tiene dos aspectos, el jurídico y el moral. El jurídico, con la legislación española actual no ofrece dudas. Y la posibilidad de una legislación que autorizara la “guerra sucia” parece muy improbable. La cuestión, pues, es relativa a la ética política. La solución de los debates morales depende de la posición ética que se adopte. Desde una ética de la convicción basada en principios inconmovibles, independientemente de las consecuencias, o desde una afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas, la cosa ofrece pocas dudas. La ilicitud moral de la llamada “guerra sucia” sería, en este sentido patente, si se parte del principio de la ilicitud de atentar contra la vida de una persona. Esa es mi posición, derivada del precepto “no matarás”. Nunca, y con independencia de los efectos o consecuencias.

Existen, ciertamente, otras posiciones morales. Para una ética en la que lo decisivo sean las consecuencias de las acciones, habría que atender a éstas. Sería una cuestión de ponderación de las consecuencias, o, si se prefiere, de eficacia. En este sentido, el argumento principal sería, más o menos, éste. Aceptando el planteamiento de los propios terroristas, se trata de una guerra, y en toda guerra la victoria sólo se logra causando más bajas o deteriorando la moral del enemigo. Entonces, sólo utilizando las mismas armas u otras más fuertes, sería posible derrotarlo. La lógica de la “guerra sucia” vendría exigida por la “lógica” terrorista. Así, el “terrorismo de Estado” sería lícito si fuera la única forma de derrotar a los terroristas. O incluso, si fuera idóneo para hacerlo. Para el consecuencialismo, el fin justifica los medios. El fin de salvar vidas y acabar con el terror, justificaría el asesinato de los terroristas. Planteada así la cuestión, el debate se centaría en la idoneidad o no del método. Es evidente que incluso desde una perspectiva consecuencialista, la cosa dista de estar clara. Para empezar, asumir esta posición entrañaría otorgar al terrorismo una especie de legitimidad, al menos la del combatiente bélico. Además, habría que ponderar los efectos desfavorables desde el punto de vista estratégico e  incluso desde el de cierta propaganda del terror.

Aunque se trata de un caso muy distinto, cabe plantear el clásico problema del tiranicidio. En contra de cierta opinión, más o menos extendida, la doctrina clásica no lo justificó. Fue una posición muy minoritaria. Los dos casos que yo conozco son Juan de Salisbury y, entre nosotros, el padre Mariana. Consiste, como el término sugiere, en la licitud del asesinato del tirano por parte de cualquier ciudadano. Incluso sus defensores exigían que no se utilizaran procedimientos alevosos, como la traición o el envenenamiento. Desde luego, santo Tomás de Aquino no justificó el tiranicidio. Sí justificaba, en casos de tiranía insoportable, el levantamiento popular contra la tiranía, y si en esa lucha (una especie de guerra civil) se producía la muerte del tirano, estaba justificada. Tampoco parece que la ética de la responsabilidad de Max Weber, propia del ámbito político, constituya una defensa del maquiavelismo o una justificación de la necesidad de mancharse las manos en la acción política.

A la vista de lo anterior, y pensándolo bien, no creo que ni la “guerra sucia” ni el tiranicidio estén justificados moralmente. Ni siquiera, creo que estén justificados en una moral que atienda sólo a los efectos y resultados. Al final, ningún mal produce un bien. A la moral sólo se le sirve moralmente; y a la democracia, democráticamente. La guerra contra el terrorismo ha de ser una guerra limpia.

Técnicas del alma

16 noviembre 2010 - 17:23 - Autor:

Hace unos días se celebró en la sede de la Fundación Ortega Marañón de Madrid un Congreso internacional con motivo del 75 aniversario de la publicación del ensayo Meditación de la técnica de Ortega y Gasset. En él presenté una ponencia con el título “Razón vital de la técnica”. En el citado ensayo, el filósofo español estudia dos aspectos: las condiciones de posibilidad de la técnica, es decir, por qué la hay y qué es y representa; y la caracterización de la técnica contemporánea. Pero, como casi siempre sucede en su obra, nos ofrece además algunas ideas para el esclarecimiento de la estructura de la vida humana. Así, plantea la cuestión de la función de la actividad técnica en la vida humana. Existe una diferencia radical entre el hombre y el animal. El hombre posee una tarea extranatural y, por ello, no es un ser natural. El hombre es, ante todo, algo que aún no es: vocación, proyecto. Y la circunstancia es un conjunto de facilidades y dificultades que tiene ante sí para realizar esa vocación. Cuando siente una necesidad, no se limita a adaptarse a la naturaleza, sino que prduce un conjunto de acciones encaminadas a la tran sformación de ella para adecuarla a la satisfacción de sus necesidades. Eso es la técnica; una especie de sobrenaturaleza. Pero la mayor parte de estas necesidades son superfluas. Por eso la técnica consiste en la producción de lo superfluo. Pero esto significa que la técnica es una actividad instrumental y, por ello, secundartia. No puede aspirar a proporcionar los fines de la vida. Es medio y no fin.

Y esto nos lleva a lo fundamental: la crisis de los deseos: “Acaso la enfermedad básica de nuestro tiempo sea una crisis de los deseos, y por eso toda la fabulosa potencialidad de nuestra técnica parece como si no nos sirviera de nada”. Tal vez parezca que se trata de lo contrario, de que en nuestra época padecemos una hipertrofia de los deseos, hasta el punto de que cualquier neecsidad sentida por un individuo o grupo deba convertirse en un derecho. Y ciertamente deseamos cosas, pero casi siempre son instrumentales, medios y no fines. Carecemos quizá de objetivos y metas. A eso se refiere Ortega. Hasta el punto de que la idea de proyecto o vocación parece extraña, incluso ridícula, a muchos contemporáneos. No es posible vivir de fe en la técnica. Cuando la técnica se convierte en fin, se pierde el sentido de la vida como misión y proyecto. El técnico no puede suministrar los fines de la vida.

Afirma Ortega: “…el hombre actual no sabe qué ser, le falta imaginación para inventar el argumento de su propia vida.

¿Por qué? ¡Ah!, eso no pertenece a este ensayo. Sólo nos preguntaremos: ¿Qué en el hombre, o qué clase de hombres son los especialistas del programa vital? ¿El poeta, el filósofo, el fundador de religión, el político, el descubridor de valores? No lo decidamos; baste con advertir que el técnico los supone y que esto explica una diferencia de rango que siempre ha habido y contra la cual es en vano protestar”.

La técnica nunca nos puede dar la meta de la vida. Y el ensayo, comparando Euramérica y Asia, termina con estas palabras, en absoluto enigmáticxas:

“Pero la vida humana no es sólo lucha con la materia, sino también lucha del hombre con su alma. ¿Qué cuadro puede oponer Euramérica a ése como repertorio de técnicas del alma? ¿No ha sido, en ese orden, muy superior el Asia profunda? Desde hace años sueño con un posible curso en que se muestren frente a frente las técnicas de Occidente y las técnicas del Asia”.

Acaso lo que necesitemos sean nuevas técnicas del alma.

Crisis de valores y relativismo moral

13 noviembre 2010 - 6:00 - Autor:

La semana pasada, en vísperas de la visita del Papa, se celebró en Santiago de Compostela un Congreso internacional sobre las raíces de Europa y la Ruta Jacobea. En él, presenté una ponencia en una Mesa titulada “La crisis contemporánea de valores: el relativismo moral”. El título sugiere la existencia de una crisis moral en nuestro tiempo (al menos en Europa y, en general, en Occidente) y la relevancia y responsabilidad que en ella incumbe al relativismo moral.

Habría que responder, al menos, tres preguntas. ¿Domina el relativismo? ¿Cuáles son sus consecuencias? ¿Es correcto? Sobre lo primero, creo que el relativismo es uno de los ingredientes de la concepción moral quizá dominante, pero no el único, ni acaso el más nocivo. La concepción moral dominante, o, al menos, la que hace más ruido, es una amalgama de relativismo, utilitarismo, hedonismo y emotivismo. Y no es quizá el relativismo lo peor, aunque sí es un camino para invertir los valores o alterar su correcto orden jerárquico. Lo grave no sería tanto el relativismo como la pretensión de convertir el bien en mal, y el mal en bien. Pero esto viene favorecido por el relativismo.

Se pretende, por otra parte, fundamentar la democracia, el liberaslismo y la tolerancia en el relativismo. Pero el empeño, a mi juicio, fracasa con estrépito. No se trata de algo nuevo. Ya lo ensayó el sofista Protágoras en el siglo V antes de Cristo. Fundamentar la democracia en el relativismo moral es lo mismo que dejarla sin fundamento. Además, entrañaría la asunción de una especie de democracia intolerante que excluiría de la vida pública a todos los que no fueran relativistas. La democracia, por el contrario, debe fundamentarse en valores objetivos, que, por ello, han de ser predemocráticos. Si la democracia requiriera la negación de la verdad moral, entonces ella misma nopodría aspirar a ser verdadera. Por lo demás, esta concepción relativista de la democracia conduce a un hecho preocupante: a la suplantación de la moral por el derecho, a la idea de que la moral se encuentra precisamente en textos legales, como la Declaración Universal de Derechos Humanos, o en las Constituciones.

El relativismo moral tiene mucho que ver con algo que diagnosticó Ortega y Gasset, hace más de ochenta años: que Europa se ha quedado sin moral. En esta situación seguimos hoy. Y no parece que el relativismo pueda ser la solución. Pero además de eso el relativismo es incorrecto, falso filosóficamente. Ya lo refutó Platón en sudiálogo Teeteto. Y no faltan en la filosofía del siglo XX intentos en la misma dirección. Uno de los más fértiles es, a mi juicio, la filosofía fenomenológica de los valores, que ha mostrado su objetividad, rechazando tanto el absolutismo como el subjetivismo relativista.

En definitiva, la libertad no se fundamenta en la negación de la verdad. La negación de la verdad no puede fundamentar nada. Si la verdad nos hace libres, la negación de la verdad sólo puede hacernos esclavos.

El Papa en España

9 noviembre 2010 - 12:16 - Autor:

La visita de Benedicto XVI a España, si se considera que es la segunda y que el próximo año volverá a nuestra Nación, subraya, junto al afecto, la honda preocupación por nuestra situación espiritual. En esto, al menos, estamos de acuerdo unos y otros: España es para el Pontífice lugar clave donde se libra el combate sobre el laicismo.

La Providencia, para los creyentes, ha querido que se siente en la silla de san Pedro un filósofo, un intelectual, un pensador. Parece que sobran los motivos. Benedicto XVI, ya antes de ser Pontífice, había dedicado buena parte de su inmensa capacidad intelectual a establecer las relaciones, de colaboración y compatibilidad, entre la fe y la razón, y a promover el diálogo entre el cristianismoy la modernidad. También ha combatido el relativismo ético y ha fundamentado las relaciones entre libertad yverdad. La libertad no se fundamenta en la negación de la verdad. Si la Verdad nos hace libres, la negación de ella sólo puede hacernos esclavos.

El obtuso “progresismo” español ha renovado su oposición al Papa con motivo de esta visita. Nada nuevo bajo el sol. Lo curioso es esa mezcla de incapacidad para comprender y de habilidad para tergiversar. Pero lo que quizá ha suscitado más rechazo en ese sector tan poco dado al ejercicio de la inteligencia ha sido el diagnóstico, impecable y certero, de la situación de España y su comparación, que no identificación, con el anticlericalismo de los años treinta (que produjo, y esto no lo mencionó el Papa, la mayor persecución religiosa de la historia de España). En España, padecemos, desde el poder, una oleada laicista que atenta contra la libertad religiosa. El principio constitucional de la aconfesionalidad del Estado no conduce a una especie de laicismo militante o ateísmo de Estado. Por lo demás, no parece coherente el escándalo provocado por la mención a la República por parte de quienes han hecho de ella su modelo político y social.

En realidad, la propia reacción es ya una prueba de nuestra anomalía. Nada parecido sucede con las visitas a otros países. Por ejemplo, al Reino Unido, país de minoría católica, a diferencia del nuestro, y en el que el Papa abordó cuestiones difíciles, como la conversión de Newman o el caso de Tomás Moro. Por no hablar de los debates intelectuales con personas de izquierda en Alemania o Italia. Pero son otras izquierdas.

Pensándolo bien, no creo que el Papa haya desaprovechado una oportunidad para acercar posiciones entre el Estado y la Iglesia, sino que la aprovechado para ejercer su autoridad espiritual y comunicar un diagnóstico certero del avance de la secularización y del laicismo militante en España. Por todo ello, sólo merece gratitud.

La demolición de la Transición

5 noviembre 2010 - 6:00 - Autor:

Con la política de Rodríguez Zapatero es posible jugar al juego de los errores: descubra quince o diez, o treinta errores en su política. No es difícil ganar. Lo que ya no es tan fácil es determinar cuál es el mayor de todos, el más grave, el de más funestas consecuencias. Uno de ellos, si no me equivoco, consiste en el proceso de demolición de la Transición que emprendió desde que llegó al poder. Es un error político de lesa patria. Y no porque la Transición haya de ser sacralizada ni esté exenta de errores. Pero en lo fundamental fue un gran acierto. La realidad de este proceso de demolición no es algo que pueda ser más o menos discutido, ni atribuido problemáticamente; es notorio y su autor lo confesó con claridad. Se trataba de superar la Transición y emprender una “segunda transición”. Pero si la primera entrañaba el tránsito de la dictadura a la democracia, cabe preguntarse adónde habría de conducir esta segunda. No parece que a la democracia. No se trató sólo de una declaración. El presidente se puso manos a la obra: legislaciones que dividían a la sociedad y alteraban sus principios morales; memoria histórica; modificación de la Constitución sin reformarla y sin el consenso de la Transición verdadera; transformación del modelo de Estado en dirección no ya federal sino confederal,…

Porque una cosa es reformar la Constitución e incluso transformarla radicalmente, pero siempre con un nivel de acuerdo semejante al que obtuvo la actual, y otra romper la concordia básica para imponer los dictados de media sociedad contra la otra media.

Ahora, lo que antes quedaba reducido a los extremismos exiguos de derecha e izquierda, es asumido por el Gobierno: que la Transición fue una claudicación vigilada, que no hubo libertad auténtica y que ahora hay que emprender la de verdad. Incluso parece que el consenso consiste en algo así, si se permite la expresión, como bajarse los pantalones. Y se olvida que no ha habido democracia en la historia sin concordia básica, y que nunca ha habido democracia en una situación de enfrentamiento civil. Por eso en ninguna guerra civil, la democracia combate en uno de sus frentes.

La democracia ateniense fue el resultado de un pacto y de un proceso gradual de extensión de la ciudadanía, no el fruto de una revolución. La República romana (por lo demás, un régimen mixto más que una democracia) sólo se consolidó mediante el pacto entre patricios y plebeyos. Lo mismo cabe decir de Inglaterra que instaura la democracia después de cincuenta años de guerras civiles y para evitarlas en el futuro. Se dirá que no fue así en Estados Unidos, pero en realidad el pacto estaba implícito en la fundación de la nación americana, que ha sido la única de la historia que fue democrática desde su Constitución.

No es probable que el presidente sepa mucho de eso, pues no parece poseer una vocación intelectual y lectora irrefrenable. Pero alguien debería acaso decírselo. Si hubiera “dos Españas”, como pretende el mito fabricado, no podría haber democracia sin la concordia entre ellas. En ese caso, la “tercera España” sería la que no es ni una ni otra, y la que siendo una de las dos, acepta convivir con la otra.

Todo esto es lo que irresponsablemente Zapatero ha puesto en peligro. No creo que tenga éxito, pero parte del mal ya está hecho. La crisis económica le ha “distraido” algo de la tarea, pero sigue adelante, no renuncia a ella. Este es, sin duda, uno de sus peores errores.

El fracaso de Obama

3 noviembre 2010 - 12:54 - Autor:

Los electores de Estados Unidos han sido claros y contundentes. Al menos, la mayoría de ellos. Se renovaba toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. La derrota demócrata es incuestionable. Como lo es la victoria republicana. Los más perspicaces analistas ya lo habían predicho. Obama generó unas expactativas enormes, que ha defraudado. Eras un sueño, pero ficticio, falso. El liderazgo del presidente ha resultado ser “mediático”, aparente, basado en la fraseología. Un liderazgo de cartón piedra. Es un extraordinario orador, pero un mal gobernante. El país votó con una deuda insoportable, un 10 por ciento de paro (que aunque aquí sería casi una bendición, allí es intolerable) y la sensación de que Obama no ha resuelto ninguno de los asuntos pendientes más graves. Y lo peor de todo es que ha invadido a muchos ciudadanos una sensación de decadencia nacional.

Quizá aquí se encuentre la clave. Pero tampoco conviene prescindir de la relevancia de los aspectos ideológicos. Parte del incontestable fracaso de Obama se debe a que,en buena medida, a que no ha respetado algunos de los principios básicos de la tradición americana, asentados en las ideas de los “padres fundadores”. En cierto modo, no es tanto que sea una América peor o menos próspera, como que es menos América. Siempre ha tendido a reforzar las competencias de la Adminisdtrasción Federal, lo que en cierto modo viene a ser lo mismo que a incrementar el poder del Estado. Más Estado y menos sociedad, no es algo que satisfaga a muchos americanos. Sí quizá a algunos de los más influyentes y a ciertos “campus”. Pero hay más América de lo que pretenden los intelectuales de izquierda. También cabe destacar que el radicalismo del “Tea Party”, que, según muchos, se ha adueñado del Partido Republicano no ha tenido el efecto electoral disuasorio que pretendían. Era quizá más un deseo que un pronóstico. Los errores de Obama son de dos tipos. Uno, la incapacidad para resolver algunos problemas fundamentales, tanto domésticos como exteriores. Otro, la asunción de principios ideológicos que, aunque cuenten con gran aceptación, son, sin embargo rechazados por la mayoría de la nación. El ideal de más libertad y menos Estado puede parecer a nuestro progresista doméstico (e incluso al americano) un horror que presagia el fascismo, pero les sigue pareciendo atractivo a la única nación que fue democrática desde sus orígenes.

España desmoralizada

29 octubre 2010 - 6:00 - Autor:

Se habla de crisis: económica, moral, política, de gobierno,… Tanto, que se está extendiendo una impresión generalizada de que necesitamos una enérgica y urgente regeneración nacional. Incluso no faltan quienes hablan de decadencia. En cierto sentido, y salvando las distancias, parece adueñarse de la opinión pública un estado de ánimo semejante al que vivió nuestra Nación en torno a 1898. No es extraño que resurja, aunque con otros aires, el espíritu regeneracionista.

Aunque mi opinión sea, como se verá, bastante negativa sobre el estado de España, no me encuentro entre los apocalípticos, pues pienso que los males, aunque hondos, tienen solución, aunque para ello es imprescindible que se diagnostiquen con acierto. Creo que puede decirse que España se ha quedado sin moral, que está desmoralizada. Con esto no me refiero sólo ni principalmente a la inmoralidad privada o pública, a  la corrupción, a las medidas legislativas que muchos calificamos de injustas o inmorales, o al estado y nivel de la clase política. Como no es difícil ser en esto malentendido, conviene aclararlo. Sí, se trata de la pérdida de vigencia de la moral tradicional, especialmente cristiana. pero no sólo de eso. Si hubiera otra que la sustituyera, y no esa amalgama de relativismo, hedonismo y materialismo, la cosa podría no ser grave. Una crisis moral se puede saldar con un cambio. Al fin y al cabo, eso es lo que significa la palabra “crisis”. Lo más grave es, si no me equivoco, que no se reconoce esta crisis, que consiste ante todo en una pérdida de la moral, en que nos hemos quedado, se entiende colectivamente, sin ella. Pero la moral no consiste, primariamente, en un sistema de deberes y prohibiciones, sino que tiene mucho que ver con expresiones como “andar bien o mal de moral” o “estar desmoralizado”. En este sentido, la pérdida de la moral se manifiesta en una ausencia de empresas o ideales que entusiasmen, y, por lo tanto, en una mengua de la tensión y altura de las vidas. Sí, creo que el diagnóstico correcto sería que España está desmoralizada.

Conviene distinguir entre lo superficial, aunque ruidoso y grave, y lo profundo, más silencioso y oculto, pero también más grave, porque es más causa que efecto de lo superficial. Ojalá el problema nacional fuera sólo o principalmente político (o económico). España está mal gobernada, pero no está sólo mal gobernada. Un nuevo Gobierno (no me refiero al que ha salido de la reciente crisis) podría ser, sin duda, mejor que éste, pero no sería la solución, porque el problema no consiste en que estemos mal gobernados, sino en nuestra desmoralización. Una sociedad enérgica y vertebrada, con buena moral y en forma, hace tiempo que se habría quitado de encima a este Gobierno. Por otras razones, también, pero sobre todo por su inmensa incompetencia. Lo que precisamos es un cambio intelectual y moral. Quizá no sea necesario insistir en los síntomas del derrumbe moral que sufrimos. Son conocidos. Lo decisivo es la necesidad de una reacción social. En este sentido, la responsabilidad también pertenece a los ciudadanos.

Están, pues, más cerca de lo cierto quienes sostienen que la crisis y su solución se encuentran, sobre todo, en la educación. Y es verdad que los males los compartimos con Europa, pero entre nosotros revisten unas características algo más agudas. Pensemos, por ejemplo, en los debates de la izquierda italiana o alemana con el catolicismo, y el rancio anticlericalismo de la nuestra (salvo excepciones, pocas). Pero, no nos engañemos, tal como hoy está, Europa no es la solución. Nos parece que abrazamos lo nuevo y que somos progresistas, pero vivimos, en general, de ideas y tópicos viejos y además equivocados. No todo lo viejo es erróneo. Las opiniones vigentes, más que viejas, son falsas. Y pensamos, también equivocadamente, que las opiniones mayoritarias son por ello mismo acertadas. Y nos negamos así la posibilidad de salir del error y aprender. La mayoría de nuestros debates, cuando lo son verdaderamente, resultan anacrónicos.

La política es significativa, pero más como síntoma que como causa. La mediocridad, y el término casi resulta generoso, de la mayoría de quienes nos representan, y, por supuesto, de quienes nos gobiernan, resulta escandalosa. Pero la desmoralización conduce a su aceptación, como algo inevitable, es decir, al envilecimiento. Esta es la otra cara de la desmoralización. También se manifiesta en la ausencia de grandes proyectos nacionales. Todo es rutinario, como para ir tirando. Y recitamos e invocamos nuestro europeísmo como un mantra aliviador. Por eso, el concepto de nación resulta discutido cuando no negado (al menos, para España). Se ignora la identidad de España y casi todo lo que ha hecho en la historia. Y lo poco que se conoce, muchas veces se deforma y desfigura. ¿Qué es España? o ¿hacia dónde va? parecen preguntas retóricas o abstractas. Aquí se encuentra uno de los síntomas de la desmoralización. Y otra de sus consecuencias es la resignación y la impotencia. El hombre y la sociedad desmoralizados tienden a la aceptación de su situación, como si fuera fruuto de un destino inexorable.

Por eso cunde entre nosotros el particularismo y, en su forma más radical, el separatismo. No lo harían si no padeciéramos una grave desmoralización. No es sólo el Gobierno lo que hay que cambiar, aunque, desde luego, creo que hay que cambiarlo. Si no equivoco, España se encuentra desmoralizada. Es necesario que recupere la moral y se ponga en forma. Como afirmó Ortega y Gasset, vertebrada y en pie.

Agonía de gobierno

26 octubre 2010 - 12:00 - Autor:

Han pasado ya unos días. La crisis de gobierno se consumó y no han cesado análisis y comentarios. Una primera observación es que, una vez más, el presidente del Gobierno anunció una cosa (sólo sustituiría al ministro de Trabajo) y ha hecho otra (cambiar, más o menos, un tercio del Ejecutivo). Otro atentado más contra la veracidad y, por ello, contra la moral política.

En realidad, no se trata tanto de crisis como de agonía, o, si se prefiere, de crisis agónica. “Crisis” significa cambio. Por eso las hay de crecimiento y decrepitud, beneficiosas y nocivas. “Agonía”, en su sentido etimológico griego, significa lucha. Y una lucha puede acabar con el triunfo. No toda agonía preludia la muerte. El Gobierno de Zapatero, éste y el anterior, luchan contra la derrota electoral, contra su final. Esta es la clave del cambio: la mera supervivencia, el deseo de no abandonar el poder (el duro deseo de durar, que dijo Élouard).  Instinto de supervivencia, pues, y nada más. Por eso, es tan poco (bueno) lo que cabe esperar del cambio. Al menos, lo poco que espero yo.

Repasemos algunos de los principales problemas políticos que padecemos. Y veamos qué cabe esperar. Sobre la necesaria regeneración moral e institucional, me temo que habrá que aguardar (y quizá en vano). No está en la “agenda” socialista. El proyecto ideológico de Zapatero (la transformación de la sociedad desde el poder) continuará muy previsiblemente (aborto, memoria histórica, laicismo, eutanasia,…), aunque quizá con un poco menos de ruido. Nada nuevo sobre la economía: sacar el paraguas y esperar que escampe. Nada bueno sobre el fortalecimiento de la unidad nacional y la vigencia de la Constitución. Si no me equivoco, las dos bazas del Gobierno (aparte del paso del tiempo, que no todo lo cura), son el final de ETA y el acoso feroz al PP. Sobre lo primero, me temo que, si se produce, habrá venido precedido de muchas concesiones políticas. Las reivindicaciones nacionalistas no se han colmado, pues sólo terminan con la independencia, pero el federalismo de hecho y las competencias transferidas, así como el caso catalán, pueden convencer a los terroristas de que es posible renunciar al crimen sin renunciar a sus objetivos. Sobre lo segundo, el acoso a la oposición, la cosa ya ha empezado, y no ha hecho sino empezar. Por todo esto, me parece que el cambio se reduce al aspecto propagandístico. No se trata tanto de resolver los problemas de los ciudadanos como de aliviar los del Gobierno. Es una crisis de supervivencia.

Tea Party

21 octubre 2010 - 18:16 - Autor:

El “Tea Party” está sacudiendo la política de Estados Unidos. Unos lo interpretan como un movimiento contrario a los dos grandes partidos, que pretende un regreso a los principios de la “América originaria y auténtica”. Otros, como expresión del ala radical del Partido Republicano. Lo cierto es que hoy se está apoderando de un sector muy numeroso de este partido, y pone en su punto de mira la política de Obama. Se trata de un fenómeno que suele aparecer en los momentos de desánimo y frustración. Y parece que algo hay de esto.

Pero no es mi objetivo ahora valorar las ideas y propuestas de este fenómeno político, sino más bien analizar algunas reacciones que está suscitando. Es natural que los simpatizantes del Partido Demócrata y muchos del Republicano lo rechacen y combatan, pero algunos argumentos parecen algo incongruentes. Lo tildan de extrema derecha y, a la vez, reconocen que su proyecto consiste en volver a la América de “ciudadanos libres y gobierno mínimo”. Se podrá estar o no de acuerdo con la propuesta, pero calificarla de extrema derecha parece una broma, salvo que la geometría política haya perdido ya todo su sentido (cosa no imposible). Supongo que Robert Nozick, el autor del libro Anarquía, Estado y Utopía, fallecido hace poco tiempo, no dejará de reírse de este intento de calificar sus ideas como de extrema derecha. A menos que extrema derecha sea un cómodo cajón de sastre que incluya todo lo que molesta o desagrada al progresismo socialdemócrata, ya sea el tradicionalismo, el estatismo corporativista o el liberalismo radical. No afirmo que Nozick sea el ideólogo del “Tea Party”, pero sí que defiende la libertad de los ciudadanos y el gobierno mínimo. Quede claro que ni apoyo ni censuro al “Tea Party”. Sólo afirmo que si su propuesta principal se basa en libertad para los ciudadanos y gobierno mínimo no tiene nada que ver con la extrema derecha. Por lo demás, nada cabe objetar, por mi parte, al primer miembro del eslogan (libertad para los ciudadanos), y sobre el segundo habrá que determinar qué se entiende por mínimo. Pero reducir el gobierno a su mínima expresión (se entiende, a la mínima necesaria para la justicia), ha sido exigencia tradicional del liberalismo clásico. Mal anda el pensamiento político dominante si el liberalismo es la extrema derecha.

Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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