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Tea Party

21 octubre 2010 - 18:16 - Autor:

El “Tea Party” está sacudiendo la política de Estados Unidos. Unos lo interpretan como un movimiento contrario a los dos grandes partidos, que pretende un regreso a los principios de la “América originaria y auténtica”. Otros, como expresión del ala radical del Partido Republicano. Lo cierto es que hoy se está apoderando de un sector muy numeroso de este partido, y pone en su punto de mira la política de Obama. Se trata de un fenómeno que suele aparecer en los momentos de desánimo y frustración. Y parece que algo hay de esto.

Pero no es mi objetivo ahora valorar las ideas y propuestas de este fenómeno político, sino más bien analizar algunas reacciones que está suscitando. Es natural que los simpatizantes del Partido Demócrata y muchos del Republicano lo rechacen y combatan, pero algunos argumentos parecen algo incongruentes. Lo tildan de extrema derecha y, a la vez, reconocen que su proyecto consiste en volver a la América de “ciudadanos libres y gobierno mínimo”. Se podrá estar o no de acuerdo con la propuesta, pero calificarla de extrema derecha parece una broma, salvo que la geometría política haya perdido ya todo su sentido (cosa no imposible). Supongo que Robert Nozick, el autor del libro Anarquía, Estado y Utopía, fallecido hace poco tiempo, no dejará de reírse de este intento de calificar sus ideas como de extrema derecha. A menos que extrema derecha sea un cómodo cajón de sastre que incluya todo lo que molesta o desagrada al progresismo socialdemócrata, ya sea el tradicionalismo, el estatismo corporativista o el liberalismo radical. No afirmo que Nozick sea el ideólogo del “Tea Party”, pero sí que defiende la libertad de los ciudadanos y el gobierno mínimo. Quede claro que ni apoyo ni censuro al “Tea Party”. Sólo afirmo que si su propuesta principal se basa en libertad para los ciudadanos y gobierno mínimo no tiene nada que ver con la extrema derecha. Por lo demás, nada cabe objetar, por mi parte, al primer miembro del eslogan (libertad para los ciudadanos), y sobre el segundo habrá que determinar qué se entiende por mínimo. Pero reducir el gobierno a su mínima expresión (se entiende, a la mínima necesaria para la justicia), ha sido exigencia tradicional del liberalismo clásico. Mal anda el pensamiento político dominante si el liberalismo es la extrema derecha.

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Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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