Tea Party
El “Tea Party” está sacudiendo la política de Estados Unidos. Unos lo interpretan como un movimiento contrario a los dos grandes partidos, que pretende un regreso a los principios de la “América originaria y auténtica”. Otros, como expresión del ala radical del Partido Republicano. Lo cierto es que hoy se está apoderando de un sector muy numeroso de este partido, y pone en su punto de mira la política de Obama. Se trata de un fenómeno que suele aparecer en los momentos de desánimo y frustración. Y parece que algo hay de esto.
Pero no es mi objetivo ahora valorar las ideas y propuestas de este fenómeno político, sino más bien analizar algunas reacciones que está suscitando. Es natural que los simpatizantes del Partido Demócrata y muchos del Republicano lo rechacen y combatan, pero algunos argumentos parecen algo incongruentes. Lo tildan de extrema derecha y, a la vez, reconocen que su proyecto consiste en volver a la América de “ciudadanos libres y gobierno mínimo”. Se podrá estar o no de acuerdo con la propuesta, pero calificarla de extrema derecha parece una broma, salvo que la geometría política haya perdido ya todo su sentido (cosa no imposible). Supongo que Robert Nozick, el autor del libro Anarquía, Estado y Utopía, fallecido hace poco tiempo, no dejará de reírse de este intento de calificar sus ideas como de extrema derecha. A menos que extrema derecha sea un cómodo cajón de sastre que incluya todo lo que molesta o desagrada al progresismo socialdemócrata, ya sea el tradicionalismo, el estatismo corporativista o el liberalismo radical. No afirmo que Nozick sea el ideólogo del “Tea Party”, pero sí que defiende la libertad de los ciudadanos y el gobierno mínimo. Quede claro que ni apoyo ni censuro al “Tea Party”. Sólo afirmo que si su propuesta principal se basa en libertad para los ciudadanos y gobierno mínimo no tiene nada que ver con la extrema derecha. Por lo demás, nada cabe objetar, por mi parte, al primer miembro del eslogan (libertad para los ciudadanos), y sobre el segundo habrá que determinar qué se entiende por mínimo. Pero reducir el gobierno a su mínima expresión (se entiende, a la mínima necesaria para la justicia), ha sido exigencia tradicional del liberalismo clásico. Mal anda el pensamiento político dominante si el liberalismo es la extrema derecha.
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