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Agonía de gobierno

26 octubre 2010 - 12:00 - Autor:

Han pasado ya unos días. La crisis de gobierno se consumó y no han cesado análisis y comentarios. Una primera observación es que, una vez más, el presidente del Gobierno anunció una cosa (sólo sustituiría al ministro de Trabajo) y ha hecho otra (cambiar, más o menos, un tercio del Ejecutivo). Otro atentado más contra la veracidad y, por ello, contra la moral política.

En realidad, no se trata tanto de crisis como de agonía, o, si se prefiere, de crisis agónica. “Crisis” significa cambio. Por eso las hay de crecimiento y decrepitud, beneficiosas y nocivas. “Agonía”, en su sentido etimológico griego, significa lucha. Y una lucha puede acabar con el triunfo. No toda agonía preludia la muerte. El Gobierno de Zapatero, éste y el anterior, luchan contra la derrota electoral, contra su final. Esta es la clave del cambio: la mera supervivencia, el deseo de no abandonar el poder (el duro deseo de durar, que dijo Élouard).  Instinto de supervivencia, pues, y nada más. Por eso, es tan poco (bueno) lo que cabe esperar del cambio. Al menos, lo poco que espero yo.

Repasemos algunos de los principales problemas políticos que padecemos. Y veamos qué cabe esperar. Sobre la necesaria regeneración moral e institucional, me temo que habrá que aguardar (y quizá en vano). No está en la “agenda” socialista. El proyecto ideológico de Zapatero (la transformación de la sociedad desde el poder) continuará muy previsiblemente (aborto, memoria histórica, laicismo, eutanasia,…), aunque quizá con un poco menos de ruido. Nada nuevo sobre la economía: sacar el paraguas y esperar que escampe. Nada bueno sobre el fortalecimiento de la unidad nacional y la vigencia de la Constitución. Si no me equivoco, las dos bazas del Gobierno (aparte del paso del tiempo, que no todo lo cura), son el final de ETA y el acoso feroz al PP. Sobre lo primero, me temo que, si se produce, habrá venido precedido de muchas concesiones políticas. Las reivindicaciones nacionalistas no se han colmado, pues sólo terminan con la independencia, pero el federalismo de hecho y las competencias transferidas, así como el caso catalán, pueden convencer a los terroristas de que es posible renunciar al crimen sin renunciar a sus objetivos. Sobre lo segundo, el acoso a la oposición, la cosa ya ha empezado, y no ha hecho sino empezar. Por todo esto, me parece que el cambio se reduce al aspecto propagandístico. No se trata tanto de resolver los problemas de los ciudadanos como de aliviar los del Gobierno. Es una crisis de supervivencia.

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Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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