Agonía de gobierno
Han pasado ya unos días. La crisis de gobierno se consumó y no han cesado análisis y comentarios. Una primera observación es que, una vez más, el presidente del Gobierno anunció una cosa (sólo sustituiría al ministro de Trabajo) y ha hecho otra (cambiar, más o menos, un tercio del Ejecutivo). Otro atentado más contra la veracidad y, por ello, contra la moral política.
En realidad, no se trata tanto de crisis como de agonía, o, si se prefiere, de crisis agónica. “Crisis” significa cambio. Por eso las hay de crecimiento y decrepitud, beneficiosas y nocivas. “Agonía”, en su sentido etimológico griego, significa lucha. Y una lucha puede acabar con el triunfo. No toda agonía preludia la muerte. El Gobierno de Zapatero, éste y el anterior, luchan contra la derrota electoral, contra su final. Esta es la clave del cambio: la mera supervivencia, el deseo de no abandonar el poder (el duro deseo de durar, que dijo Élouard). Instinto de supervivencia, pues, y nada más. Por eso, es tan poco (bueno) lo que cabe esperar del cambio. Al menos, lo poco que espero yo.
Repasemos algunos de los principales problemas políticos que padecemos. Y veamos qué cabe esperar. Sobre la necesaria regeneración moral e institucional, me temo que habrá que aguardar (y quizá en vano). No está en la “agenda” socialista. El proyecto ideológico de Zapatero (la transformación de la sociedad desde el poder) continuará muy previsiblemente (aborto, memoria histórica, laicismo, eutanasia,…), aunque quizá con un poco menos de ruido. Nada nuevo sobre la economía: sacar el paraguas y esperar que escampe. Nada bueno sobre el fortalecimiento de la unidad nacional y la vigencia de la Constitución. Si no me equivoco, las dos bazas del Gobierno (aparte del paso del tiempo, que no todo lo cura), son el final de ETA y el acoso feroz al PP. Sobre lo primero, me temo que, si se produce, habrá venido precedido de muchas concesiones políticas. Las reivindicaciones nacionalistas no se han colmado, pues sólo terminan con la independencia, pero el federalismo de hecho y las competencias transferidas, así como el caso catalán, pueden convencer a los terroristas de que es posible renunciar al crimen sin renunciar a sus objetivos. Sobre lo segundo, el acoso a la oposición, la cosa ya ha empezado, y no ha hecho sino empezar. Por todo esto, me parece que el cambio se reduce al aspecto propagandístico. No se trata tanto de resolver los problemas de los ciudadanos como de aliviar los del Gobierno. Es una crisis de supervivencia.
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