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España desmoralizada

29 octubre 2010 - 6:00 - Autor:

Se habla de crisis: económica, moral, política, de gobierno,… Tanto, que se está extendiendo una impresión generalizada de que necesitamos una enérgica y urgente regeneración nacional. Incluso no faltan quienes hablan de decadencia. En cierto sentido, y salvando las distancias, parece adueñarse de la opinión pública un estado de ánimo semejante al que vivió nuestra Nación en torno a 1898. No es extraño que resurja, aunque con otros aires, el espíritu regeneracionista.

Aunque mi opinión sea, como se verá, bastante negativa sobre el estado de España, no me encuentro entre los apocalípticos, pues pienso que los males, aunque hondos, tienen solución, aunque para ello es imprescindible que se diagnostiquen con acierto. Creo que puede decirse que España se ha quedado sin moral, que está desmoralizada. Con esto no me refiero sólo ni principalmente a la inmoralidad privada o pública, a  la corrupción, a las medidas legislativas que muchos calificamos de injustas o inmorales, o al estado y nivel de la clase política. Como no es difícil ser en esto malentendido, conviene aclararlo. Sí, se trata de la pérdida de vigencia de la moral tradicional, especialmente cristiana. pero no sólo de eso. Si hubiera otra que la sustituyera, y no esa amalgama de relativismo, hedonismo y materialismo, la cosa podría no ser grave. Una crisis moral se puede saldar con un cambio. Al fin y al cabo, eso es lo que significa la palabra “crisis”. Lo más grave es, si no me equivoco, que no se reconoce esta crisis, que consiste ante todo en una pérdida de la moral, en que nos hemos quedado, se entiende colectivamente, sin ella. Pero la moral no consiste, primariamente, en un sistema de deberes y prohibiciones, sino que tiene mucho que ver con expresiones como “andar bien o mal de moral” o “estar desmoralizado”. En este sentido, la pérdida de la moral se manifiesta en una ausencia de empresas o ideales que entusiasmen, y, por lo tanto, en una mengua de la tensión y altura de las vidas. Sí, creo que el diagnóstico correcto sería que España está desmoralizada.

Conviene distinguir entre lo superficial, aunque ruidoso y grave, y lo profundo, más silencioso y oculto, pero también más grave, porque es más causa que efecto de lo superficial. Ojalá el problema nacional fuera sólo o principalmente político (o económico). España está mal gobernada, pero no está sólo mal gobernada. Un nuevo Gobierno (no me refiero al que ha salido de la reciente crisis) podría ser, sin duda, mejor que éste, pero no sería la solución, porque el problema no consiste en que estemos mal gobernados, sino en nuestra desmoralización. Una sociedad enérgica y vertebrada, con buena moral y en forma, hace tiempo que se habría quitado de encima a este Gobierno. Por otras razones, también, pero sobre todo por su inmensa incompetencia. Lo que precisamos es un cambio intelectual y moral. Quizá no sea necesario insistir en los síntomas del derrumbe moral que sufrimos. Son conocidos. Lo decisivo es la necesidad de una reacción social. En este sentido, la responsabilidad también pertenece a los ciudadanos.

Están, pues, más cerca de lo cierto quienes sostienen que la crisis y su solución se encuentran, sobre todo, en la educación. Y es verdad que los males los compartimos con Europa, pero entre nosotros revisten unas características algo más agudas. Pensemos, por ejemplo, en los debates de la izquierda italiana o alemana con el catolicismo, y el rancio anticlericalismo de la nuestra (salvo excepciones, pocas). Pero, no nos engañemos, tal como hoy está, Europa no es la solución. Nos parece que abrazamos lo nuevo y que somos progresistas, pero vivimos, en general, de ideas y tópicos viejos y además equivocados. No todo lo viejo es erróneo. Las opiniones vigentes, más que viejas, son falsas. Y pensamos, también equivocadamente, que las opiniones mayoritarias son por ello mismo acertadas. Y nos negamos así la posibilidad de salir del error y aprender. La mayoría de nuestros debates, cuando lo son verdaderamente, resultan anacrónicos.

La política es significativa, pero más como síntoma que como causa. La mediocridad, y el término casi resulta generoso, de la mayoría de quienes nos representan, y, por supuesto, de quienes nos gobiernan, resulta escandalosa. Pero la desmoralización conduce a su aceptación, como algo inevitable, es decir, al envilecimiento. Esta es la otra cara de la desmoralización. También se manifiesta en la ausencia de grandes proyectos nacionales. Todo es rutinario, como para ir tirando. Y recitamos e invocamos nuestro europeísmo como un mantra aliviador. Por eso, el concepto de nación resulta discutido cuando no negado (al menos, para España). Se ignora la identidad de España y casi todo lo que ha hecho en la historia. Y lo poco que se conoce, muchas veces se deforma y desfigura. ¿Qué es España? o ¿hacia dónde va? parecen preguntas retóricas o abstractas. Aquí se encuentra uno de los síntomas de la desmoralización. Y otra de sus consecuencias es la resignación y la impotencia. El hombre y la sociedad desmoralizados tienden a la aceptación de su situación, como si fuera fruuto de un destino inexorable.

Por eso cunde entre nosotros el particularismo y, en su forma más radical, el separatismo. No lo harían si no padeciéramos una grave desmoralización. No es sólo el Gobierno lo que hay que cambiar, aunque, desde luego, creo que hay que cambiarlo. Si no equivoco, España se encuentra desmoralizada. Es necesario que recupere la moral y se ponga en forma. Como afirmó Ortega y Gasset, vertebrada y en pie.

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Ignacio Sánchez Cámara

Nacido en Madrid en 1954 (estoy, pues, más allá de la mitad del camino de la vida), me hicieron catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña en 1996. Antes fui profesor en la Complutense y durante casi diez años de Filosofía de Bachillerato. He dado clases en otras Universidades y centros varios, en el Ejército como Alférez de Complemento, en la Fundación Ortega y Gasset, en una Academia (no, por cierto, la platónica, a pesar de mi edad), y si me descuido hasta en el Bernabéu. Vamos, que soy profesor. He escrito algunos libros y un puñado de artículos. El caso es que en 1986, empecé a colaborar, como crítico de libros, en el Suplemento Cultural de ABC, gracias a la Fundación Ortega, luego pasé también a la Sección de Opinión y terminé por ser columnista. He sido secretario de Redacción de Revista de Occidente y director del Centro de Estudios Orteguianos. Ahora colaboro como contertulio (Tertuliano no hay más que uno) en los programas “La Mañana” y “La Linterna” de la COPE y soy columnista en el diario “La Gaceta”. Perteneciendo al gremio orteguiano, no me quedaba otro remedio que acabar en la Prensa, sin abandonar la Universidad. Apenas existe hoy otra manera de influir en la opinión pública que a través de la Prensa, aunque raramente establezca ella la correcta jerarquía entre los asuntos humanos. Y dentro de la Prensa, cada día aspira más al protagonismo la que se publica en Internet. Los amigos del libro y de la pluma estilográfica nos vemos obligados a ser “intrusos” digitales, algo así como “okupas” en la Red. También puede haber un sitio en ella para la filosofía, para la reflexión serena y sosegada. No todo en la Red ha de ser superficialidad y prisa. Este blog, voluntario tributo a los tiempos, aspira a ensayar una especie de socratismo internáutico, a navegar por las aguas agitadas de nuestra época, entendiendo el diálogo como un camino hacia la verdad, y no como un medio para establecerla arbitrariamente. El sosiego y la mesura no son tibieza ni equidistancia. La verdad no está en el medio, sino en el extremo opuesto del error y la falsedad. “Pensándolo bien” sugiere tanto la corrección del pensamiento como la necesidad de evitar la precipitación. Este blog abarcará todo aquello que, pensándolo bien, merezca ser pensado. Estoy casado y tengo dos hijos. Esto es, ciertamente, lo más importante

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